UNA MADRUGADA

Despierto sobresaltado. Los gritos y el ruido fiero del filo de los machetes, han hecho saltar a los hombres de sus hamacas. El espanto domina en el barracón. Busco la ropa para vestirme. No atino. Dos cañeros se baten a machetazos. No hay espacio para la razón. Sólo acciona lo salvaje.

Nadie sabe por qué pelean estos hombres. La tensión señorea en el ambiente. Algunos han encendido sus candiles. Ahora, en la penumbra amarillenta, se perciben las dos figuras en frenético desafío, entre ataque y defensa de machetes.

La furia los ha enloquecido. Cada envestida genera el vocerío de decenas de cañeros, venidos a este barracón de año en año por esta época.

 

-- ¡¡Basta, basta ya, que se matan!!

Con el reflejo de la opaca luz de los candiles, se puede observar dos cuerpos desnudos, enrojecidos por la sangre que corre de sus heridas. Los tajazos que se lanzan van acompañados de insultos:

-- ¡¡Cabrón, eso no lo volverás a hacer!!...

-- ¡¡El ladrón eres tú, robacaña!! ¡¡Te voy a hacer picadillo!!

-- ¡¡Hazlo si puedes, hijo de puta!!...

No hay cómo separarlos. Son alrededor de las tres de la mañana. La ira continúa atrapada en la pelea.

-- ¿Quiénes son, Chato? – pregunto al compañero más próximo.

-- ¡Yo qué coño sé, chico! – responde, también alterado.

En el griterío temeroso de que ocurra lo peor, se escucha un alerta:

-- ¡¡Hay que hacer algo, carajo, estos hombres se están matando!!

Yo no me he movido. Tampoco otros se han atrevido a acercarse a ese relámpago de chirridos de machetes, lamentos, ofensas y de heridas que sangran. Pienso que de un omento a otro, uno de ellos caerá y el contrincante alzará su arma para rematarlo. ¡No, no quiero ver eso! Ante la inminente desgracia, surge la voz de acción:

-- ¡¡Vamos a separarlos!!

-- ¿Pero cómo? -- grita alguien.

--¡Busquemos unos palos en el patio! -- se me ocurre.

Corremos al patio. Regresamos. Soy uno de los primeros en acercarme a los enfurecidos, momento en que uno lanza su machete y lo hunde en el antebrazo del otro, quien al defenderse, retrocede y cae. Su contrario hace una diabólica mueca y vuelve a levantar la filosa hoja. Al descargarla, se interpone el palo que lanzo y el machete vuela de su puño.

Es el instante que aprovechan los demás y se precipitan sobre dos seres que apenas pueden resistirse.

-- ¡Traigan los candiles a ver quiénes son!

La luz aparece.

-- ¡Miren pa´ eso, Antonio, el Isleño, y Agustín, el Oriental!...

-- ¿Cómo es posible que dos amigos como ustedes, hayan peleado de esa forma?

-- Ete se pasó casi toa la noche robando la caña que yo había cortao por la tarde – acusa el Oriental.

-- Eso no es así, él había cortado varios surcos de mi caña – responde el Isleño.

Los que rodeamos a estos camaradas, casi desangrados, nos miramos incrédulos. Ellos han quedado sin fuerzas para volver a abrir sus labios. Limpiamos y vestimos sus cuerpos como podemos. En improvisadas camillas, los acompañamos hasta un distante paradero de ferrocarril. Tras cuatro horas de espera, el Chato y Lorenzo parten con ellos en un carro, rumbo al hospital del pueblo.