El Acantilado

Allí la vi por primera vez. Me asustó cuando mis ojos tropezaron con aquella figura. Una aparición? Estaba sentada en el tronco de un uvero, con la vista perdida hacia la línea azul del horizonte. Di unos pasos. Al sentirme, su rostro moremo se volvió, con una mirada tímida.

Trataba de sujetar su cabello suelto, movido por la brisa.

--Buenas-- la saludé.

--!Hola!-- respondió avivando sus ojos.

Al notar que se quedaba callada, la comenté lo raro que me parecía encontrar a alguien como ella en aquel paraje solitario. Observé un ligero cambio de semblante, como si se motivara. Entonces la oí decir que cada vez que la añoranza la atrapaba, venía a contemplar lo que había heredado de sus padres.

Sorprendido, me preguntaba: Acaso El Acantilado tenía dueño?

Pasaron unos segundos y me hizo salir de dudas:

--Mi padre decía sentirse dueño de todo lo que amaba e imaginaba. Desde niña, él y mi madre frecuentaban este lugar.
Así lo fuí conociendo.Ellos decían que allí la vida se crecía. Parados ahí,en el saliente de El Acantilado, observaban el movimiento de la gente del pueblo La Ensenada, la entrada y salida de los pesqueros, y hasta el rumor del viento les hacía recordar leyendas de naves piratas, tesoros escondidos y peces gigantes que aterrorizaban a pescadores.

Si motivada la veía en su relato, más me sentía oyéndola.Decía que sus padres se habían conocido, casualmente, en El Acantilado. Al morir su mamá, el padre no dejó de venir a evocar los momentos vividos allí.

En una ocasión, él le confesó que ella había sido concebida a la sombra de aquel uvero. Y por eso, se sentía dueño de todo el colorido de El Acantilado.¨Ahora, dijo ella, me creo heredera de esos sueños, de su contemplación y de las tardes debajo de los árboles y los arbustos que nos rodea en estas alturas¨.

Me quedé en silencio. Quería seguir oyendo aquellas palabras del palpitar de El Acantilado. No había dejado de mirarla, de como sus ojos se achicaban al mover los labios, sobre todo en su sonreir.

En uno de sus relatos, contaba haber conocido a una familiade procedencia árabe, conocedora del origen del café en su tierra, pero negaban explicar cómo lo procesaban. Siguió indagando y la única persona que le habló del café carretero, fue un haitiano que había conocido en una estancia cafetalera en la región de Baracoa.

Su rostro se ensombreció cuando contó en la forma que su padre se despeñó por el saliente de El Acantilado. Miré hacía allí, imaginando como aquel hombre iría cayendo entre los peñascos.Y al volver la vista, ella había desaparecido.

--!Oiga, oiga!...

La llamé y la volvía a llamar y nada. Sólo quedó el silencio y la soledad reinantes en El Acantilado.No conforme, busqué por todos los alrededores. Ya anochecía cuando tomé el sendero de regreso.Aquella noche casi no pude cerrar los ojos, deseando volver al lugar.

Dominado como si fuera una fuerza invisible que me llamara, a media tarde subí a El Acantilado. Había llegado sudoroso y jadeante. Me dirigí al uvero. La joven no apareció. En su lugar, la acogedora caída de la tarde. Medité unos minutos mientras mis ojos escudriñaban el entorno. Me acerqué y ocupé el sitio donde ella había estado sentada, imaginándola.

En los días sucesivos, no faltaba a mi hora señalada. Quería verla.

Ahora, cada vez, el lugar me parecía más fascinante. Por algo sus padres y ella se sentían hechizados con la magia de
El Acantilado.

Desde su altura se observaba el Rompiente Rocoso, siempre envuelto en una bruma que formaban las olas al chocar contra las rocas. Más allá, los infinitos manglares por toda la costa, hasta perderse en el horizonte. Por el lado opuesto, el pueblito La Ensenada, con sus casas de tejas rojas que parecían salir del mar, y las gaviotas y pelícanos merodeando en sus vuelos.

Me había hecho el hábito de ir todos los días, ahora lo hacía en horas más temprano, al encuentro con aquel escenario. Había llegado a creerme también heredero de los sueños de aquellos seres. ¿Y por qué no?, me perguntaba. Había perdido la cuenta de cuantos dís, a cualquier hora, de llegadas y esperas sin verla, hasta que un mediodía no fue en vano. Al acercarme al uvero, ahí estaba ella, con su cabello suelto, mirándome. La saludé y como la vez anterior, respondió:

--Hola.

No quise preguntarle por qué no había vuelto. Pero sí le conté que la había esperado día a día. Se limitaba a escucharme sin dejar de mirarme, hasta que la oí:

--¿De dónde eres?

--De La Ensenada. Soy pescador, como mis padres. ¿Y tú, de dónde?

Miró hacia el lado opuesto de La Ensenada, levantó su brazo derecho, señaló con el índice y respondió:

--De allá.

Volvió su rostro y sonrió. ¡Qué modo de sonreír¡ ¡Cuánta dulzura¡

Se veía animada. Me dijo:

--Mira, no te pierdas eso -- indicaba en dirección al Rompiente Rocoso.

En la perenne bruma, los rayos del sol al penetrar, formaban un arcoíris. Sus colores eran tan vivos que nunca había visto uno así.

En la desaparición anterior, me quedé sin saber su nombre. Le pregunté y respondió:

--Sandra. ¿ Y tú?

--Néstor.

Sin dejar de mirarla por temor a que volviera a desaparecer, le dije cuánto deseaba verla todos los días. Callaba, sólo  me escuchaba, con aquel modo de mirar y sonreír. No respondió a mis palabras y me dijo:

--Aquí siempre se descubren cosas que deslumbran…

--¿Cómo cuáles?

--Ven, te voy a enseñar mi pasadizo.

Se puso de pie y se dirigió a dos coposos arbustos detrás del uvero. La seguí por una brecha que bajaba en forma de zigzag. A cada momento se detenía para esperarme. Ahora la veía reír con una alegría contagiosa. Al llegar a la arena, me tomó de la mano y llegamos a un recodo oculto de la orilla del mar, donde apareció una poceta. Me soltó la mano y me miraba riendo.

--Ven – me decía, mientras se iba despojando de sus topas, corriendo hacia el agua, con su cabello suelto flotando sobre sus hombros.

Sandra parecía haberse transformado, toda, en alborozo, se movía como si sintiera la caricia del agua que la envolvía, sin dejar de sonreír. Al verme desconcertado, me llamaba y llamaba, en tanto, zambullía y zambullía. Cuando me lancé a su lado, no paraba de jugar.

Nadaba ágil, braceando a mí alrededor. Trataba de cogerla y ella, huidiza, me cegaba echándome agua en el rostro. La seguía eufórico, y hubo un momento, que se abrazó a mi cuerpo y no se desprendió hasta calmar su calor y la ardentía de su virginidad. Quedamos rendidos en la orilla sobre la arena. Cuando abrí los ojos, Sandra no estaba. Desesperado, me vestí y salí corriendo en busca del pasadizo por dónde habíamos bajado, y por mucho que miré y busqué, no lo pude hallar.

No volví a ver a Sandra. Los años, unos tras otros, han pasado, y yo, pensando y pensando, en sí lo vivido en El Acantilado fue un sueño, una alucinación o una realidad. Lo más cierto que se anida en mí, ha sido la espera, día a día, de volver a verla, allí, sentada en el tronco del uvero con su cabello suelto y su mirar.