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Olores que molestan

No dejo de alarmarme ante conductas que ob­servo en determinadas personas de la sociedad de hoy. Tal vez debería estar acostumbrada, pues resul­ta muy común en la actualidad. Pero sería imposible con solo recordar el afán por la limpieza y los olores agradables que siempre persigue mi abuela. De ella aprendí que ninguna carta de presentación es más efectiva que la limpieza.

En Pueblo Nuevo de Ceiba, Caimito, abundan los edificios multifamiliares. Al subir las escaleras de uno de estos, pensé que la fetidez que salía de un balcón había atrapado mi cuerpo.

Resulta que una de las inquilinas de la esca­lera tiene dos perritos en su balcón y, a veces, pasan días y días, y días, y los pobres animalitos conviven con su excremento. Quizás sea descuido o falta de tiempo. Sin embargo, creo que ningún caso justifica tanta suciedad.

Me pregunto dónde queda la función del pre­sidente del CDR o del consejo de vecinos. Muchos suben y bajan esa escalera constantemente, y todos prefieren virar la cara y mantenerse indolentes. Lo peor es que similares situaciones lamentables las encontramos a diario en inmuebles de ese tipo, y reciben las mismas respuestas; a todos les moles­tan pero nadie se dispone a hacer nada.

Vivimos en un país tropical que por sus con­diciones climatológicas está expenso a disímiles epidemias y virus. El excremento de animales contiene bacterias que pueden provocar enfer­medades. Cuidar la limpieza en estos casos se convierte en un tema primordial en aras de velar por el bienestar del ser humano.

Tal vez quienes han sido víctimas de hechos cotidianos como estos se identifiquen con lo que escribo, sobre todo los que deben convivir en edi­ficios multifamiliares y soportar indisciplinas sociales tan perjudiciales a la tranquilidad y a la salud.

Esta página de el artemiseño no alcanzaría para narrar tales incongruencias. No obstante, mi comentario apenas pretende tocar la conciencia de cada persona que reside en un lugar como este.

La sabiduría popular insiste en que la libertad del individuo acaba donde empieza la de los demás. Convivir en edificios demanda concientizar esta idea, pues existen muchas áreas comunes a las cuales todos tienen derecho. Uno de los principios de vivir en sociedad lo constituye, precisamente, el respeto al otro. Probablemente ni esos animalitos, si pudieran, coexistirían en tales condiciones.

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