Las Marías

La explosión estremece el cuartel. Una parte del techo se derrumba y algunas paredes se agrietan. Los soldados  corren a sus puestos de defensa. El Coronel Renato de la Pedraja salta  de su despacho y se dirige a varios puntos del amurallado recinto y divisa con su catalejo, tratando de descubrir de  dónde ha salido el cañonazo. Sus ojos casi se paralizan cuando ve, al fondo del cuartel, la Loma del Esperón envuelta en humo oscuro…

--- ¡Válgame, Dios, el polvorín!...

   Otro estampido,  esta vez más cercano, obliga a correr al Coronel  a la parte más segura de la fortaleza, donde se encuentra su ayudante, el capitán Guerrero, quien le informa que el almacén de reservas de alimento también ha volado en pedazos.

De inmediato, el jefe militar del Departamento de Júcaro Viejo expresa su ira ante su Estado Mayor ordenando las medidas que estima pertinentes.

En Júcaro Viejo y otros poblados, sacudidos por las explosiones, ha cundido el pánico. La gente corre de vecino en vecino pensando que se trata de un terremoto salido de la Loma del Esperón. Los más temerosos creen que el mundo se está acabando.
   Para las interrogantes de los pobladores de la comarca no ha habido respuesta hasta ver el movimiento de tropas comandadas por el Coronel  Renato de la Pedraja, indagando sobre las voladuras del polvorín y el almacén de reservas.
   Los militares registran casa por casa, en busca de una pista que los conduzca al encuentro del cabecilla de los sabotajes. Actúan bajo la orden de que todo sospechoso sea conducido a la Pedrera, un campamento donde casi nadie escapa de la muerte. Los que se niegan son pasados por las armas, sin miramientos.
    La persecución constante se ha convertido en un estado de miedo y de inseguridad. En las calles del pueblo apenas se ven personas. El comercio se ha paralizado. Los pocos pobladores que acuden a las tiendas y bodegas a hacer sus compras, se mueven como si estuvieran huyendo. Los vecinos han dejado de visitarse. La labor agrícola e industria locales muestran abandono.
   En pocos días el Coronel  empieza a sentir la escases de alimentos para su tropa. Sentado en su despacho, mientras se pasa una mano por  su coposo bigote, piensa en qué solución le va a dar al asunto. Su tropa puede carecer de cualquier cosa, menos de alimento. Se pone de pie, se dirige a la puerta y ordena a un custodio que llame a su ayudante, Capitán Guerrero.
   En unos minutos el oficial se presenta. Saldrá de inmediato, con varias carretas, custodiadas por los pelotones que estime necesarios para obligar a los campesinos a que continúen cooperando con las autoridades de la región.
   En horas de la tarde, el convoy regresa con la mayor parte de las carretas vacías.  El coronel escucha a su ayudante,  le ordena que se retire y se queda, ceñudo, pensando. Sólo queda una hacienda por visitar. Pero sus relaciones con el potentado don Antonio Aguilera y su hija María no han sido buenas. E l hacendado y su familia no comparten su política de manos duras. ¿Y qué se le va hacer? Él, Coronel Renato de la Pedraja, tiene la encomienda de pacificar el territorio bajo su mando y hasta ahora lo ha logrado con sus medidas. No ha quedado un solo insurgente en la región bajo su mando.
   Convencido de su autoridad, no lo piensa más. Utilizará a su mejor emisario y lo llama. El Capitán Guerrero se presenta de inmediato presto a cumplir sus órdenes:
--- Escoja usted los hombres más capaces para cumplir esta  orden, ¿me entiende, Capitán Guerrero?
--- Sí, mi Coronel.
--- Bien, así me gusta, hombre dispuesto a todo. Tome las carretas que sean necesarias y diríjase a la Hacienda Las Marías y no regrese hasta llenarlas con ganado, aves y granos. Vaya y buen viaje. Pasaron varias horas y el Coronel no ha dejado de contraer el rostro, imaginando la reacción de don Antonio y la de su hija María. No obstante, se muestra hosco al ver pasar el tiempo. A cada momento sale del despacho y pregunta a sus subordinados sí han visto llegar al Capitán Guerrero. Ya atardece cuando a lo lejos  ve venir a su oficial al frente de sus hombres  y las carretas. ¡Vaya, al fin!, se dice.
   Un rato más tarde, el Capitán Guerrero se presenta ante su jefe:
--- ¡Coronel!...
--- ¡Ah, qué bueno que haya regresado, hombre!...
--- ¡Coronel, no  nos dejaron entrar!...
--- ¡Quiénes, carajo?--- reacciona el jefe militar.
--- La tal María y los hombres que estaban allí.
--- ¿Y usted, qué hizo, recoño?
--- Ordené a mis hombres a que abrieran la talanquera y aquella moza y los campesinos que la acompañaban rastrillaron las escopetas  y ella nos amenazó: ---“El que trate de abrir el portón se muere!”--- dijo---. Entonces empezaron a llegar más campesinos armados de fusiles, escopetas y machetes y retiré la orden de entrar a la finca. En ese momento apareció don Antonio y le mandó a decir a usted que en su hacienda no se permite ni saqueos ni atropellos.
