EL ANTILLANO
La antigua Estación Ferroviaria de Dumois permanece casi intacta, desafiando al tiempo. Conoció las primeras locomotoras de líneas estrechas y luego, las de vía ancha, con sus incontables generaciones de maquinistas y conductores. A ella acuden numerosas personas que proceden de Banes, Deleite, Tacajó y de otros poblados.
Pasa la media mañana y varios pasajeros ocupan los bancos, otros camina por el andén o permanecen de pie con los ojos fijos a lo largo de los rieles, por donde debe aparecer El Antillano, como lo llaman por su procedencia de Antilla.
Todos conocen su puntualidad. Ningún otro medio de transporte es tan seguro. Al pasar por diferentes localidades, los campesinos corrigen la hora de sus relojes.
Leonardo, como lo hace el primer jueves de cada mes, espera el tren de las nueve Antemeridiano. Se muestra impaciente, es algo que domina su voluntad. Siempre le ocurre, pero no como hoy. Hoy va a su encuentro. No deja de mirar su reloj pulsera, aunque el tren arribará dentro de unos minutos.
Un lejano sonido de silbato alerta a los viajeros. Cada cual se alista con su equipaje. “¡Ahí viene!”, grita uno de los pasajeros. Leonardo se cerciora de tener en orden su boletín. Mira hacia la vieja locomotora, que acaba de frenar y exhalar su aire comprimido, estremeciendo a la hilera de coches. Los viajeros abordan sus respectivos vagones. El Antillano avisa su arrancada con varios toques de silbatos, las ruedas se mueven obedeciendo al chas-chas de la pesada máquina y emprende viaje con destino a Santiago de Cuba. Pero el mayor empeño de Leonardo es la próxima parada, en la Estación de Cueto.
Leonardo se acomoda en su asiento, mira nuevamente la hora, mientras siente el aire fresco que entra por la ventanilla. Atraído por el paisaje que se ofrece a cada lado de la llanura de Nipe, su visita se va por el inmenso manto de verdes cañaverales, hasta el azul oscuro de la Sierra Cristal.
El tren viaja sereno, con su traqueteo de rieles, dejando una estela de humo, anunciando con sus silbatos la proximidad de un paradero, donde se detiene para dejar o recoger a alguien y continúa su destino. Leonardo apoya su cabeza en el espaldar. El aire fresco le roza el rostro. Cierra los ojos y le parece verla venir sonriente entre las hileras de asientos, con su saya moviéndose a golpe de cadera. El pelo suelto casi le oculta el rostro. Al pasar junto a él, observa el asiento vacío a su lado y le pregunta:
-- ¿Puedo sentarme?
-- ¡Oh, sí, sí! -- responde algo perturbado.
La joven se acomoda tras dejar su bolso en el guardamaletas. Curioso, él le pregunta hasta dónde viaja. “Voy para Santiago”, responde y aparta de su rostro los cabellos batidos por el aire que entra por la ventanilla. Leonardo insiste: “¿Va por muchos días?”
-- Sí, voy de vacaciones…
-- ¿Y en qué trabaja?
-- En el Banco de Mayarí.
-- ¡Vaya coincidencia! También soy bancario.
-- ¿Sí?
Entre preguntas y respuestas, la conversación continúa con diversos temas en los que afloran vivencias y aspiraciones. La locomotora aminora la velocidad. El silbato se repite varias veces. Unos minutos, y el tren se detiene. Han arribado a la capital santiaguera. El gentío colma el andén, lleno de ruidos. Voces de choferes ofreciendo su automóvil, de maleteros y vendedores de confituras, de familiares y amigos que esperan a alguien de los viajeros. Leonardo y la joven se despiden. Se verán por la noche en el parque Céspedes.
Leonardo abre los ojos, se pasa una mano por la cara, se despeja y comenta para sí: “Así comenzó todo”. Le echa una ojeada al reloj. Dentro de unos minutos, la verá. Se pregunta: “¿Qué pasará a partir del encuentro de hoy?” Y recuerda: Después de aquel primer día, de la primera noche, él esperaba anhelante la fecha de cada reunión en Santiago.
