
Artemisa, Cuba - La medicina cubana es algo increÃble. Una promesa de Fidel, cumplida como tantas. Una realidad que sobrepasa aspiraciones y sobrecoge. Aún con las limitaciones y las fisuras. Con los errores propios y ajenos de quien dejó de sorprenderse u olvidó el pasado, somos esa potencia de la que se habla. Porque el pode de Cuba está en la gran operación sin costo alguno. En la consulta sin necesidad de compañÃas de seguro. En el bolsillo vacÃo auscultado también por la sonrisa de una bata blanca.
La medicina cubana es grande porque es sincera. Es fuerte porque es virtuosa. No pide nada a cambio porque su recompensa en un pueblo saldable y se anticipa a las enfermedades en una prevención que arranca el mal antes de que aparezca. Tanto nos llena su efluvio que se desborda y corre a otros lugares. Encuentra latitudes done otra realidad enferma el cuerpo, donde ya el alma, contaminada por el egoÃsmo repartió su contagio de miserias en insalubridad.
Embajadora de los buenos, la medicina de esta isla es noble. Combate a los flagelos que amenazan el mundo. Administra lo poco con la eficacia más grande y pone en cada familia un celador para que la esperanza de vida sea de una vida digna, feliz, plena. Nacer en Cuba es garantÃa de una historia donde se asienta la clÃnica como diario para hacernos fuertes. Es la vacuna poderosa que inmuniza el futuro. Es el programa materno infantil para que sea la bienvenida de los hijos fiesta segura.
Por eso el regocijo de la fecha. Por eso Finlay regresa desde el pasado para decirnos que es posible combatir la fiebre amarilla cuando una fiebre verde olivo nos marca a todos y fortalece el ADN de la nación. A los médicos cubanos. A los profesionales de la salud el abrazo del pueblo. Felicidades a los profesionales que acomodan la senda por la que avanzan nuestros sueños.