Todavía me siento el galopar metido en el cuerpo. Me hicieron correr a la par de los caballos, descalzo, amarrado por el cuello, como a un animal, entre tirones de soga. “Vamo, condenao, andando, aprisa!”, me decía el Jabalí.
Cuando llegamos a El Descanso, la tienda de Pancho, él se asustó. No esperaba verme apresado por estos hombres. Ahora, desafiante, me trae una botella con agua para que calme mi agitación y me quita la soga…
---¡Oiga, eso le puede cotar caro, sabe? --- amenaza el Jabalí.
Pancho me advierte que no se me ocurra intentar escaparme: No lograría dar un paso. Vuelve a la tienda. Y se me acerca el Chato, el segundo del Jabalí. Lo miro y aprieto la botella en el puño. Sus ojos saltones parpadean. Parecen comprender. Se retira. Me invade un sentimiento que me corta el aliento.
El Jabalí, mugriento y sudoroso, como los que lo acompañan, me observa, se pasa una mano por su barba recortada y sonríe, mostrando sus dientes negruzcos. Beben y comen, unos apoyados al mostrador, otros recostados a la cerca que rodea la casa.
Próximo al poste donde me han situado, uno de ellos, sentado en un tronco de palma, me custodia, con la tercerola lista para disparar. A su espalda, el barranco, cortado por un callejón. Frente a la tienda están los caballos, inquietos, con sus ijares cubiertos de sudor.
Mis captores no paran de beber y comer. No me quitan la vista de encima. Ya pasa la media mañana y los pinos que rodean la tienda se agitan momentáneamente.
Me esperaban para partir. La tropa debe de estar en camino. Y yo, aquí, atrapado. El pecho se me acelera. Levanto los ojos y miro a los hombres, luego, de arriba abajo, al callejón…El Chato se acerca otra vez y me dice:
--- Felipe, conozco tu intención.
---¡Vete al carajo, traidor!
---No hable tan alto que te van a oír. Tú estás equivocado. Jamás tu gente ganará esta guerra. Además, tú sabes que yo soy tu amigo. Mira, a lo mejor te perdonan lo del Capitán…
--- Eso también te lo haría a ti.
Contengo la ira. Por su denuncia asesinaron a mi padre. Vuelvo a presionar la botella. El Chato abre sus ojos de sapo asustado y se marcha, mirándome de reojo. Doy otro vistazo hacia el barranco por donde la loma se empina y después a la pendiente del callejón.
Los hombres rodean al Jabalí. Hablan en voz baja, sin dejar de comer y beber. Me miran y ríen. Parece que celebran el botín. Mi custodio sigue sentado en el tronco. También come y bebe, mientras me vigila. Observo a Pancho y veo en sus ojos su decir de no puedo hacer nada por ti. Vuelvo a la botella y la acaricio. Despego los ojos de ella, los paseo por donde se encuentran los hombres, después los fijo en mis pies, llenos de magullones, ensangrentados…
--¡Mírenlo, que mansito etá! – dice el Jabalí y ríe.
Se me aproxima con su látigo, amenazante. Comienza a dar pasos a mi alrededor, mostrando su sonrisa y achicando sus ojillos de animal, bajo el pelambre de las cejas.
--El Coronel Ramíre se va alegrar cuando te vea. Te la tiene guardá por lo del Capitán Zúñiga, allá en la Vereda del Pinal. ¿Te acuerda? Ya veremo cómo se te ponen. A lo hombre de verdá se le achican—me dice y ríe a carcajadas, como su banda.
El Jabalí se detiene frente a mí y me previene que dentro de un rato nos pondremos en marcha. Contrae el rostro, se empina la botella y se dirige al mostrador, seguido por el grupo.
Doy una ojeada al custodio que, impasible, continúa con sus nalgas pegadas al tronco. Respiro sobresaltado. Calculo la distancia que nos separa. Aferro el puño a la botella, y con la fuerza del intento de salvación, la disparo. Un golpe sordo rebota en el pecho, tras rajar el espacio. Derribado el centinela, salto por el barranco y corro callejón abajo…
--¡Se ecapa!! ¡Párate ahí, cabrón!!—Vocifera el Jabalí y continúa ordenando-- ¡Vamo, que no se ecape! ¡No, no diparen, el Coronel Ramíre lo quiere vivo!
Mientras oigo el vocerío y el ajetreo de mis perseguidores, miro a un lado y otro, buscando un escape… ¡Ahí vienen, con el repiqueteo de los cascos de los caballos acercándose. Aparece un portillo a un lado y me lanzo, resbalo y caigo. Atrato de ganar la brecha, arrastrándome, arañando la tierra con los pies y las manos. Y junto con su vozarrón, siento un latigazo que me hiere la espalda:
--¡Creíte que te iba a ecapar, perro degraciao!!
Me hala por una pierna, llama al Chato y le ordena:
--¡Ven, ayúdame a sacar a ete, del zarcero!
Me arrastran, sin dejar de amenazar… Me sueltan al oír varios disparos. Se quedan paralizados, con los ojos muy abiertos y se desploman, uno sobre el otro. Minutos después, los disparos cesan. Oigo voces de mando. El susto me tiene atrapado sobre la tierra. Ahora siento las manos de los que me levantan y la noción de estar entre los míos.