Ella

Vivíamos en una ladera, rodeados de hortalizas, naranjos y cocoteros. Más allá, por encima de la arboleda una cordillera de colinas. De allí nos llegaba el día con sus primeros latidos. Por el frente, cercano, el mar, verde,azul en el horizonte, por donde se hundía el sol.

Durente el día, el andar pausado quedaba para mi, la agilidad para ella, con sus manos entre las coles, las lechugas, las zanahorias o naranjas. Y yo siguiéndola, canasta en mano. Verla era colmarse de aliento, con su semblante zalamero.

Sin percatarnos, el tiempo se nos esfumaba en el atardecer. Vendrá la noche.

!Y qué noches aquellas!Desaparecía todo vestigio de cansancio. Después del baño, peinaba su cabellera, se ataviaba con sus mejores ropas y se perfumaba, como si fuera a una gran fiesta. Salía del cuarto y se me acercaba. Intenta tomarla, y ella, riendo, me esquivaba, giraba su cuerpo mientras se iba despojando de cada pieza y me las lanzaba al rostro. Cuando ya no quedaba qué tirarme, se detenía y abría los brazos.

Ahora, donde me encuentre, cuando recibo el amanecer o contemplo una puesta de sol, o recorro un huerto, me vienen las lágrimas y no las detengo porque ellas forman parte de la felicidad de entonces.