DECISIÓN
No, no era vida. Su deformidad no le permitía sentirse como los demás. Aquel abultamiento en la tetilla izquierda había crecido a la par de su cuerpo. Había tenido que abandonar la escuela. Las burlas lo asediaban, pese a la insistente intervención de la maestra. “¡Miren, por ahí viene el de la teta grande, abran paso para que pueda entrar!”. En la calle, tampoco escapaba a las mofas de mal gusto: “¡Hey, pongan atención, vengan a ver al Tetón!” Otros lo llamaban: “¡Oye, acércate, a ver si es verdad que eres medio hombre o medio mujer, ja, ja, ja…!”
La mayoría de las veces, llegaba a su casa con moretones en el rostro y rasguños en el cuerpo, con la ropa sucia y rasgada. Aquellas fajazones motivan disgustos de sus padres por enfrentamientos contra la maldad de la barriada de Monte Alto.
Alejandro, de estatura mediana, atlético, gustaba participar, como todo joven, de las fiestas, paseos, tener amigos y todas esas cosas que alegran y estimulan el espíritu. Nada de eso existía para él. Así había crecido. Todo vedado. Su vida se limitaba a la dedicación al conuco del viejo Pancho, su padre, la casa y la compasión de Micaela, su madre. La mayor parte del tiempo la pasaba debajo de la mata de almendras, en el patio, hojeando revistas y periódicos que Pancho le traía al pueblo. Sabía cuánto sufrimiento le había ocasionado a sus padres, con su venida al mundo. Desde niño, lo habían llevado por caminos diferentes, de consulta en consulta con santeros o curanderos que les recomendaban.
Algunos de ellos coincidían en tratamientos con la savia de plantas silvestres en cocimientos, baños y masajes con manteca de coco, aceite de majá Santa María o cebo de carnero.
Otros aseguraban que a partir de los siete años, aquella bola iría desapareciendo. Sus padres no perdían oportunidad en acudir a cualquier parte, donde le prometían la cura de su hijo. Algunos de aquellos sabios populares, les habían advertido que si operaban al muchacho, se iría en hemorragia. Influidos por tales pronósticos, las recomendaciones de familiares y amistades para que gestionaran una consulta médica, estaban excluidas para ellos.
Cada vez que en la casa se mencionaba alguna posible solución con la cirugía, la vieja Micaela saltaba colérica:
-- ¡No, no y no! ¡Yo no permitiré ninguna operación! ¡No quiero perder a mi único hijo!
El viejo Pancho sólo movía la cabeza, preguntándose: “¿Qué hacer?” Alejandro, incapaz de contradecir a su madre, agachaba la vista, arrastrándola por el piso hasta saberla calmada.
En su agobio, Alejandro se sentía como encerrado en una jaula de donde ya no tenía escapatoria. No había salida. Por mucho que pensaba en cómo liberarse de su agonía, no encontraba respuesta. No podía seguir así, entre su martirio y el de sus padres. “Sí, no lo dejaré para más”, decidió.
En la oscuridad de la media noche, debajo de la mata de almendras, tomó la soga. Miró a su alrededor. Lo acompañaba el silencio. Tiró la soga por encima del gajo escogido y comenzó a preparar el lazo. Mientras continuaba con el propósito, en aquel instante, en su mente se revelaban los momentos más angustiosos de su existencia. Lo golpeaban con persistencia las últimas discusiones de la familia que sugería consultar a un cirujano, donde tendría oportunidad de que su vida fuera otra. Con el lazo entre sus manos, listo para colocarlo en su cuello, se detuvo…
Cuando en el horizonte aparecieron los primeros albores de un nuevo día, Micaela y Pancho, a la luz del quinqué, en la cocina, leían, desconcertados, una nota dejada por Alejandro:
“No se aflijan, voy rumbo a la esperanza”.
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