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¿Hay racismo en Cuba?

La pregunta pudiera parecer fuera de lugar. Pero no lo es. En su reciente intervención  del 16 de julio en la reunión del Consejo de Ministros, el presidente de la República Miguel Díaz Canel Bermúdez decía que los enemigos magnifican posibles disensos en asuntos sensibles como el racismo, entre otros. Una vez más la ceguera política, la amnesia histórica y la manipulación mediática demuestran la falta de tacto y la carencia de límites éticos en el ataque a nuestro país.

Parece inagotable la capacidad que tienen los cubanólogos del norte para producir información basura, que no se sustenta ante la realidad que vivimos hoy los cubanos, muy distinta a la que había antes de 1959. El análisis más sencillo en nuestra legislación permite constatar la igualdad de oportunidades de la que disfrutamos sin distinción racial.

El color de la piel no es un impedimento para ocupar responsabilidades administrativas o políticas, no priva de la educación o la salud, no define para hacerse universitario ni limita la entrada o el disfrute de ningún espacio público.

Aunque nuestra isla es un gran ajiaco y no se puede hablar de etnias o razas puras porque, como reza una frase, en Cuba el que no tiene de Congo tiene de Carabalí, quienes nos acusan deberían leer el poema Tengo, de nuestro poeta nacional Nicolás Guillén, para entender el cambio radical que trajo la Revolución para la población afrodescendiente y  en general para los pobres, que no eran pocos.

No es incierto, sin embargo, que existen lastres discriminatorios que subyacen en una parte de la población.  Se trata de un fenómeno natural, resultado de años de colonización y que  no se puede cambiar de un día a otro. Esas posiciones se manifiestan cuando se habla de alguien de raza negra que se unió a  otra persona de raza blanca para adelantar, o cuando de una mulata se plantea que es de salir.

Manifestaciones como estas responden a raíces culturales arcaicas y que contrastan con lo que la Revolución ha enseñado en 60 años. Son rezagos del capitalismo, que se manifiestan de manera informal, y contra los cuales se combate desde todos los frentes. No tienen implicaciones objetivas en la relación entre cubanos. No afectan la vida diaria.  

Pero la cúspide del ostracismo neuronal de quienes nos imputan marginación social por el color de la piel se vuelve más notoria cuando devolvemos la mirada hacia su sociedad. Los acusadores tienen el tejado de vidrio. Sus políticas son abiertamente  xenófobas, discriminatorias y excluyentes. Las relaciones entre los grupos raciales son tensas y cuentan con un historial de violencia contra la llamada población afro, cada vez con menos posibilidades de acceder al sueño americano.  

Es doloroso escuchar a quienes, como marionetas imperiales manipuladas por hilos cada vez más sucios, se prestan para hablar de racismo en nuestro país. Nuestras misiones médicas  en África y Haití, nuestra colaboración en la lucha contra el Apartheid, la presencia de personas de uno u otro  color de la piel en todas las esferas de la vida nacional, derrumban cualquier patraña. Nuestra realidad cotidiana es el mejor argumento

La frase No puedo respirar no fue solo la súplica de un hombre negro que no recibía el oxígeno bajo la rodilla de los que irónicamente debían garantizar  el orden y la seguridad. Ese clamor representa la demanda de una comunidad que lleva años sin respirar con tranquilidad por los abusos, la inobservancia de las leyes y las vejaciones de las que son víctimas y que forman parte del mismo way of life que obnubila a quienes van tras sus cantos de sirena.

Produce vergüenza escuchar a quienes se  hacen llamar defensores de los derechos en Cuba hablar de racismo y callar ante las apabullantes noticias que replican historias como la de Floyd. 

José Martí nos enseñó que hombre es más que negro, más que blanco, más que mulato. Sucesos puntuales magnificados, exagerados por la mala intención, no alcanzan para borrar lo que ha hecho la Revolución cubana por los oprimidos, sean del color que sean.  Si no hemos avanzado más, la culpa es de los mismos que hoy levantan sus noticias falsas y sus campañas difamatorias. Esos que esperan un cambio en Cuba, no para llegar a esa libertad que proclaman y es la libertad del mercado, de la explotación, del desamparo y las ventajas competitivas para las minorías. Esos especialistas que hacen carrera  hablando de lo que supuestamente le conviene a Cuba solo esperan llevarse una buena tajada. Aspiran a  esclavizar, a someter, a gobernar, a quitarle al pueblo lo que tanto ha costado.

Pero van a cansarse porque a ese futuro que tenemos tan claro no renunciaremos jamás. Tanto es así que lo escribimos en la Constitución de la República, en blanco y negro.  

 

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