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La muerte del Ché Guevara a manos de un cobarde.

Cinco mil le pagó un periodista al campesino Herrera para que le contara la  verdadera historia. La misma cantidad que le habían entregado los soldados en la madrugada del 8 de octubre.

 “Yo estaba en mis cosas cuando vi pasar al grupo guerrillero por el interior de una quebrada. Se notaban cansados y heridos. Fui corriendo y les dije a los soldados dónde estaban. Cobré mi dinero y me fui a casa”.   

Ante la pregunta de si sabía lo que había hecho, sino tenía cargo de conciencia el campesino contestó:

“Yo no estoy con nadie. No soy comunista ni anticomunista. Yo hago lo que me mandan”.

A Ernesto Ché Guevara y Willy, un boliviano ex sindicalista de los trabajadores mineros, los capturaron cerca de las tres de la tarde del domingo 8 de octubre de mil 967, cuando trataban de cruzar de la Quebrada del Yuro hacia la de La Tusca. El Che estaba herido en su pierna derecha y su fusil inutilizado por una ráfaga de ametralladora. Ante sus captores dijo sin miedo el guerrillero: No les conviene matarme. Más valgo para ustedes vivo.

Sobre las seis de la tarde, los captores del guerrillero, entendiendo  el peligro de ser atacados en la noche por las tropas del Ché,  replegaron la  tropa estimada en unos 150 hombres hasta el poblado de La Higuera.

Lo encerraron en  la escuelita de La Higuera. Era de techo de paja, paredes de barro y piso de tierra con guardias adentro y afuera. La seguridad en la población también fue reforzada.
 
El Capitán Gary Prado cenó esa noche en la casa del mayor Miguel Ayoroa, con otros oficiales. Carlos Pérez, Eduardo Huerta, Selich y el suboficial Mario Terán. Allí decidieron qué hacer con los documentos que habían encontrado y se repartieron un dinero que incautaron a los guerrilleros. En la escuelita los soldados se emborracharon con chancaca y decían obscenidades.

El capitán Pardo interrogó al Ché y recibió de este, respuestas valerosas. “Yo soy el Ché”, le había dicho, y ante la afirmación de que el argentino era la cabeza del movimiento contestó: “Se equivoca, capitán. La revolución no tiene cabeza”.  

Guevara pidió que le dejaran ver a los heridos y fue cuestionado sobre si era médico. Otra vez su respuesta fue muy clara: “Soy primero revolucionario, pero entiendo de medicina”.

Se llevaron a Willy a otra aula. Al Che le curaron las heridas y le dieron un analgésico. Varios oficiales intentaron interrogarlo sin obtener las respuestas que deseaban. El Guerrillero Heroico los conminaba a repensar su posición y colocarse al lado de la justicia:

“Tienen que darse cuenta de que estamos todos los latinoamericanos en una lucha que es continental, donde hay y donde habrá muchas muertes, que costará mucha sangre, pero la guerra contra el imperialismo ya no puede ser detenida. Ustedes los militares tienen también que decidir si están con su pueblo o al servicio del imperialismo”.

Los interrogatorios continuaron. Cerca del mediodía del lunes 9, se tomaron fotos del Che en la puerta de la escuela. En una aparece casi de frente, con la cabeza inclinada, rostro adusto y manos atadas cerca al abdomen. En la otra el semblante de perfil luce pensativo, mirando hacia la nada. A las 11 de la mañana se recibió la orden de asesinar al Ché.

Se cuenta que Mario Terán entró a la habitación y el Che se puso de pie. Lo miró a la cara y le dijo que sabía por qué estaba ahí. Le dijo que estaba listo para morir. Terán le contestó que estaba equivocado y salió afuera, para calmarse los nervios. Mientras se apaciguaba, el sargento Huanca entró al otro cuarto y asesinó a Willy.  

El suboficial volvió a entrar a la habitación y el Ché lo recibió de pie. Trató de que se sentara pero fue imposible. Viéndolo molesto, el Guerrillero Heroico le dijo mirándole a la cara: “Debes saber que estás matando a un hombre”. Esas fueron sus últimas palabras.

El Ché murió como un héroe, mirando a la muerte de frente y con la tranquilidad del deber cumplido. Murió a manos de un cobarde. Pero vive aún en el corazón de muchos valientes que seguimos su  ejemplo, que vamos cada día al encuentro de su inmortal figura.



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