
Lee La Edad de Oro, levanta los ojos y me sonrÃe y se humedecen los mÃos ante tanta pasión y ternura fundidas en la intensidad de su mirada.
Luego me sorprende cantando Veinte años de MarÃa Teresa Vera, recitando casi de memoria el poema Ya estamos en Combate o con una interpretación acorde a sus años de la canción El necio de Sirvió RodrÃguez. Y es que MarÃa Karla encanta. No es de estas niñas seducidas por el reguetón o que intentan ganarle al tiempo conquistando etapas que aún no les corresponde vivir.
Lo más sorprendente es que no es hija de intelectuales como muchos pensarÃan. Su madre es ama de casa ferviente amante de la lectura, su padre un soldador que ejerce el trabajo por cuenta propia.Pero allà en la humilde sala del hogar que me gusta visitar como quien acude a un remanso de paz. Allà como cómplice callado está el librero con viejos ejemplares de José MartÃ, Shakespeare, Neruda, VÃctor Hugo, Kafka y Whitman y me doy cuenta de que se ha perdido la costumbre de poseer un librero, quizás porque algunos piensan que desentona con lo novedoso de los mobiliarios actuales, pero lo más triste es que también desterraron los libros de sus vidas y de sus almas.
La familia de MarÃa Karla es anacrónica, desfasada, pero es perfecta y ella también. Resulta maravilloso encontrar una niña asà que ama el arte, que sabe de ballet, de ritmos tradicionales, que ama leer un libro y disfruta con una melodÃa clásica.
Acaso está muriendo la cultura? No, pienso que no puede ser posible cuando nuestra paz y crecimiento espiritual dependen de ella.
Por ahora me conformo con saber que quizás existan otras niñas como MarÃa Karma, entonces vuelvo a tener fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud que describiera MartÃ. SÃ, al escucharla vuelvo a tener fe en el futuro.