La casa rosada
Eso de estar con una mujer mucho tiempo, no iba con él. ¿Una vida entera dedicada a una sola? No y no. Sería demasiado tedioso. Todo debía ser fugaz. Tan fugaz como el viento, un soplo. Y ese soplo, renovarlo constantemente. Por eso, él le dedicaba a una mujer el tiempo que tardara en encontrar otra.
Sin embargo, con Alicia había sido distinto. A ninguna anterior la había embarazado y mucho menos casarse. ¿Y tener un hijo? ¿Cómo era posible, que hasta eso estaba ocurriendo? No, él no se lo perdonaba. Le miraba aquella barriga, esperando y esperando. Sabía que de un momento a otro, saldría de allí un chiquillo para salarle la vida. Mo y no, repetía.
Además, ¿Y si no era de él? ¿Y si era del primo, del tal Robertico, que frecuentaba la casa?
Alicia lo oía decir aquellas barbaridades y no respondía. Se pasaba la mano por el abultado vientre, ya rozando los días de sentir las primeras contracciones, y regresaba a la cocina. Serafín, un hombre corpulento, de cabellos rubios, se sentía como un barco varado, queriendo zarpar, pero sin saber a dónde.
Para Alicia era una tortura permanente oír a Serafín. Constantes disgustos, a veces, con agresividad. Temerosa de que aquella situación se convirtiera en tragedia, le había dicho que se marchara. Y Serafín estaba intentando irse, pero había algo que siempre lo detenía. En su último intento, cuando entró al cuarto para recoger sus cosas, Alicia acababa de salir del baño para vestirse, y él, al ver sus senos se detuvo. Cada vez que eso sucedía, se quedaba lelo, mirándolos, erectos y ahora más con la proximidad del alumbramiento. Pero, además, los senos de Alicia tenían la virtud de estar acompañados de un lunar rojizo en el centro, como si fuera el astro rey saliendo entre dos colinas.
Ninguna mujer de las que tuvo antes, tenía unos senos y un lunar así. Sería casi imposible encontrar a otra con algo similar. Por eso, para él, Alicia ere única.
No obstante, días después, al llegar a la casa, por el mediodía, no pudo soportar encontrarse con Robertico, en el momento, que le pasaba una mano por la barriga a su mujer, a petición de ella, para que sintiera las pataditas.
--¡Tal parece que este fue el que te hizo la barriga, no? ¡Ahora van a ver quién es Serafín Montero!
Ciego de celos, corrió a la cocina y agarró un cuchillo. El joven, incrédulo de lo que sería capaz aquel hombre, no se defendió. Pero, al ver el peligro, trató de esquivarlo. Ya era tarde. Serafín con ira desenfrenada, lo apuñalaba, mientras Alicia, horrorizada, pedía auxilio. Después de ultimar al joven, se acercó a ella y le dijo que no la iba a matar para que llevara por la vida la condena del engaño…
--El engaño y la maldad solo están en tu cabeza. Y vayas donde vayas, la justicia te alcanzará…
Serafín no quiso oír más aquellos vaticinios y reaccionó soltando el cuchillo, apretó el puño y la golpeó varias vedes en la cabeza. Alicia se desplomó casi arriba del cadáver de su primo. Serafín, todavía dominado por la cólera, tomó el cuchillo y salió al patio, dio un vistazo a la redonda y huyó pensando que Alicia no sobreviviría.
Temeroso, sin saber dónde ocultarse, se dirigió a las montañas. Allá permaneció muchos años trabajando en la recogida de café y cacao. Tuvo dos mujeres. La primera parecía haberlo conquistado como marido duradero, pero al empezar a laborar en otra hacienda, se enamoró de una joven, hija de uno de los productores. El padre y los hermanos de ella se enteraron que tenía otra mujer y lo corrieron hasta perderlo de vista.
Con algunos ahorros, comenzó a transitar de pueblo en pueblo, ahora dedicado al juego. Codeándose con los jugadores más experimentados logró dominar la sutileza de las trampas en las cartas y en los dados. Los años habían pasado y Serafín continuaba atrapando a cuantas mujeres confiaban en sus promesas.
Consideró que llevaba demasiado tiempo vagando y cambiando de nombre en cada lugar, hasta que Don Federico Montalvo, como ahora se llamaba, decidió establecerse en la ciudad de Cerro Verde. Había vivido con sobresalto, evitando la prisión, obsesionado con las últimas palabras de Alicia: “Vayas, donde vayas, la justicia te alcanzará.”
En el único lugar que había encontrado sosiego era en Cerro Verde. Cuando llegó a aquel pueblo, lo primero que hizo fue averiguar la ubicación de los sirios de juego, sobre todo el Casino Español. Sabía que allí frecuentaban los más adinerados de la región.
Don Federico se había alojado en el mejor hotel de la ciudad. Después recorrió las tiendas y finalmente compró un traje de alta etiqueta. Al llegar la noche, hizo su primera visita al Casino. Merodeaba por las mesas tratando de no llamar la atención, pero no faltaron los que se preguntaban de dónde habría llegado aquel elegante caballero. Ambientado, escogió una de las mesas y comenzó a jugar sumas moderadas. Perdió varias partidas de póker y se retiró. Desde la barra, mientras bebía una gaseosa, observaba a todo lo largo del salón hasta que en su rostro apareció una leve sonrisa.
Pasada la media noche, los jugadores se habían ido retirando. El único que enfrentaba a Don Federico era Don Emiliano López, el ganadero más rico del territorio.
A partir de aquella noche, Don Federico Montalvo no dejaba de asistir al Casino Español los días de juego. Poco tiempo después se relacionaba con las familias más acomodadas de aquel lugar. Pero los años y la vida agitada habían erosionado aquellas energías que reclamaban una mujer tras otra.
