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El campeón

Le atraían las apuestas. Ser  ganador era su afán, era el sentir de su vida. El espacio de primer expediente en cada curso parecía estar reservado para él. Estudiaba para eso. Ahora se preparaba para el ingreso a estudios superiores. Sería ingeniero agrónomo.

El orgullo que sentía Don Virgilio, su padre, lo llevó a escoger el mejor potro dela finca para obsequiárselo como estímulo por sus mejores logros académicos. Andrés, un joven de carácter jovial, lo recibió con tal agrado  que no perdía oportunidad para mostrar el regalo de su padre a sus amigos. Siempre le había gustado aquel alazán nombrado Malagueño. Era brioso y rápido en las carreras.

El obsequio había sido oportuno por coincidir con las fiestas de la Verbena que se celebraban cada año durante los días de San Juan. Los parques y calles de Colina real lucían de un colorido de varados adornos. Los festejos se realizaban con bailables, peleas de gallos, venta de juguetes y golosinas, rifas, carreras de caballo, competencias deportivas y de bebedores. La mayor atracción era la corrida de cinta.

El día y la hora de la gran competencia había llegado.  A  cada lado y a todo lo largo de la pista estaba aglomerada la población de Colina Real y de los poblados cercanos. El alcalde premiaría al triunfador con un diploma y quinientos pesos. Sobre la meta se había tensado una cuerda de un lado al otro, de cuyo centro colgaba un anillo sujeto por una cinta roja. El jinete en su carrera debía ensartar aquel aro con una varilla.

La rivalidad comenzó en medio de la algarabía de los espectadores. Los primeros cinco competidores quedaron fuera del certamen. Tocaba a Andrés el turno siguiente. Malagueño arrancó con un galope moderado y poco a poco fue ganando velocidad. Andrés con el sombrero echado hacia atrás, inclinó su cuerpo hasta rozar la crin del caballo, afinó la puntería con la varilla y al pasar el aro quedó enganchado en ella. Alzó su brazo mostrando su acierto, mientras le llegaban los aplausos de sus simpatizantes. De los jinetes restantes, otros dos lograron llevarse la sortija. Para la segunda vuelta,  Andrés tenía que esperar el resultado de sus rivales, y de inmediato, emprendió su turno. Esta vez, no tuvo el acierto que esperaba,  lo cual repercutió en el ánimo de su público. Ahora, cabizbajo, oía el clamor de los que apostaban por sus contrincantes. El segundo también falló en  su intento. El último fue seguido con expectativa por la multitud, mientras Andrés, inquieto, esperaba. al verlo pasar sin el aro en la varilla, se reanimó. Había que ir a una tercera vuelta, y si concluía sin ganadores, el Gran Premio quedaría desierto. Pero si había empate, la competencia continuaba.

En medio de la expectación del público, Andrés cedió su lugar a sus rivales, quería ser el último.
Nuevamente los jinetes se alineaban en el lugar de partida. El primero salió tras el disparo de arrancada y llegó a la meta,  sin el ansiado aro. el segundo competidor fue seguido con expectación hasta el final de su carrera y se observó como su varilla se había ido en blanco. Ahora el bullicio se hacía mayor con el último finalista. Andrés se acomodó con aplomo sobre la montura y puso toda su atención hacia el diminuto agujero que debía ensartar. Sintió la señal y el alazán emprendió una carrera que parecía que parecía haber alargado su figura con la cabeza hacia delante y el rabo extendido. Daba la impresión de que aquel caballo volaba sobre la pista. Andrés llevaba la vista fija en la sortija y cuando faltaban unos metros, alzó su brazo, empuñó firme la varilla y ¡zas!

El público irrumpió con vivas y largos aplausos al campeón. Sus más cercanos amigos  lo bajaron de Malagueño y lo llevaron en hombros al podio, donde era esperado por el alcalde para la entrega del Gran Premio  de Colina Real. A su lado, Carmela y sus padres.

Las fiestas continuaban, y un día antes de la clausura de la Verbena, se celebraba la competencia de los bebedores.
Andrés nunca había participado en aquella lid. Sus amigos lo invitaron.  Opinaban que era el mejor del pueblo en todas las apuestas y a esa no debía faltar. La familia en pleno se opuso, pero él no quería perder un nuevo primer lugar. A la hora señalada fue recibido con júbilo por los retadores y asistentes.

La apuesta consistía en ver cuál de los bebedores tomaba más de media botella de ron refino Bacardí. En cada ronda debía tomarse una de un tirón. Entre una y otra había que dejar pasar diez minutos.
En medio del bullicio, el Gallego, dueño del bar Hatuey,  puso en el mostrador, frente a cada contendiente, seis medias botellas. En la primera vuelta, los apostadores bebieron la suya; la segunda vuelta fue similar, y en la tercera, solo quedaban dos. Uno de ellos era Andrés, quien al tocar su turno, iba  a empinarse su media botella, pero el otro le dijo:
“Aguante, amigo, yo me rindo”.

