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Nada puede sustituir a un libro

La realización dentro de pocos días de la XXV Feria del Libro en Artemisa, es sin dudas un acontecimiento relevante, que despierta en este autor la evocación de un pasado no tan lejano y algunas reflexiones que comparto. Siempre los libros han sido para mí una fiesta.

De mi primera juventud, recuerdo  con cariño la sarta de textos de la editorial Progreso, que adornaron mi mesa de noche. Desde pequeño, los libros han sido una grata compañía y muy temprano conocí a Salgari, a Verne y a Cristian Andersen que me impulsaron en viajes inimaginables.

Desde esa época, mis padres se encargaron de que un libro fuera mi compañía y desarrollaron en mí el la inquietud por la lectura. En las diferentes enseñanzas recibí obras de Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Mirta Aguirre. Luego llegaron La Ilíada de Homero, Papá Goriot, El Reino de este Mundo, entre otros.

Las ferias llegaron después, y con ellas la posibilidad de constatar que vivo en un pueblo culto que ama los libros. Lo cierto es que  este acontecimiento cultural me permitió contemplar la inmensa cantidad de personas cercanas a la literatura que convierten cada año los diferentes escenarios en un agasajo de pueblo. Algunos amigos se me han acercado a veces a criticar los precios de ciertos títulos.

No es menos cierto que los hay difíciles de adquirir. Pero también es verdad que las editoriales nacionales y provinciales se esfuerzan por acercar a los cubanos a una diversidad de ejemplares, que en otros países sería una quimera obtener por el mismo valor.

Ferias como la de Guadalajara en México son solo para algunos. No es común en estos eventos en otras latitudes ver a tanta gente, lectores de todas las edades, familias enteras que planifican su economía para  llegar hasta los estantes y retirarse con un buen libro a sus hogares.

He leído a algunos estudiosos preguntarse si en la era de las tecnologías el libro impreso está destinado a desaparecer. Personalmente no lo creo. Nada puede sustituir al acto de acariciar las páginas. De comprometerse con lo leído y hacerlo en lugares disímiles. De utilizar el marcador y sentir el olor de la imprenta y hasta el polvo que acumula el tiempo.

El acto de sentarse en un parque a leer y transportarse a otros mundos se me antoja incompatible con las tabletas electrónicas. Quizás eso me haga un hombre anticuado. Lo que si tengo claro es que la oportunidad de otra feria conmina a muchos que amamos la buena literatura  al festejo provechoso de la instrucción y la ilustración a través de los libros. También es un aporte a la consolidación de la Villa Roja como una  provincia de tradición, historia y cultura.

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