Isabela
Aquella tarde soplaba un aire caliente, como todas las de un verano que se decía era el más largo de todos. Inesperadamente, la brisa se tornó fresca. Estaba sentado en el portal con la vista fija a lo largo de la costa. Sintió un bienestar tan halagador, que lo obligó a parpadear, sin poder evitar que sus ojos se quisieran cerrar, pero no, nada de dormirse. Quería observar la placidez del mar con la caída del sol. Ese instante le hacía buscar en su cabeza muchos momentos de su vida, perdidos en la memoria, quizás los más importantes de su existencia. Era su único aliciente después de tantos años de soledad.
Mientras luchaba contra ese gigante tan difícil de vencer como es el sueño, oyó una voz que lo estremeció. La buscó con la vista y la vio venir descalza por la orilla sobre los sargazos y la arena húmeda. Llegó junto a él, tan cerca que le pareció conocer su aliento, pero de momento no pudo percatarse quién era. Y la oyó de nuevo:
--- ¡Qué suerte, encontrarte solo! Así podremos hablar!
--- ¿Hablar? ¿Y tú quién eres?
--- ¡Lo único que faltaba! No acordarte de mí.
--- Realmente, no sé quién eres.
--- El tiempo ha pasado, pero todavía en mis oídos retumban tus gritos, cuando te salí huyendo…
--- ¿Huyendo? ¿Una mujer huir de mí? No, no puede ser.
--- Parece que el golpe que te dio el Nene te hizo olvidar aquel horrible momento. No, no cierres los ojos. No te hagas el dormido. Deja ver si te refresco la mente. Soy Isabela. ¿No te acuerdas de ella? La muchacha que te rondaba, siempre pegada a ti, y te pedía que la llevaras a vivir en tu barco. Decías que más adelante. Sólo la complacías con algunos paseos y, en cada uno de ellos, aquella muchacha te observaba como te extasiabas, mirándola, cuando se abrazaba al palo mayor para sentir el aire, aquel que le batía el cabello, mientras duraba el recorrido; pero lo que más le gustaba era en la forma que la mirabas, y con eso, nada más, ella se conformaba; siempre en la espera de estar contigo en el mar, era su gran sueño; pero te ibas de pesca, a las corridas de pargo o de aguja, que te fascinaban, y desde el embarcadero, ella te seguía con la vista, hasta que tu velero se perdía entre cielo y agua. Allí quedaba, pensando si habría regreso, si habría nuevos encuentros.
Después vinieron aquellos celos de arrebatos con el Nene, el que no me quitaba la vista de encima, como muchos. Pero yo sólo tenía ojos para ti. Tal parece que el Nene se había convertido en una sombra para cegarte, porque así estabas: ciego, como si yo fuera una cualquiera para restregarme con aquel rufián, hasta aquel desdichado atardecer cuando regresabas después de muchos días sin verte, y al llegar al embarcadero, lo viste detrás de mí, y yo ajena. Cualquiera sabe lo que pasaría por tu mente en aquel momento. Y no hiciste más que poner un pie en el embarcadero, sacaste el cuchillo y me viniste arriba como una salación, vociferando: ¡Te voy a matar so perra ramera, puta mala. Y toda la gente del poblado de Santa Fe oyendo y mirando. Y yo, corriendo, mientras te oía diciéndome todo lo malo que se te ocurría. Y sí, tengo que admitirlo, si no llega a ser por el Nene, que cogió un remo y te lo astilló en la cabeza, no estuviera aquí para contarte todo lo que ha pasado desde entonces.
No me detuve hasta llegar a casa de mi abuela Carmen, Vivía sola. Le conté lo que había pasado y allí me refugié. Aquella noche ocurrió lo peor. No supe cómo el Nene se enteró donde me encontraba. Quiso aprovecharse al verme indefensa. Primero quiso convencerme. Estaba dispuesto a todo. Incluso, desaparecer del lugar, llevarme a donde yo quisiera, pero tenía que dejarte. Eso pensaba él, pero yo sabía que con la fuerza que empuñabas el cuchillo, esa era la fuerza de tu amor por mí. Y no imaginas, pasado el tiempo, cuánto me arrepentí de huirte, hubiera preferido morir en tus manos.
Cuando el Nene comprendió que por las buenas no iba a lograr lo que él tanto quería, trató de obtenerlo por la fuerza. Era un hombre fuerte. Me atrapó con sus brazos, y en el forcejeo caímos al suelo. Ya había logrado zafarme la saya y arrancarme el blúmer y trataba de abrirme las piernas. Pero no, cuando una mujer no quiere, no hay fuerza capaz de doblegarla, únicamente muerta podrá abrirles las piernas, y hasta eso, el Nene estaba dispuesto, sin importarle los gritos de mi abuela Carmen, que no hallaba cómo socorrerme. Para quitarse a la vieja de arriba, le dio un manotazo y la derribó; ella se arrastró hasta la cocina, tomó un cuchillo, y a gatas, pudo acercarse a mí, y no sé cómo pude verme con el arma en la mano, justamente, en el momento que el Nene levantaba el puño para doblegarme, le enterré el cuchillo por la ingle. El Nene, paralizado, soltó un largo quejido y se desplomó sobre mí. Con el susto, abandoné la casa. Me llevé a la abuela como pude, apenas podía caminar por el golpe del rufián.
