EL VISITANTE

El camión lo dejó frente a la entrada. Al bajar, se acomodó la mochila, miró a un lado y a otro y, de momento, dudó de si era el lugar que buscaba. Reflexionó y se aseguró: “No, no puede ser otro, por aquí estaba el portón de la Paloma”.

Caminó unos pasos hacia atrás y entonces vio un trecho de camino apenas visible, cubierto de marabú y otras maniguas. “¡Santo Dios, qué es esto! ¿Qué se ha hecho lo que había?”, se preguntaba, tratando de abrirse paso por el manigüero, rastreando el antiguo trayecto.

El sol de la mañana había subido y sintió calor. Se detuvo debajo de unas palmas, tomó de la mochila una cantimplora y refrescó su garganta. Desde allí buscó a lo que alcanzaba su visita, intentando identificar algo. Nada, la vegetación se había adueñado de la Paloma.

Momentos después, arribó al punto que buscaba. Guásimas y otros arbustos habían cubierto el espacio de la casa. Para suerte de su presencia, allí permanecía la mata de mango bizcochuelo, ahora frondosa.

De la casa, ni las tejas, solo los pilotes que la sostenían, únicos vestigios de entonces. La Paloma, siempre apacible, germinando en el acontecer, ¿dónde está?, se preguntó. Y se vio niño, correteando junto a Canelo, su perro, por los alrededores. Le pareció estar oyendo los bramidos de las vacas llamando a sus terneros a la hora del ordeño, el relincho de los caballos en los potreros, sobre todo el de Dorado, corriendo detrás de la potranca Paloma, el animal preferido de su padre. Por ella, la finca llevaba su nombre.

Insistió buscando algún indicio de cada sitio de aquellas tierras, heredadas de generación en generación. Y ni sombra. Trepó hasta un grueso gajo de la mata de bizcochuelo. Se detuvo un instante en su búsqueda y recordó cómo eran los corrales de ordeño, el ganado pastando en sus cuartones, el carretón saliendo rumbo al pueblo, cargado de cántaras de leche y otros productos, conducido por Manolo, el hermano mayor; su hermana Rosario, mañana a mañana, encima de Dorado yendo a la escuela. Quería ser maestra como su madre.

-- ¡Don Pedro, su finca es un jardín!”, reconocían los que la visitaban. Y al viejo, sin zafarse el tabaco de la boca, se le estampaba aquella sonrisa que encarnaba el mayor orgullo de su existencia.

Para don Pedro y su familia resultó como si aquel universo se apagara cuando un amanecer, los ladridos de Canelo y los golpes en la puerta los despertaban. Se les enfrió el aliento al abrir y ver a los dos hombres, un civil y un militar con una metralleta colgada a su hombro. Unos buenos días y unas preguntas:

-- ¿Usted es don Pedro Gutiérrez?

-- Sí, soy yo.

-- ¿Dueño de La Paloma?

-- Sí.

-- Desde este momento, la finca y todo lo que hay en ella quedan intervenidos.

--¡Pero!...

-- No se preocupe, don Pedro, a usted y a su familia se le garantizarán vivienda y una pensión…

Poco tiempo después, desde el reducido balcón del apartamento, en la nueva comunidad, don Pedro pasaba la mayor parte de sus días mirando en dirección a la Paloma. Ya no reía y apenas hablaba, hasta que cerró sus ojos. Lo siguió su esposa, doña Lucrecia, y tras ellos, se fue Canelo.

El tío Juan vino a los funerales. En su último viaje, les dijo a sus sobrinos que si lo deseaban podían irse a trabajar a sus viñedos, en España. Y allá se fueron. Con la ayuda del tío, cada uno logró rehacer su vida. Pero la añoranza no los abandonaba, sobre todo, a él, Adolfo. Habían pasado más de treinta años, hasta que decidió visitar el lugar de su infancia.

Y ahí estaba. Ahora, mientras salía al camino para tomar el camión de regreso, se preguntaba y se volvía a preguntar:

“¿Por qué? ¿Y para qué?”