Jóvenes artemiseños que forjaron el curso de la historia

Artemisa, Cuba -De seguro, abrazaron a sus madres como si quisieran aprisionar el amor en un beso, y prometieron regresar, sin tener realmente la certeza de poder hacerlo, pero con la firme convicción de que el camino a seguir era el justo.  

Solo se ausentarían unos días -según afirmaban-  y bajo mil pretextos ocultaron los verdaderos motivos que los impulsaban a partir hacia un destino totalmente desconocido hasta ese momento. Con la confianza en las ideas defendidas y en el incipiente líder, dejaron atrás sus casas aquel 24 de julio para abrir nuevos senderos en la historia de Artemisa y de Cuba.

Los bríos propios de la juventud les dieron valor de sobra. Una fuerza motriz los impulsaba. La mayoría se había pronunciado un tiempo atrás contra el golpe de Estado de marzo del 52 y no tardaron en seguir a Fidel, quien en una conversación con el artemiseño José (Pepe) Suárez le encomendó la misión de crear y consolidar el movimiento en la provincia de Pinar del Río, a la cual pertenecía Artemisa para esa fecha.

De inmediato, Pepe contactó con varios jó­venes dispuestos a todo por cambiar la realidad cubana. Eran muchachos humildes: trabajadores agrícolas, carpinteros, dependientes de comercio… conscientes de que algo había que hacer. Sin duda, fue un movimiento de obreros, trabajadores, y campesinos que anhelaban un futuro mejor.  

Aún en las fincas Sánchez, La Tentativa y San Miguel, entre otras, principales escenarios de las prácticas, vibra el espíritu de los artemiseños. Tras intensas jornadas de preparación ganaron en organización, disciplina y compromiso, sin que nadie sospechara lo que realmente sucedía, bajo el pretexto de que estaban de caza, se bañaban en un río cercano o cualquier otro que se le escapara a la imaginación.

Durante los preparativos, Fidel visitó el territorio y constató el temple del cual estaban hechos los muchachos:  “La presencia de Fi­del en Artemisa tuvo calurosa acogida, su tesis de inaplazable acción ar­mada con­tra el régimen prendió entre aquellos jóvenes artemiseños, casi to­dos de origen campesino; así las primeras células re­vo­lucionarias no tardaron en in­tegrarse y robustecerse, al ext­re­mo de que casi una tercera parte de todos los hombres que atacaron -comandados por Fidel- el cuartel Moncada y el de Bayamo, el 26 de julio de 1953, eran artemiseños”, apuntó la periodista Marta Rojas.

Más de 200 se habían preparado, pero todos no podían participar. Eran muchos los dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias; tenían plena confianza en la dirección del movimiento. El traslado de los jóvenes seleccionados se hizo con discreción, mediante diferentes vías.

Julito Díaz, Ciro Redondo, Ramiro Valdés (responsable de la célula central de Artemisa) y otros tantos, compartieron instantes únicos e inolvidables durante el viaje hacia Santiago, en la Granjita Siboney, entre los muros del Mo­nca­da.

De varios municipios de la actual provincia de Artemisa, provenían los  jóvenes. Unos 41 fueron a conquistar la libertad en la mañana de la Santa Ana.

La vida de algunos se escapó entre los disparos. Carmelo Noa y Flores Betancourt, quienes penetraron por la posta No. 3 en el primer carro, cayeron en combate. Tomás Álvarez, Antonio Betancourt, José Antonio Labrador, Rigoberto Corcho e Ismael Ricondo, fueron de los hijos de Artemisa hechos prisioneros y asesinados.

Los artemiseños figuraron entre los protagonistas de esta gesta. Algunos tuvieron la oportunidad de dar más por la causa, de venir en el Granma e incorporarse a la Sierra, de ver triunfar la Revolución de Enero del 59 y caminar jun­to a esta. Incluso, hay quienes hoy vuelven una y otra vez al lugar donde descansan sus compañeros, y llevan consigo los recuerdos de aquellos días que cambiaron el curso de la historia.