
Artemisa, Cuba - Desde los 9 años comenzó su carrera. Una huida prematura de la realidad y luego una lengua para traducirla, para interpretarla con las teclas. La tierra roja de Quivicán lo vio erguirse bajo la musical mirada del padre Bebo, que roció con su estela de cometa las manos del muchacho. Trabajó duro.
Logró mimetizarse con su instrumento hasta hacerlo parte de su cuerpo carnal, aunque era el piano demasiado pequeño para asumir su alma.
Valdés, como nacido en casa cuna, es el apellido de quien no necesita abolengo ni pedigrà para acuñarse indispensable. Valdés para lustrar el pentagrama y afinar sueños.
Valdés y si no fuera demasiada la alusión a lo simple, le apocaron su nombre al de Chucho, porque la cubanÃa lo quiso para sà y no dejó que lo canonizara élite alguna.
Porque era tan criollo que no le ajustaban los tocados reales, ni las túnicas, ni los salones de regios candelabros.
Para Chucho Valdés funciona igual un teatro, una plaza, una sala modesta donde tocar su Mercy Cha, su Valle Picadura, su Misa Negra.
Reintérprete del jazz. Maestro para el que no se hicieron los inviernos porque en las teclas sabe tocar la primavera. Embajador de lo sublime ante el mundo que aplaude, que ovaciona, que se seca las lágrimas y dice: Ese cubano es un bendito.
Chucho Valdés es un santuario de la escala melódica. Una acepción inexplorada de notas musicales. Un pulsador de la virtud, al que el talento acomodó en la isla del Caribe porque la supo idónea para tasar la dicha y ver salir de su piel oscura como noche de trópico las mariposas de la inspiración.
Y asÃ, como si nada hiciera relevante, se sienta al piano una vez más Chucho Valdés. Hoy con 78 años. Feliz seguro, porque quien tiene oÃdo para lo increÃble, debe escuchar en millones de pechos el redoblante de sus paisanos agradecidos deseándole lo mejor del mundo.