UN HOMBRE DE LEYENDA
No desmayaba. Siempre dispuesto, aun llevando a cuesta sus más de sesenta años. A veces aparecía sin que lo llamaran, con aquella sonrisa franca que a todos contagiaba. Era como la estampa del alivio para el enfermo que lo esperaba. Desde verlo, inspiraba ya esa sensación. Su mirada, aquellos ojos que iluminaban un rostro rechoncho, rojizo, bajo la cobija de un sombrero de yarey que nunca abandonaba.
Todo aquel semblante contrastaba con una figura rústica, corpulenta, de brazos cortos y manos fuertes de dedos gruesos, propias de hombre de campo, de ese que cada día empuña el azadón, el machete o la mancera del arado.
Como le cuento. Así eran aquellas manos, que bien podían ser la envidia de cualquier boxeador que aspirara a llegar lejos en su carrera.
Pero cuán distintas eran cuando él le tomaba el pie, el brazo o la pierna afectados. Embarradas de cebo de carnero o manteca de majá, que calentaba sobre la llama de una vela, comenzaba a sobar, frotaba y frotaba lentamente, deslizando sus dedos entre las articulaciones del tobillo, si se trataba de un pie torcido, según él diagnosticara. Entonces cuando menos usted lo esperaba, porque el alivio le había llegado, le decía:
-- ¡Aguanta, que ahí voy!
Todo ocurría tan rápido que, cuando usted sentía el sonido ¡clop!, acompañado de un dolor agudo, ya todo había concluido. El hueso había ido a su lugar. Sólo un poco más de masaje y, sonriente, le decía al terminar:
-- Ya está. Ahora, coges media botella, la pones en el piso, como si fuera un rodillo y lo vas rodando con la planta del pie, repitiendo el ejercicio todas las veces que puedas, y dentro de dos días estarás caminando.
La familia agradecida, observaba, y en la mayoría de los casos, lamentaba no tener nada que ofrecer a aquel hombre que erradicaba el dolor y preocupación. Pero si había posibilidad y se le brindaba un regalo, su rostro se mostraba hosco y respondía:
-- No, no, de ninguna manera. Nada más quiero un trapo para limpiarme las manos, y si es posible, un poco de agua y café.
Después de saborear la taza de café, metía la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, extraía un tabaco de mascar, cortaba un trozo con sus dientes, fuertes y parejos, y comenzaba a masticar como el mejor de los chicles.
El saludo de despedida, a veces, se prolongaba hasta más allá de la puerta de salida, de donde se le veía tomar con su andar lento, el camino de regreso. Posiblemente iría para otra visita, de las tantas que hacía por el vecindario o a familias que vivían a varias horas de duro caminar.
El sentido de una vida.
Pero, Pepe Fernández había hecho de aquellas caminatas para prestar sus servicios, el sentido de su vida. De origen mallorquín, había llegado a Cuba siendo un adolescente, acompañado por un tío radicado en las afueras de Mayarí, donde tenía una finca. Fallecido este, Pepe se fue a probar fortuna a Banes y allí vivió hasta los últimos días de su existencia.
Muy querido y admirado se había convertido en un hombre famoso en toda la comarca de aquella región oriental. No peco si le digo que era un caballero de leyenda por las cosas que se decían de él, por sus milagros. Vivía solo, alejado de la ciudad, en un bohío con su conuco, enclavado en un recodo del Río Banes, entre aves y otros animales que criaba para su sustento.
De todas partes venían a buscarlo. Se decía que lo mismo curaba una vaca, que un caballo o un puerco, heridos o golpeados, incluso con infecciones graves. Se afirmaba que sólo le pasaba la mano al animal por el área enferma, haciendo señales en forma de cruz, acción que realizaba acompañada de rezos, y que cuando terminaba y daba la espalda, si había gusanos, éstos comenzaban a caerse muertos.
Mire, yo oía hablar de todas esas cosas, y algunas las creía, como sus aciertos ortopédicos y en el efecto de sus medicinas de sustancias naturales, pero eso de curar infecciones con rezos, haciendo cruces con manos y dedos, ¡no, no, qué va! ¡Eso no me cabía en la cabeza! Además, se decía que apenas sabía leer y escribir.