--- ¡Cómo es posible tal desafío a mi autoridad! --- ripostó, indignado, el Coronel ---. Le puse  en sus manos a los mejores hombres de mi batallón.
--- ¡Pero, coronel!...
--- ¡No hay pero que valga! ¡Vivos o muertos, con familia o sin familia!
--- ¡Coronel, son muchos y armados!
--- ¡Conque muchos y bien armados, eh! Los voy a aplastar como a gusanejos. Salga y avísele a todos los oficiales del Estado Mayor que se presenten aquí de inmediato.
El Capitán Guerrero, conocedor de los planes del Coronel sobre la hacienda Las Marías, salió presuroso a cumplir la orden. Unos minutos después, el Coronel, rodeado de sus oficiales despliega un amplio mapa sobre su mesa de trabajo e indica el lugar donde se encuentra la finca. Luego de un estudio minucioso de los terrenos de cultivo, cría de ganado, arboledas frutales, detalla los pormenores de cómo realizarían la operación, subrayando el factor sorpresa. Finalmente, considera  que  la acción no les tomará más de dos horas. Y don Antonio, la valentona de su hija, su mujer  y sus trabajadores serán encerrados en La Pedrera o muertos. Con el Capitán Guerrero al frente de la caballería y yo con la infantería, esta acción será todo un éxito, piensa el Coronel.
   Entusiasmado, le encomienda a sus oficiales que tengan presente cada detalle, y que estén listos a la hora convenida.
   Cuando el cantío de los gallos comienza a dar la bienvenida a los primeros destellos de la aurora, la hacienda Las Marías aún dormita  como de costumbre. En el área del ganado lechero ha llegado la hora del ordeño, más allá están por comenzar las labores agrícolas. Pero esta mañana no es como las anteriores. El Coronel Renato de la Pedraja ha entrado sigilosamente, como había planeado, por el fondo  de la finca, aprovechando que la colonia colindante está abandonada a causa de sus medidas. Conduce a su batallón por una extensa plantación de árboles frutales y maderables. Considera que en los primeros disparos de su ataque, los hombres de don Antonio correrán a refugiarse en esta parte por ser la más boscosa, donde serán cazados como jutías asustadas. Para eso cuenta con el Capitán Guerrero.
    A la orden de ataque, el batallón de caballería, sable en mano, se alinea, para dar una barrida en dirección a un caserío que se avista frente a una ceja de monte. Inesperada, una descarga cerrada de escopeteros paraliza a la tropa élite de caballería, la cual queda atrapada por una balacera cruzada desde diferentes flancos, entre relinchos, gritos, voces de al combate, y en unos instantes, órdenes de retroceder a la línea de partida, caballos que corren dislocados, libres de jinete. En medio de la confusión, se repite la orden de  ¡al bosque! La caballería retrocede en desorden, pero allí es recibida a fogonazos, sin que los jefes de compañía se percaten de dónde  viene la lluvia de plomos.
   Las tropas de infantería, por su parte, al verse sorprendidas, reciben la orden de retirada. Pero ya es tarde. El intento es rechazado desde trincheras entre los troncos de los árboles. Ahora tratan de escapar por donde habían entrado y allí los espera otra barrera de fuego, donde los intrusos son cazados como codornices en desbandada. Muchos de los atacantes abandonan a sus caballos y se arrastran entre los árboles, sin precisar hacia dónde escapar.
    Parapetado detrás de un mugroso tronco, el Capitán Guerrero ve venir arrastrándose por un yerbazo al Coronel. Llega junto a él, jadeante, con el uniforme embarrado de tierra, las botas enfangadas. Ha perdido la gorra, mostrando algunos rasguños en el rostro y en las manos. Se dirige a su hombre de confianza y le dice:
--- Vamos a ver,  Capitán, cómo salimos de aquí.
--- Saldremos, Coronel --- responde.
   Algo más repuesto, el Coronel comenta que no se sabe explicar cómo ha sido posible que esos campesinos han acabado con su historial militar y autoridad moral. Calla y luego le sugiere a su subordinado que deben esperar a la noche para escapar… Su voz se quiebra al oír a alguien que los conmina a  que se pongan de pie y alcen los brazos. El Coronel y el Capitán obedecen la orden.
--- ¡Papá, usted y los demás se encargan de los prisioneros! ¡Yo me hago cargo de estos dos!--- ordena la hija de don Antonio.
   El Coronel Renato de la Pedraja, ahora conducido por María, junto a otros oficiales de su Estado Mayor, sobre una carreta, rumbo al Cuartel General de la insurrección, se pregunta cómo ha caído en una emboscada que pone fin a su carrera militar. Tampoco sabe por qué el Capitán Guerrero no se encuentra entre los prisioneros junto  a él.