Ya amanecía cuando llegamos a casa de mis padres. Pasaron unos días sin saber nada de ti. No quería creer lo que se decía, que yo había matado al Nene por el golpe que te dio. Tampoco imaginé que llegara un momento que sentiría miedo del único hombre que amaba. Al único que le había abierto las piernas. Sólo pensaba y pensaba, sin saber qué hacer. En aquel momento, aparecieron varios carros y rodearon la casa. Era la policía. Desde afuera llamaban a la acusada de asesinato. “! Salga con las manos en alto!”, me ordenaban. Mi papá trató de evitar que me llevaran. Todo fue inútil. Delante de mi familia y de los vecinos, me esposaron, mientras miraba a todas partes, buscándote.
Celebrado el juicio, sin más defensa que mis palabras y las de mi abuela Carmen, fui sancionada a catorce años por asesinato. La familia del Nene, con su poder, logró que la condena fuera por asesinato. Así fui llevada a la cárcel, llevándome hasta tu propia condena. Todos en Santa Fe me condenaban, pese a que el Nene era bien conocido como un truhán.
Por eso estoy aquí, Felipe, para que conozcas la realidad. Y no te hagas el dormido, que todavía no te lo he dicho todo. Sufrí mucho por todos los horrores que me tocó vivir en la cárcel, pero mis mayores sufrimientos fueron por tu ausencia y saber por mi padre, que después de lo ocurrido, andabas como un loco, no hablabas con nadie, y apenas salías en tu barco. Pero los soporté, aferrada a la verdad, y esa la defendí a toda costa. Ya faltaba poco para cumplir mi condena, cuando en una ocasión acababa de entrar a mi celda y sentí el ruido de una llave en la puerta y al volverme, me horroricé, tenía ante mí a la Mole, llamado así por lo grande y fuerte que era, con fama de violador, lo mismo se lo hacía a una mujer que a un hombre. Se decía que hasta los custodios había violado. Cuando me enfrenté a él, me dijo: “¿Qué pensabas, que ibas a irte de aquí sin que yo te agarrara? Si te dejas, todo será fácil. Escoge”. Retrocedí hasta el camastro, pero ya lo tenía arriba y me tiró al suelo. Pedí auxilio una y otra vez. Todo fue en vano. Después de un rato de forcejeo, me amenazaba: “! Abre las piernas o te mato, puta de mierda!” “! Ni muerta, maldito!”, le respondí y le arranqué una tetilla con los dientes. Pujó como un animal y aflojó la mano que me asfixiaba por el cuello, entonces pude estirar un brazo por debajo de la colchoneta, y agarraré una tijera que guardaba. Abrí las piernas y él pensó que iba a ganar la pelea y cuando me fue a penetrar, le enterré la tijera por debajo de los testículos. Soltó un grito que se oyó en toda la cárcel. Salí debajo de él y ante el temor que volviera a otro intento, le hundí la tijera por el esternón, y allí quedó boca arriba, con las dos manos sobre el pecho.
Nuevamente fui a juicio, y como la vez anterior, sin más testigo que mi voz. Me condenaron a otros catorce años por asesinato. Pensé que ya mi destino era la cárcel. Pero me alimentaba el aliciente de mantener en alto la frente. Siempre se ha dicho que la justicia tarda pero llega. Sin embargo, en mi caso, no la hubo, hasta que un día, inesperadamente, llegó. Un abogado, que conoció mi proceso, se interesó, solicitó una revisión y demostró que en las dos ocasiones, yo había actuado en defensa propia.
Como ves, aquí estoy, salí y vine directo a ti. Sólo quería que supieras como sucedieron los hechos, porque para ti fui, hasta ahora, una ramera asesina. No me importa lo que piensen los demás. Porque, repito, la primera vez que le abrí las piernas a un hombre fue a Felipe, el dueño del mejor velero de pesca de Santa fe, y todas las veces, hasta la última, cuando te despedí, antes de partir en tu velero. Ahora…
--- ¡! Ya, basta, te lo suplico, no sigas!! ¡Espera, espera, Isabela, escucha!... ¡Isabela, dónde estás!
Felipe, aún con los ojos cerrados, tras escuchar palabra a palabra la realidad que él desconocía, se incorpora del taburete donde ha permanecido, y sale como un bólido. Busca por los alrededores y se detiene, mira hacia lo largo de la orilla del mar y no ve más que sargazos arrastrados por las olas, luego gira su mirada hacia el embarcadero, allí está su velero y distingue a una figura abrazada al palo mayor, siente que el pecho se le agita, como muchas veces anteriores.
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