Una hora antes de que llegara la vieja locomotora, allí estaba él, caminando de un lado a otro por el andén de la Estación de Dumois, mirando su reloj, como si contara los minutos. Se tranquilizaba cuando oía los primeros silbatos y los lentos chas-chas de la pesada máquina, arribando a la estación. Siempre trataba de tomar el mismo asiento, como si el lugar le estuviera reservado. Entonces, a toda costa, conservaba el espacio a su lado, destinado a ella, a veces con la ayuda cómplice del conductor. El tramo entre Dumois y Cueto es corto, pero a él le parecía una eternidad.
Dentro de poco el tren se detendría con sus chirridos sobre los rieles. Y él, todo expectativa, tenso, esperando su entrada, sus pasos ligeros llegando, aflorando en sus labios y en los ojos su sentir, con su voz diáfana, como si lo bañara de luz sin tiempo.
Pero el de hoy, no será como el encuentro del primer día, el inesperado.
Un regalo único de este tren, de El Antillano, colmado de la primera noche. Fue después del paseo por el Parque Céspedes, al despedirse frente a la casa de la tía. Era la primera despedida, el primer beso, bendecido por una repentina lluvia, su primera lluvia, empapando de primera vez a dos cuerpos, negados a separarse, atados por los labios. Sólo un respiro para una petición: “No, no quiero que te vayas, entremos”. Ya no podrían escapar de la primera noche, ni de la primera lluvia, cómplices de la primera vez, de aquella noche del primer día del viaje en El Antillano.
Y fueron muchos los primeros días en El Antillano, el que pasa por Cueto, donde ella lo esperaba y donde ahora lo espera. Ya no será el viaje que se repetía cada jueves de cada mes, y luego, cada jueves de cada semana.
Pero como todo, vendría la bonanza, y con ella, las palabras de juicio, las irremediables interrogantes de ¿quién eres, de dónde vienes, hacia dónde vamos? ¡Oh, la hora de la razón! Leonardo, al conocerla, acababa de perder una relación. Cegaba un vacío y resurgía la vida. Ella, después de un largo noviazgo, había dado el sí, un compromiso sellado por un viejo anhelo de dos familias, en las que predominaba la palabra.
Ahora se habían citado a este encuentro. Leonardo se asoma por la ventanilla. Se percata que el tren va entrando a la Estación de Cueto. La máquina se detiene. Ella sube por la escalerilla, segura de verlo. Y ahí está él, en su espera. La parada es breve. El Antillano comienza a moverse. El silbato se repite, con aire de presentimiento, acompañados de bocanadas de humo que brotan de la chimenea y se van alargando con la velocidad.
Sentados, bien arrimados, la pareja viaja sin saber qué decirse. Sólo el ruido de las ruedas sobre los rieles y los repetidos silbatos animan la estancia en el vagón. El aire de las ventanillas también aviva el penúltimo viaje. Ella apoya su cabeza en el hombro de Leonardo, mientras él ordena sus ideas. Le acaricia el cabello y le dice:
-- Todo lo vivido entre nosotros se lo debemos a este tren.
-- Si digo algo, no será distinto a lo que acabo de oírte.
Sin decir más, callan. Luego, ella lo mira como si quisiera no apartar la vista de él. Leonardo se da cuenta y le pregunta:
-- ¿Para cuándo será?
-- Nuestros padres fijaron la fecha. Será el treinta por la noche.
-- ¡Solo cuatro días! -- exclama con angustia.
Dejando a su paso una espesa cola de humo, El Antillano suelta un largo silbatazo, como un grito de añoranza, mientras continúa la travesía. El sonido del tren con sus silbatos, le llega a ella como un despertar, vuelve sus ojos hacia él y l expresa:
-- Hay momentos tan sublimes, que ni lo breve impide vivir una eternidad, y eso vamos a hacer. Estos cuatro días serán para nosotros.
Y fueron días de mañana, de tardes y de noches de la última vez. Vendrían otros jueves, los de cada mes, los de cada semana, sin que ella dejara de acudir a la hora de El Antillano para verlo pasar y oír sus silbatos.
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