Ahora, cuando lograba una nueva conquista, trataba de retenerla, en tanto, buscaba afanosamente la sustituta. No todas lo soportaban más allá de obtener lo que querían.
Pero Don Federico no era hombre que se amilanaba. No dejaba de meditar en los momentos que aún disfrutaría con hembras que lo hicieran soñar con el paraíso. Y ere paraíso, él Don Federico Montalvo lo iba a hacer realidad.
No dejó para luego la idea. La pondría en práctica. Se regocijaba de tamaña ocurrencia. Para llevar adelante el proyecto, escogió un elevado del terreno próximo al río que atravesaba su mayor hacienda. Allí levantaría un palacete rodeado de árboles frutales, palmas y un jardín.
En pocos meses, diseñado por el mejor arquitecto de Cerro Verde, la mansión recibía los toques finales. Cortinas finas cubrían paredes y ventanales. Los muebles fueron adquiridos en tiendas especializadas. El dormitorio principal fue decorado para el gusto de la dama más exigente que pudiera existir.
Después de un recorrido verificando hasta el último detalle, parado en el jardín, don Federico contemplaba la obra, toda pintada de rosado. Lo único que variaba el color, eran las tonalidades que iban del rosa más fuerte al más pálido. Al concluir el último vistazo, dijo:
--Se llamará La Casa Rosada—el arquitecto, el ingeniero y constructores que lo acompañaban, aplaudieron su gusto. Satisfecho, se dijo: La primera en disfrutar mi paraíso, deberá ser la más bella que las que he conocido.
Días después, en un paseo que Don Federico hacía por la cuidad, le llamó la atención los cartelones distribuidos en las tiendas, parques y calles anunciando la presentación de una cancionera en el Teatro Principal. La promoción de la prensa radial y escrita enaltecía la fama y la belleza de la cantante.
Sábado en la noche. Desde temprano, don Federico se había preparado para asistir al concierto. Comenzaba a las nueve. El público asistente vestía de gala.
Las cortinas del escenario se abrieron y la orquesta acompañante comenzó con una melodía de introducción , mientras aparecía, en medio de aplausos, la presentadora, una dama rubia, ataviada con traje largo, rojo. El teatro quedó en silencio, expectante, para escuchar una breve reseña de la vida artística de la cantante.
--y para no hacerlos esperar –dijo--, aquí está Malena, que los deleitará con una canción favorita de todos los públicos: “Mona Lisa”
Un entusiasta aplauso la recibió. Vestida de negro, cabellos castaños, sueltos sobre los hombros, un atrevido escote y el hechizo de su voz, atrajo a un público que nunca había visto algo así en Cerro Verde.
Impaciente, Don Federico esperaba el intercambio del concierto para hacerle llegar una nota con las siguientes palabras: “Malena, ruego a usted me haga el honor, de su presencia, de inaugurar La Casa Rosada, construida en mi hacienda El Palmar y le ofrezco además, la acoja como alojamiento durante su estancia en Cerro Verde. Su admirador Don Federico Montalvo.”
Malena recibió el mensaje y le dijo a su representante que hiciera pasar al señor que ofrecía tal gentileza. Don Federico se presentó ante ella. Después del saludo, Malena detuvo su mirada en la figura se aquel hombre. Don Federico también la observada de arriba a abajo sin poder evitar la imprudencia de sus ojos sobre el opulento busto de la artista.
Un rato más tarde de haber terminado el concierto, un automóvil, conduciendo a la cantante y su anfitrión, se dirigía a La Casa Rosada.
Con las lámparas encendidas, las tonalidades del rosado de las paredes y cortinas, los muebles y su ubicación, valiosos cuadros y jarrones de flores, la mansión mostraba su esplendor. Malena se sintió impresionada, sobre todo por el gusto con que había sido construido aquel palacete.
Después de la cena, prevista para la ocasión, Malena le dijo a su anfitrión que se sentía complacida, más de lo que esperaba. Don Federico solo sonrió mientras la miraba. Era la mujer soñada para su Paraíso. Estaba fascinado por su forma de mostrarse, su hablar, sus gestos, su sonreír. Mo quería pensar más que en lo que vendría en el curso de la noche.
Y entre copas, anécdotas, halagos y música indirecta, había llegado el momento esperado por Don Federico. Ya la campiña dormía y La Casa Rosada, como el paraíso, disponía de su privacidad. Nada más que una débil luz acentuaba el rosado de la alcoba. Ella no esperó a que él se lo pidiera. Quería ofrecer ese placer al dueño de la noche para que lo hiciera a su manera. Pieza a pieza iban cayendo a la alfombra. Pero la pieza que más él deseaba zafarle era el sostén, su gran delirio. Ella lo detuvo y le pidió que lo dejara para último. Don Federico sintió que el pecho se le agitaba como pocas veces antes. Desprovista de lo demás, ella le dijo:
--Ahora sí.
Presuroso, mientras quitaba el broche del sostén, sus ojos recorrían aquellas formas, deteniéndose en el Monte de Venus, en las caderas, en las piernas… ¡Al fin, el broche cedió! Y cuando consideró que iba a tener un gozo sublime, vio algo que lo paralizó: un lunar entre seno y seno… ¡Cómo era posible! Malena con asombro, observaba su trastorno. A
Don Federico parecía faltarle el aire y el vigor lo abandonaba. Las piernas le flaquearon, sin dejar de mirar aquel lunar. Intentó decirle algo a Malena, pero solo pudo exclamar: ¡Alicia, Alicia!
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