--¡Hurra!! ¡Viva el campeón!—exclamó la concurrencia.

Andrés alzaba los brazos y reía. Y enseguida, bajo la protesta de sus amigos y simpatizantes, salió para su casa.
Carmela y sus padres lo esperaban ansiosos. Al llegar quiso decir algo y se desplomó. No abrió los ojos hasta el día siguiente, cuando tuvo que enfrentar la reprimenda de toda la familia. “Tomar de esa forma es peligroso, todo tiene su límite”, le decía Virgilio.

No había vuelto a participar en aquellas apuestas, ni se había dado un trago, aunque ahora  las competencias de los bebedores se celebraban los sábados por la tarde; además, no tenía por qué volver por allí. Para qué, se decía, si ya era campeón. Y pronto partiría para la capital a continuar sus estudios.

En una ocasión que regresaba de la finca en su Malagueño, al pasar frente al parque, oyó que lo llamaban, miró a un grupo de sus amigos. Bajó del caballo y fue a su encuentro.

--¿Qué dice el campeón?— lo saludaron.

--Todo bien, todo bien.

-- Desde hace varios días estábamos tratando de localizarte—dijo uno de ellos.

--¿Para qué?

--Tenemos un recado para ti.

--¿De quién?

--Los bebedores campeones de varios lugares se enteraron que eras el mejor y quieren retarte para el sábado por la tarde en el Bar Hatuey…

--No, no iré. Eso es un día antes de mi partida para la Universidad y el sábado quiero estar con Carmela y mis viejos…

-- ¿Y te vas a ir sin la gran corona de campeón de campeones? Sabes que aquí apostamos por ti y no queremos perder la oportunidad de verte ganar.

Para Andrés hablarle de una competencia y de sus posibilidades de ser el primero en algo que  de antemano se sabía ganador, lo ponía a pensar. Pero, ¿cómo convencer a Carmela y a sus padres? Se despidió de sus amigos sin ningún compromiso.

--¡Ni lo pienses! Recuerda lo que hemos hablado—fue la respuesta de Carmela, la misma tuvo de sus padres.
No obstante, pensaba que sería la mayor oportunidad de su vida. Nada menos que ganar para ser el campeón de campeones. ¡Cuánto le gustaría viajar con aquella corona!

A la hora señalada para el encuentro, allí estaban los retadores. l bar Hatuey se encontraba nutrido de un público que le atraía aquel ambiente y era un día especial. La mayoría lamentaba la ausencia del campeón local; él era la máxima atracción. Al comenzar, los participantes se arrimaron a lo largo del mostrador de la barra. Cada uno pidió, como estaba establecido, seis medias botellas de ron refino Bacardí…

--¡Un momento!

Toda la concurrencia miró hacia una de las puertas. Ahí llegaba Andrés con su ánimo y jovialidad de siempre. Fue recibido con ¡viva el campeón! y aplausos. S e reanimaba el bar Hatuey mientras Andrés era presentado a sus retadores y se incorporaba a la competencia.

Antes de comenzar, Andrés levantó un brazo para llamar la atención. El local quedó en silencio.

--¡Escuchen, quiero hacer una proposición!...

--¿Una proposición?—se oyó un murmullo.

-- Sí, miren, esta competencia debe ser un poco más fuerte, porque se trata de un encuentro de campeones…

--¡Cómo!—exclamaron sus rivales.

-- Yo vine por eso y quiero saber quién está dispuesto a competir conmigo. En vez de las seis medias botellas, que sea una botella de aguardiente de caña. También se tomará de un tirón.

Al oír aquella propuesta, los demás competidores e miraron entre sí, incrédulos. Pasaron unos minutos y solo se oía un abejeo que se extendió por todo el local. Finalmente, nada más aceptaron dos el reto. El Gallego, enseguida, destapó las tres botellas, las puso sobre el mostrador y dijo:

--Aquí están, ¿Quién comienza?

A la expectativa siguió un silencio nunca ocurrido en el bar Hatuey. Tampoco se había visto a nadie realizar semejante osadía.

--¡Yo mismo!—respondió Andrés  con ánimo de triunfo. Antes de empinarse la botella, miró a sus alrededor y luego las puertas. ¡Cuánto le gustaría que allí estuvieran Carmela y sus padres para que lo vieran coronarse como campeón! por último observó a sus contrincantes y se llevó el pico de la botella a los labios.

En ese momento sintió como un susurro en los oídos y una voz que salía  sin saber de dónde, diciéndole: “No lo hagas”,  “no lo hagas”, “piensa en Carmela, en tus padres, en tu carrera”. Andrés se detuvo y lentamente fue bajando la botella, la puso sobre el mostrador, miró a sus rivales, alzó el rostro y bajo la mirada interrogante de todos, salió del local.

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