Cuento: El Brigadier

Su mayor afición era la caza. Se había comprometido esa mañana a demostrarle a su familia, sobre todo, a sus incrédulos nietos, de lo que era capaz un veterano mambí  con su escopeta calibre doce. El ir de caza le hacía sentir como si volviera a los buenos tiempos  de años atrás.

Ese día, con el ánimo subido, tomó la escopeta y partió. “Hoy no puedo fallar”, se dijo. No podía ser de otra manera. Nunca había cogido su calibre doce en vano. Horas después, la faena le había resultado difícil. Siguió por la orilla del río y se adentró en el monte, la suerte le cambió y cuando atravesaba un potrero, ya de regreso, colgaba sobre su hombro, una vara repleta de de gallinas cimarronas, torcazas y codornices.

Caminaba encorvado. De cuando en cuando miraba su escopeta, la apretaba en su puño y sonreía. Ahora, sólo un pensamiento le rondaba en su cabeza: llegar a la casa y ver el asombro de sus nietos.“! Qué festín se van a dar!”, se decía.

Así pensaba mientras salía del  potrero y tomaba el callejón rumbo a su casa. Le resultaba inevitable, sin proponérselo, dar una miradita a su escopeta y le decía: “Tú nunca me fallaste para alimentar a mis soldados. No había venado ni puerco cimarrón que se te escapara”.
En toda la tropa era conocido como el mejor tirador. Por eso se había convertido en el más eficiente abastecedor de alimento para la tropa. También había perdido la cuenta de enemigos derribados en las batallas que participó.
Recordar aquellos momentos lo reconfortaba, en  tanto, apretaba el puño sobre la escopeta. Ella también le había hecho ganar el ascenso a cabo, después, a sargento jefe de abastecimiento. Luego vinieron los ascensos posteriores, hasta Brigadier. Este último fue a unos días del caos. Vino con los gringos. Era el fin. Había que entregar las armas y recibir una mísera paga… “! Ah, eso sí que no, compay! ¡Juan Jiménez, El Brigadier y su tropa no aceptan tal injusticia!”, había decidido.
Y se sentía orgulloso de saber que otros jefes tampoco entregaron sus armas ni sus aspiraciones ante aquella enmarañada victoria….
--- ¡Alto!
El anciano levantó la cabeza. Era una pareja de la Guardia Rural, que se le atravesó en el camino. Uno de ellos le dijo que habían oído sus disparos.
--- Bueno si, ¿y qué me dicen con eso?
--- Vamos, viejo, no se haga el tonto y entregue esa arma…
--- ¡Cómo dicen?
--- ¡Tiene que entregar esa escopeta y el cuerpo del delito! ¡Me oyó? ¡Queda  detenido, andando, pa el cuartel!
--- ¿De qué delito hablan ustedes?
--- Todas esas aves y torcazas fueron cazadas en las tierras del Teniente Domínguez…
--- Esa finca fue arrebatada por el Teniente a la familia Diéguez. ¿No lo saben? Además, ningún soldado tiene autoridad para hablarle así a un Brigadier…
--- ¿Brigadier? ¿Dónde está ese Brigadier?
--- ¡Ese Brigadier soy yo, carajo! Y esta escopeta se la arrebaté a un oficial enemigo y con ella busco comida para mi familia…
--- ¡A  callarse, vamos, andando pa el cuartel!...
--- ¡Ningún soldado de un ejército sumiso puede llevarse a Juan Jiménez,  El Brigadier!
--- ¿Brigadier, usted, no nos haga reír?
--- ¡Brigadier, sí, y ahora les voy a demostrar quién es Juan Jiménez, El Brigadier!
     Tras un disparo de la escopeta, el sombrero del soldado saltó de su cabeza. La pareja de rurales, sin salir del asombro, vieron como el anciano ya había recargado su calibre doce y les decía:
--- ¿Quieren otra demostración?
    Los soldados, al verse encañonados, desconcertados, no atinaron a hacer uso de sus armas, se miraron y respondieron:
--- ¡Oiga, esto no se quedará así!
    Los rurales picaron espuela, llevándose la amenaza acuesta, tras el impulso de la carrera de los caballos, mientras El Brigadier los llamaba:
--- ¡Oigan, oigan, se les quedó el sombrero!