PELUSA

No, compadre, no todas las cosas se olvidan. Hay hechos que perduran. Así, como se los digo. Sí, usted tiene la razón. Algunos son como la candela, que se apagan. Esos son los que no vuelven. Pero otros permanecen encendidos. Y ahí están, quemándole a uno la cabeza, y hasta el corazón.

Imagínese usted, compadre Gumersindo, la retahíla de cosas con las que he tenido que lidiar. Algunas con muchos sufrimientos. Sí, de esas que se anidan, corroen el alma y no se quieren ir. Pero no todo ha sido así, no. Me han ocurridos momentos muy buenos.

¿Usted conoce algo más dulce que el amor? Me refiero a uno verdadero. Ese supera a todas las demás desgracias. Se lo aseguro yo, Rufino Carvajal.

 

Por eso estuve a punto de matar a Pelusa. Por el amor que le tenía. Me engañó, compadre. Y si hay algo que no perdono, es el engaño. Sufrí mucho cuando me deshice de ella. Y todavía, después de tantos años, se me aprieta el alma por aquella tarde que me descubrió. Yo estaba montando en la guagua de Guanajay para Caimito. No la había viso. El ómnibus arrancó. Entonces fue cuando la vi por el cristal trasero, corriendo. Venía casi pegada a la guagua, y me di cuenta que era ella. Fue tal lo que sentí, que no me salía la voz para pedirle al chofer que parara. Permanecí mirándola hasta que el ómnibus se fue alejando y la perdí de vista en la bajada de Blanquizal.

A mí no me gusta mentir, Gumersindo, usted me conoce de años. Por eso no me apena decirle que esa tarde lloré como nunca antes. Al llegar, me bajé frente al parque y me senté en un banco. No quería que Josefina me viera así. Allí estuve hasta verme aliviado. Tampoco le conté nada a mi mujer para no entristecerla.

Mire, compadre, en épocas atrás, Josefina y yo vivíamos en el barrio de allá abajo, a la orilla del Ferrocarril. Le cuento todo esto porque hablando a uno se le alivian las penas. Ese día, había salido temprano a comprar la carne… Sí, compadre, carne, no abra así los ojos. Lo que sobraba era la carne de todo tipo.

Ahora no la hay por lo que todos sabemos. Bueno, el asunto fue que yo regresaba de la carnicería y casi aplasto con el zapato a aquel animalito, que se le quería desprender el rabito de tanto menearlo.

Lo tomé y vi que era hembra. La cachorrita no hacía más que pasarme la lengua por las manos. Me gustó su color cenizo oscuro con manchas negras. Pensé que con manto Negro y ella, serían dos hembras, y cuando parieran, se me iba a llenar la casa de perros. Me quedé pensando en eso, compadre, y la puse en el suelo. Seguí caminando y la perrita, ahí, persiguiéndome. Apuré el paso. Al llegar a la esquina, volví la vista hacia atrás, y allá, a media cuadra, estaba sentada, con las orejas gachas, mirándome. No pude, compadre, se lo juro. Tal vez otro hubiera continuado.

A Josefina no le gustó que me apareciera con otro animal, y hembra. Ahora, serán dos a parir, me decía. Apenas la puse en el piso, comenzó a olfatear a Josefina. Ella se quedó mirándola, luego sonrió y me dijo:

-- Es bonita y muy zalamera.

Aquel fue uno de esos instantes, compadre Gumersindo, que la vida le regala a uno, en que no hay gozo mayor. Y así comenzó a crecer Pelusa, junto a nosotros y a Manto Negro. Le cuento que aquella perrita se me pegó, de una manera que los vecinos decían que yo era todo para ella. Y mire, que así era, compadre, porque fíjese en estos detalles: Aquí, en la casa, me seguía paso a paso. Si iba para el portal, ahí estaba ella, parada, si me sentaba en el sillón, se echaba, arrimada a mis pies, y si me movía para la sala, el comedor, la cocina o la terraza, hacía lo mismo. Donde nunca entraba, era a los cuartos o al baño. Josefina se lo tenía prohibido. También era la primera en avisar cuando algún extraño se acercaba a la casa.

