De cuando en cuando aparecía por el caserío. Siempre la misma figura, con la misma vestimenta, un largo vestido y una perenne pañoleta atada debajo de la barbilla, con un rostro de nariz afilada y labios hundidos por la ausencia de dentadura. Mostraba una piel curtida por el sol y el aire campestre.
Lo más vivo en ella era la luz de sus ojos y el timbre de su voz. Al dirigirse a alguien para implorarle una limosna, lo hacía de tal manera, que era imposible una negativa. Iba y venía llevando un abultado fardo sobre su espalda con sus pertenencias. Se alojaba en un ranchón abandonado en las inmediaciones del poblado.
Solo Faustina y los niños del barrio daban vida a aquella cobija. Cuando ella se ausentaba, los muchachos se reunían allí para jugar. Pero a su regreso, los entretenimientos de los chicuelos cambiaban de lugar.
Ahora, llevaba mucho tiempo ausente. Los vecinos pensaban que ya no volverían a verla. Por esa época, desde hacía meses no llovía. Las plantas y las tierras parecían calcinadas.
Una tarde de aquellos días, de remolinos polvorientos, reapareció Faustina, como arrastrada por el vendaval. Apenas podía sostenerse sobre sus pies descalzos. Una vecina acudió a socorrerla.
Llegó la primavera y semanas después comenzaban las cosechas de hortalizas y vegetales y con ellas, se vio llegar a Chano. Así lo llamaban. Venía del pueblo empujando una carretilla. Era un hombre forzudo. Usaba gorra, pulóver a rayas y pantalones cortos. Semejaba un marino. Salía del campo a comprar viandas y hortalizas que luego revendía en las calles.
Desde varios días atrás no paraba de llover. Los caminos se habían convertido en lodazales. Y por mucho que Chano trataba de salir y regresar, no le era posible. Aquel día después de haber logrado hacer sus compras, hizo varios intentos por regresar al pueblo y no pudo. No le quedó otra alternativa que refugiarse en el ranchón. Llegó empapado de pies a cabeza.
Faustina, al verlo, le dijo que se quitara aquella ropa y se cubriera con una vieja manta que sacó de su envoltorio; Chano, tiritando, aceptó el gesto de una mujer que acababa de conocer, sin importarle el mal olor de la colcha. Momentos después, ella le dijo que se acercara al fogón para que se calentara. Chano arrimó un trozo de madera que había allí y se sentó acurrucado. Pasaron unos minutos y empezó a sentir una sensación de bienestar no experimentada nunca.
La lluvia continuaba y Chano se vio varado en el ranchón. Realmente, no tenía apuros, ni quien esperara por él. Durante el temporal, al verse tan bien acogido y atendido por Justina, salía temprano, como de costumbre, a buscar algo de alimento para compartir con ella. Por las noches, arrimados al calor del fogón, Faustina cantaba unas melodías que a él lo fascinaban.
Pasaron las lluvias. Vendrían otras y otras entre veranos polvorientos, sin que nadie volviera a ver a Faustina salir a mendigar.
Una mañana, el ranchón amaneció vació. Al pasar el tiempo, los vecinos recordaban las noches de luna cuando salían al portal a oír cantar a Faustina, mientras ella y Chano paseaban por los alrededores.