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Aprendamos de los niños(+Audio)

Niños artemiseños felices en desfile martiano

Para la infancia las palabras son siempre pocas. Siempre inadecuadas. Para los niños el lenguaje es innecesario porque ellos saben hablar con la risita, con la mirada, con un gesto. Nuestros pequeños nos vuelven ridículos buscando su sonrisa. Subordinan nuestro tiempo  a sus caprichos. Nos enseñan un poco a ver lo bello en las cosas triviales.

Asusta a veces el mundo que le legamos a los hombres y mujeres de mañana. Que canten y alcen la voz se vuelve realidad poco probable cuando les destruimos el  hogar común y les reservamos como futuro un mundo de guerras, polución y egoísmo. Ellos sonríen, y a su manera nos alientan a creer en las hadas, a pedirle deseos a las estrellas fugaces y a cultivar la esperanza en un final feliz para este cuento que es la historia del hombre. Pero ignoramos a los niños. Nos parecen demasiado pequeños para tener en cuenta su filosofía de la vida. Esperamos a que crezcan y les rompemos la ilusión. Convertimos las estrellas en cuerpos celestes que orbitan en la bóveda del cielo, asesinamos a los reyes magos y les gritamos que las habichuelas nunca crecen hasta las nubes.   

Buscamos vacunas y remedios en la savia de las plantas, en los compuestos de la naturaleza y no aprendemos la razón de que nuestros niños sean los que saben querer. No imitamos su manera de vivir. No clonamos su alegría en nuestra vida cotidiana. Ellos insisten. Vuelven a la carga sobre rocinantes diminutos. Hacen la más bella poesía con sus acciones y sacan lo mejor de  quienes les rodean.  

Enamorarnos de los niños es la mejor manera de enamorarnos. No hay sumisión más deliciosa que la mano diminuta acariciando, el gorjeo de los primeros intentos de la articulación. Hasta el latido que desde el vientre saluda a los futuros padres. La vida cambia. Se aclara. Llena de música las habitaciones y hasta el cansancio es grato. Luego crecen. Los empujamos hacia nuestro modelo de adultez  espiritual que es más oscuro que la física. Los volvemos calculadores, objetivos, infelices.

Para la infancia sería oportuno el regalo de la perpetuidad. De que esa etapa fuera eterna y pensáramos como niños. Seríamos entonces más amables, más inteligentes, más compartidores, más dichosos. Pero estamos demasiado ocupados para mirar hacia nuestros pequeños. Los ignoramos. Ellos siguen soñando por todo el orbe en un mañana diferente. Ese que solo se intenta construir en una isla donde por suerte viven mis hijos y a la que el egoísmo de los personajes negativos de este cuento ha convertido para muchos y gracias al bloqueo en un lugar muy muy lejano.      

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