INOCENCIA
Cuán lejos estaban sus sentidos de imaginar ese mundo cuando conoció a Carlos. Porque él era lo sublime, la vida. “No quiero más nada que tú”, vibraban sus sueños de adolescente. ¡Y qué abismo se abrió ante ti aquella mañana, al encontrarte el anónimo echado por debajo de la puerta. “No sueñes más. Carlos te engaña. Es un vividor de mujeres”.
No lo quiso creer.
Seguramente lo harían por envidia. Carlos era bueno. Le había prometido matrimonio. Pero, sin embargo, se sentía recelosa. No pudo evitar sentirse invadida de un sentimiento de insulto. Aquellos días fueron de locura, encierro, mutismo. Si era cierto, no miraría, nunca a otro hombre.
Su padre preocupado, indagó lo que ocurría, y sin andar con rodeos, corrió a Carlos y estuvo a punto de matarlo con el machete. Aún con la ira subida a la cabeza, le dijo a su hija:
-- ¡Inocencia, ponme atención! ¡Prefiero verte muerta antes que en manos de un de un chulo como ese!
Obediente, Inocencia no de dejaba ver de Carlos. Parecía haberlo desterrado en el olvido. Pero, desde entonces, el techo paterno, de guano y yagua, le ahogaba, se sentía más ensombrecida.
Carlos no se daba por vencido. Merodeaba, vigilándola, escribiéndole. “Tú serás mi esposa” le repetía en su promesa, pese a la barrera que los separaba. Pasó el tiempo y tú, Inocencia, volviste a su encuentro. Fue entonces cuando te propuso la fuga. Allá, en La Habana, se arreglarían las cosas. Lo seguiste.
Llegaron de noche. Noche ruidosa de tránsito, luces de semáforo y anuncios lumínicos, destellos multicolores, sirenas de perseguidoras, vidrieras deslumbrantes, repletas de cosas que eran nuevas para ti. Primero fue el bar, donde esperaban los amigos de Carlos. De inmediato, la presentación, en una atmósfera impregnada de asecho. Como sombras en la tenue luz de la barra, se acercaban a la pareja con las copas en alto, disputándose el brindis que aceptabas, ajena. Te reían, Carlos reía, y tú, en medio de la entrega soñada, disfrutabas en la embriaguez.
Luego, el hotel, la habitación con la oscuridad que reclamaba tu virginidad. Y fuiste feliz aquella noche. El deseo retenido soportó la sucesión de una y otra vez. Te parecía que Carlos no se saciaba. Bajaba de la cama y regresaba con más vigor. Desmadejada, quedabas rendida.
Al despertar, la luz del nuevo día penetraba por una pequeña ventana rozando tu piel desnuda. Entreabriste los ojos. Lo viste de espaldas, dormía. Le echaste tu brazo tibio y se volvió, y todo fue confusión para ti. Los ojos que te miraban no eran los de Carlos. Pensaste que el efecto de las copas te hacía ver las cosas diferentes. Te estrujaste los párpados...
-- ¡¡¡Carlos!!!
Ante tu furia de mujer herida, el hombre, con la ropa y los zapatos en las manos, se perdió por el hueco de la puerta. Enceguecida, esperaste a Carlos. Cuando la puerta se abrió, estallaste. En el desigual desafío, no supiste de ti.
Cuando la noción te volvió, con tus ojos amoratados, lo viste pasándote una mano por el cuerpo dolorido y le oíste decir:
-- No te enojes, mi guajira. Es que necesitabas unos pesos, ¿sabes?
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