SU SONRISA

Vas esposado. Dos soldados te conducen, aprisionándote los brazos. Detrás, el pelotón. Te han llevado hasta donde acaban de abrir una fosa. Te sitúan en el veril del hueco.

Ahora, miras al frente y ves al pelotón. Un oficial comienza a ordenar la fila. Más allá, una ceja de monte. Desconoces el lugar. Los minutos se precipitan y tu mirada se va hasta ella. La ves sentada en el pupitre, inclinada sobre la hoja blanca. Su mano se desliza renglón a renglón. Por instantes, levanta la cabeza para apartarse los mechones de cabello que le cuelgan por las mejillas, se detiene, respira alzando los hombros, vuelve al papel y su lápiz corre ágil.

Te das cuenta que no has empezado. Observas a tu alrededor. Todos trabajan en silencio. Laura es la primera en entregar y eso te golpea. Deseas que así sea, pero te has atrasado. Sorprendido, oyes el ruido de los pupitres. Uno a uno, los alumnos van terminando. Serás el último. No es lo que querías. Por lo menos, el segundo para salir detrás de ella.

Entregas tu trabajo y corres al patio. Allí está, animada como siempre. La rodean. Charla con el grupo de sus afines. Hacen gestos, ríen. Llegas junto a ella y sólo se te ocurre decir:

-- ¿Cómo te fue?

-- Bien, creo que bien. ¿Y a ti?

-- Me parece que aprobaré.

Ella se queda mirándote y tú, mudo. Laura sonríe y vuelve su atención al grupo. Te sientes molesto porque las palabras se te quedan trabadas. Y ahí está ese Tony. Siempre a su lado, como un pez pega. Eso te hace perder el tino. Las manos se te enfrían y tu frente no para de sudar. Te obsesiona la idea de perderla. Pasa un curso y viene el otro, con sus vacaciones, y tú, a la espera de una oportunidad que te sea propicia para acercarte, insinuarte, sin siquiera un rechazo, pero nunca logras penetrar esa muralla que se interpone…

-- ¡¡Pelotón, atención!!
Oyes la voz de mando y sabes que ya el tiempo se acaba. Te apresuras. Corres como no recuerdas haberlo hecho. Quieres verla antes de que entre al aula. Llegas, aun falta. La vez que se dirige hacia otros alumnos, seguida de Tony, y la llamas decidido, ahora o nunca:

-- Laura.

Al oírte, ella se detiene.

-- Hola, Rogelio…

-- Laura, yo… yo…

-- ¿Qué te pasa?

-- Es que… yo… quiero…

--Di, Rogelio.

--Sí, sí, yo… te quiero – logras decirle.

-- Yo también. Eres mi mejor amigo.

-- Sí, pero… es que yo quiero que tú seas mi novia y…

-- Te aprecio mucho, Rogelio, pero hasta ahí. No quiero compromiso con nadie. Sólo pienso en estudiar. Quiero ser médico…

-- ¡¡Preparen armas!!

La voz del oficial y el ruido de los fusiles te distraen por un instante, y a tus oídos llegan con nitidez las palabras de Laura, como el santuario de su destino: “Quiero ser médico”. Sin embargo, en cada respuesta, te brinda una sonrisa franca, afable, entre los mechones de cabellos que juguetean en su rostro, sin que nunca sientas un esquivo…

Respiras para llevar aire a tus pulmones y sostenerte en los segundos que median. Miras y tus ojos se enfrentan a los de tu propio pelotón. Juntos, desde el primer día, en los estudios, entrenamientos. Cuánto orgullo, el de una mañana en la explanada de la escuela, al oír tu nombre, el recluta más destacado. Alzaste el diploma mostrándolo a tus compañeros. Sonríes pensando en Laura. Cierras los ojos y tu mente vuela. Se vas tras ella. Quieres verla. Es el día de su graduación. Primer expediente del pre-universitario. La ves más bella que nunca. Su cabello negro y la sonrisa adornando su rostro. Te escurres entre el bullicio y llegas a ella para entregarle una flor, la felicitas y le muestras tu certificado de ejemplaridad. Ella te premia con un beso en la mejilla. La presencia de Tony, a su lado, te perturba, pero ella te sonríe y le dices:

-- Laura, yo…

-- No lo digas, lo sé. Te repito, siempre serás mi mejor amigo. Voy para la universidad, la medicina me llama.

Bruscamente te vuelves y sales con el rostro encendido. Después, cada vez más lejana; encuentros ocasionales en fiestas o en sus vacaciones. Y tú, persistente. No pierdes oportunidad, pero las respuestas…

-- ¡¡ Pelotón, apunten!!
No quisiste que te vendaran los ojos. Sientes que el pecho se te quiere reventar y miras para la boca de los cañones de los fusiles y tu vista se escapa hasta ella. La encuentras estudiando con Tony. Ambos cursan el quinto año de la carrera. Apenas te ve, se te acerca para saludarte. Saboreas el café que te brinda, en su casa, donde se te acoge. Sales llevándote su sonrisa, pero enardecido por la presencia de Tony.

Estás de pase. Realizas varias visitas y luego, a tu casa. Te sientas, no te sostienes. Las manos te sudan. Caminas de un lado a otro. Tus padres te observan interrogantes. Quieres volver a verla, ¿con qué pretexto si acabas de visitarla? Tal vez por la noche, pero a esa hora, ella estudia.

Sales y merodeas por el barrio. Cruzas la calle por el frente de su casa. Ha llegado la media noche. Parece que duermen. Miras por el pasillo lateral y ves la luz que sale por la ventana abierta. Ella estudia. Indeciso, te quedas parado. Piensas en irte. Pero sin saber cómo, la ves coronada y vestida de blanco, riendo, tomada del brazo de Tony.

Das los primeros pasos para marcharte y te detienes. Tomas el pasillo mientras te repites: “Mía o de nadie”. Caminas en sigilo. Llegas y te asomas.

Sorprendida, Laura levanta la cabeza y se enfrenta a tu rostro. Al reconocerte, sonríe. No se percata que tienes una pistola en la mano y aprietas el gatillo. Tu cuerpo se desploma. Caes en un vacío, siguiendo su sonrisa, que se fuga y se te pierde en la oscuridad y el silencio.