Cosas del destino
Pero, óigame, a veces el destino o la casualidad, o como se le quiera llamar, le hace pasar a uno por cosas que dan mucho qué pensar. Porque, mire, a mí me ocurrió. Póngase atención. A uno de mis hijos, Rafael, el tercero, desde que comenzó a caminar, se le produjo una hernia en la ingle, que a cada momento, cuando corría o saltaba, se le abultaba tanto, que nos hacía correr hacia el médico que lo atendía, el doctor Cruz Ortega. Como de costumbre, él lo acostaba en la camilla y con la yema de los dedos, hacía que todo lo saliente volviera a su lugar.
Esta situación se hizo tan frecuente, que el médico nos adiestró a su mamá y a mí para que realizáramos aquellas prácticas en la casa y no tener que acudir a él, a menos que se presentara una crisis que no pudiéramos solucionar.
Con anterioridad, el doctor nos había explicado que el niño no se debía intervenir quirúrgicamente hasta que no tuviera, por lo menos, siete años. Para entonces, estaría apto, sin riesgo de que se fueran los puntos, mientras existía la posibilidad que durante el crecimiento, la fisura fuera cerrando y no había que operar.
Pero Rafael era un niño intranquilo. Saltaba y corría como un andarín. El tiempo pasaba entre sustos y preocupaciones, hasta que un día, cuando ya había cumplido cinco años, se encontraba jugando frente a la casa con otros niños, y de pronto sentimos sus gritos. Mi esposa y yo corrimos alarmados hacia él. Estaba parado en medio de la calle, rodeado de sus amiguitos, que lo miraban espantados. Tenía las manos sobre el vientre, sosteniendo aquel abultamiento, sin atreverse a dar un paso. Sin esperar por más, lo tomé en mis brazos y salí corriendo, seguido de su madre y algunos vecinos.
Afortunadamente, Cruz Ortega vivía a unas dos cuadras, donde tenía la consulta. Al vernos, de inmediato dispuso de una esmerada atención. A duras penas, pudo llevarle a su lugar la enorme pelota. Después de un examen minucioso, nos dijo:
-- Bueno, ahora no se puede esperar más, hay que operar.
El médico indicó los análisis correspondientes. Era un viernes por la mañana. El niño debía ingresar el lunes próximo al hospital para operarlo al día siguiente. Hasta entonces
Rafael permanecería en reposo. Bajo protesta, lo llevamos a la cama.
El milagro
Ese mismo día, no sé cómo, en horas de la tarde, apareció Pepe, saludando jovialmente como solía hacer. Allí, parado, con su figura abarcando casi toda la puerta de entrada.
-- ¿Cómo están por aquí?
-- ¡Hey, Pepe, adelante, siéntese! -- respondimos mi esposa y yo al mismo tiempo.
Pepe tomó una silla y se sentó. Se hizo un breve silencio, hasta que el recién llegado comentó:
-- Oí decir que tienen un niño enfermo.
-- ¡Ah, no sabe usted lo preocupados que estamos -- se lamentó Amanda – Figúrese usted, que se le ha hecho una hernia y hay que operarlo enseguida, dice el médico.
-- ¿Y dónde está ese pichón?
-- Ahí, en el cuarto, acostado, obligado porque dice el médico que no se puede mover.
-- Tráigalo acá, déjeme verlo.
Amanda entró al cuarto y lo trajo tomado de la mano. El niño estaba temeroso. Pepe se percató de ello y en un tono apacible, lo invitó a acercarse.
-- Venga, pichoncito, venga. Yo no la voy a lastimar.
El niño obedeció. Pepe lo cagó con cuidado y lo acostó atravesado sobre sus piernas.
-- A ver, ¿dónde está esa hernia? -- le preguntó al enfermo.
Rafael, callado, le indicó con la mano y cerró los ojos, para admiración de la madre y mía, conociendo lo intranquilo que era. En el silencio de la sala, no se oía más que el susurro del rezo de Pepe, acompañado del movimiento de sus dedos sobre la hernia. Utilizaba el pulgar haciendo cruces a todo lo largo de la fisura.
