Zeppelin

Las gentes se miraban unas a otras y se interrogaban sin más respuestas que el silencio. Alzaban sus ojos al cielo y clamaban: "!Hasta cuando, dios mío!"

En el caserío, el que menos se lamentaba era Don Marcelino Ruedas, pere a tener la familia más numerosa. Había pasado muchos malos tiempos, pero no como el de ahora. Los animales que poseía, poco a poco, se los había ido comiendo, hasta la guanaja de Tomasa. Ella protestó, Pero no había otra cosa y él le torció el pescuezo. Se la fueron comiendo de sopones en sopones, y el último sopón lo habían hecho hace tres días.

Esa mañana do quiso salir de casa. ¿Salir a qué? Haló un taburete, lo recostó a un horcón del cobertizo trasero de la casa y se sentó, se despejó del sombrero, se pasó una mano por la cabeza y se puso a pensar. Si continuaba sin llover, no habría siembra, por tanto, no habría cosecha. !Ah, si empezaran las lluvias, se apretaría el cinro hasta que llagara el fruto de lo sembrado!

Miró el cielo con ansiedad a la redonda. Ni una nube. Todo el firmamento estaba sepejado y un sol de raja piedras.....
De pronto, de sus ojos brotó un lagrimeo no ocurrido antes, veía todo borroso, y cuando le vino la claridad a la vista, miró hacia la mata de güira, conde sedcansaba Zeppelín, su caballo, negro con manchas blancas. Estaba flaco por culpa de la sequía, pero fuerte y enérgico. Era un animal noble, aunque de orejas y oidos ariscos.

Siempre se podía contar con él. Y si de correr se trataba, ninguno como Zeppelín. en las fiestas de competencia, nunca había perdido. A veces sentía miedo de echarlo a correr porque se impulsaba tento que no hallaba cómo paralo. únicamente lo detenía el cansancio.

Lo había adquirido a un bajo precio, después del sofocón que le hizo pasar a su dueño, don Emilio Sánchez  cuando lo llevaba enganchado a su carrotón sumbo al pueblo, con una casga de casbón. Se le había hecho tarde y arrió al animal:

--!Vamos Zeppelín, apúrate!

El caballo , al oir apúrate, paró las orejas, las echó hacia atrás y arrancó con tal brío que el carretón dio un bandazo y don Emilio saltó y rodó cuneta abajo. Cuando se incorporó vio el reguero de carbón por todo el camino. a una distancia lejos de allí, el cansancio había detenido a Zeppelín, con el carretón destartalado. don emilio no quiso saber más de él.

Fon Marcelino sonreía sin quitarle la vista a Zeppelín, ahora dormitando a la sombra de la mata de güira. Entre más miaba a su caballo, más se le animaban sus sentidos. Se levantó del taburete con toda la energía que pudo, llamó a Tomasa y le dijo:

--Buscame el pantalón de monta, la guayabera blanca, las polainas y el sombrero tejano...

--!Ave María purísima , Marcelino! ¿a donde vas tu con esa ropa, con la miseria que tenemos?

-- Por eso me la pongo. Voy al pueblo.

-- ¿y a que vas?

-- Al regreso te cuento.

Una hora más tarde, Don Marcelino amarraba a Zeppelín, junto a otros caballos, al barandal del almacén del pueblo. En aquel momento había numerosas  personas comprando. al entrar, uno de los dependientes, pensando que se trataba de un hacendado, de inmediato acudió a atenderlo.

--¿Qué desea el señor?

Las personas que esperaban para hacer sus compras se percataron de la deferencia que hacía el dependiente con aquel señor.

--Doy don Marcelino Ruedas y no quiero que se olvide esto.

--No, no, de ninguna manera, Don Marcelino, pida usted.

Don Marcelino le entregó una lista de lo que necesitaba y de inmediato, el dependiente comenzó a despachar, mientras él iba echando en un saco. Los demás empleados y la gente que allí estaban les llamó la atención el volumen de la factura que hacía el desconocido. Al concluir el despacho, don Marcelino preguntó cuánto era lo que debía pagar. en tanto, el dependiente sumaba, él amarraba la boca del saco.

--¿Cuanto es?-- volvió a preguntar.

Al tener la respuesta, le dijo, pausadamente al dependiente:

--Quiero recordarle, que no olvide mi nombre para que lo ponga en la lista de compra, porque esta cuenta se la pagaré al final de la próxima cosecha...

--!Cómo! !Usted paga ahora o devuelve la mercancía!--ripostó el empleado.

Los presentes se dieron cuenta que algo anormal ocurría. Don Marcelino, sin perder la calma, arrimó el saco a sus piernas, sacó el machete de la funda que colgaba de su cintura...en ese momento se oyó la voz estridente de una vieja que exclamó:

--!Alabao, un ladrón!

Otras voces se unieron a la gritería de la vieja y pedían que llamaran a la policía y a la guardia para que no escapara. Ya Don Marcelino estaba con su saco junto a Zeppelín y trataba de acomodarlo. El caballo lo miró y paró las orejas. don MArcelino, al ver que algunos empleados, azuzados por algunos de los clientes, se le acercaban amenazantes, enarboló su machete y advirtió:

--!No quiero lastimar a nadie! !Pero que nadie se atreva a tocar este saco!

En medio del groterío, don Marcelino montó y se aseguró el saco al moño de la montura. En aquel instante, vio venir  aun partrullero a toda sirena y disparando al aire . Don MArcelino se vio casi perdido y de momento se acordó del incidente de
Don Emilio Sánchez, enfundó el machete, se aferró al crin del caballo y le ordenó:

-- !Vamos, Zeppelín! !Apúrate!