En una ocasión, me la llevé a la bodega. Antes de llegar me salió al paso Bravo, un perro agresivo, de un vecino. Se había escapado. Tenía un largo historial de personas mordidas. Al verme, empezó a gruñir. Casi lo tenía arriba y Pelusa se interpuso como una fiera, se le enfrentó. Bravo la revolcó, y si no llega a ser por la gente que acudió a pedradas, Bravo hubiera acabado con ella, y a mí, no sé qué me hubiera ocurrido.

El único momento que se despegaba de mí, era cuando se iba para el patio a jugar con Manto Negro, o a hacer de las suyas, como supe un día. No lo quisiera mencionar, pero son cosas pasadas, que no tienen arreglo. Así, como se lo digo, compadre Gumersindo. Una mañana, Josefina, muy preocupada, me dijo que faltaban varias gallinas, entre ellas, cuatro con pollitos, recién salidos del cascaron. Sabíamos que Manto Negro ni Pelusa podían ser las causantes.

Preocupado de quién podría ser, me puse en vela, hasta que un mediodía, oí el ¡críaocríao!... de una de las polluelas, las demás gallinas cacareaban junto con el gallo del patio. Corrí directo al ruido, detrás de los corrales, y allí estaba Pelusa desguazándola. Cuando me vio, soltó su presa y salió corriendo, y yo detrás por todo el patio, hasta que la agarré. Le di la paliza que merecía, por poco la mato.

Nos habíamos encariñado por todo lo que ella significaba para nosotros. La perdonamos. Nos olvidamos de aquello. Pelusa parecía haber aprendido la lección. De nuevo, la tranquilidad reinaba en la casa.

Aquellos dos animales eran como personas que formaban parte de la familia. Manto Negro se caracterizaba por su nobleza. Muy cariñosa. Lo que más le complacía era que le pasaran la mano por la cabeza y el lomo. Pelusa era distinta, le gustaban las caricias de mano por la barriga, virada abocarriba, cerraba los ojos  y se quedaba dormida.

Pero como se dice: las cosas buenas pasan volando. Una tarde, de la que no quisiera acordarme, me encontraba en la terraza y oí los gritos de uno de los paticos. Rápidamente, corrí al patio, y allá iba Pelusa, muy oronda, con el patico a todo grito, en la boca, rumbo a la parte trasera de los corrales. Al verme, de inmediato, lo soltó y salió huyendo. No la podía coger. Me jugaba cabeza. Y yo, indignado, compadre, con palo en la mano. No soportaba el engaño, como le dije. Me sentía muy dolido con ella.

Como me hiere contarlo, compadre. Josefina corría detrás de mí gritándome que no lo hiciera. Manto Negro también estaba asustada. Disgustado como nunca, no quería saber de Pelusa. Algo sesegado, hablé con un vecino que tenía un camión y trabajaba en una lechería. Le pedí que se la llevara y la soltara por allá. Así lo hizo.

Esa noche no pude dormir. El disgusto no me dejaba. Por su culpa, la había perdido. Imagínese, compadre, cuánto me dolía saber que no la volvería a ver.

Al día siguiente, fui a ver al vecino, dispuesto a arreglármelas con Pelusa, para ver si existía la posibilidad de que me la trajera. Durante cuatro días, el hombre la buscó por la lechería donde la había dejado, y no la pudo encontrar.

No sé cuántos días, Josefina y yo casi no nos hablábamos. Luego fue pasando el tiempo, y poco a poco la vida se nos fue normalizando. Una mañana me fui a Guanajay a buscar unas semillas de hortalizas. Al regreso, en el momento de montar en la guagua, ocurrió el encuentro con ella y ya sabe usted lo que pasó.

Por eso, compadre Gumersindo, desde entonces, cuando monto en una guagua, nunca voy para la parte de atrás, porque si miro por el cristal, me parece que voy a ver a Pelusa, corriendo, tratando de darme alcance.