Expectantes, seguíamos todo el ritual que aquel hombre realizaba. Tenía la mirada fija en la zona donde trabajaban sus dedos. El rostro bañado de sudor, permanecía contraído como si fuera a estallar. Cuando parecía terminar, el semblante se fue tornando sosegado, hasta que levantó la cabeza, respiró profundamente, y con las mangas de la camisa, limpió el sudor de la cara. Tomó al niño, lo puso de pie, y dándole una nalgadita, le dijo sonriente:
-- Vamos, pichoncito, ya no tienes que ir al hospital. Ya estás operado. Puedes seguir jugando. Esa hernia no volverá a dar más dolores de cabeza.
Mi esposa y yo nos miramos, disimulando la incredulidad. Sonreímos afables, en tanto, Pepe, satisfecho, saboreaba una taza de café, a la que le siguió la habitual mascada de tabaco negro.
El niño, aprovechando la distracción atendiendo a Pepe, se había escabullido y andaba por la calle corriendo como un guineo detrás de la manada, olvidando todo lo ocurrido.
Al marcharse, Pepe lo observó, y dándose cuenta de la preocupación que reflejaban nuestros rostros, nos dijo en tono tranquilizador:
-- El niño está bien. Dentro de unos días vendré por aquí, hasta entonces.
Nos dio la espalda y se marchó despacio, como era su andar. Lo seguimos con la vista hasta el doblar de la esquina, para de nuevo centrar la atención en los movimientos de Rafael, que no cesaba el corre-corre entre la muchachada del barrio.
Así pasó ese día viernes. El sábado y el domingo transcurrieron sin que sucediera nada alarmante. Rafael seguía haciendo su vida normal. Y para asombro de la familia, la hernia parecía haberse esfumado.
La ciencia frente a la evidencia
Aunque estimulados por la halagüeña evidencia, no quisimos pasar por alto las indicaciones del médico. Fuimos a verlo para tramitar el ingreso. Acto seguido, le contamos lo sucedido, y muy sonriente mostró su incredulidad:
-- No crean ustedes en cuentos de manigua…
-- Pero, doctor, este muchacho no ha dejado de correr y saltar como un chivo y la hernia no se ha vuelto a salir -- le afirmé.
Todavía sonriente, llamó al niño y lo acomodó en la camilla. Estuvo más tiempo del que acostumbraba para el examen. Ahora no reía. Le hacía encoger y estirar la pierna derecha. Lo ponía de costado. Lo bajaba de la camilla para que se pusiera en cuclillas, lo mandaba a poner de pie y volvía a su examen en la camilla.
-- ¡Caramba, la fisura parece haberse cerrado! -- comentó y quedó callado, observando al pequeño paciente. Y como quien despierta de un letargo, reaccionó: -- ¡Pero no, no puede ser! Miren, de todas formas, el ingreso me lo autorizaron para el jueves próximo -- concluyó.
Nos marchamos con la convicción de que había que operar a nuestro hijo. Pero llegó el jueves y el muchacho no había presentado más problemas en la quebradura. Entonces, decidimos no ingresarlo. Dos semanas después, visitamos al doctor Cruz Ortega, a fin de que nos aclarara qué podía haber ocurrido.
Afectuoso, el médico nos recordó lo que había explicado, que la fisura podía cerrarse con el crecimiento del niño, lo cual evitaría la intervención quirúrgica.
-- Si, doctor, pero una fisura grande, según usted diagnosticó, y en su momento más crítico, ¿se iba a cerrar así en horas?
El doctor Cruz Ortega quedó en silencio unos segundos, nos miró dubitativo y comentó:
-- Es realmente asombroso.
Ahora, mire, usted. Han pasado muchos años, pero nunca he podido olvidar aquel episodio, que quedó envuelto en la niebla del misterio, el milagro, la realidad y las leyendas de Pepe Fernández, matizadas de un verdadero amor al prójimo.
A Pepe Fernández, por consagrar su vida a aliviar el dolor de cuantos necesitaron de él.
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