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Rigoberto Corcho Lopez

Rigoberto Corcho Lopez

Alfredo Corcho e Isabel López, los padres de Rigoberto, se conocieron y casaron el batey del antiguo central “Pilar” hoy “Eduardo García Lavandero”. Allí nació en pleno machadato, el 21 de diciembre de 1931, el mártir artemiseño, caído en el ataque al cuartel Moncada, Rigoberto Corcho López.  Duros y de convulsión revolucionaria eran los días en que naciera.

Eran tiempos en que se oprimía y se explotaba a los obreros. En 1933, los pocos obreros que estaban haciendo trabajos de reparaciones en el central, pidieron a la patronal algo que era un clamor general a la caída de la dictadura machadista: un jornal de ochenta centavos diarios y ocho horas de trabajo. Obreros de Artemisa, formaron una “comisión de estacas”, para apoyar a los compañeros del central.

Esto fue lo suficiente para que el general Montalvo, dueño del central, por medio de su hombre de confianza, el mayoral Consuegra, que era el que ejercía los métodos represivos, diera 24 horas para desalojar las casas del batey a once familias entre las cuales se encontraba la de Alfredo Corcho, el padre del mártir, que entonces todavía no había cumplido los dos años de edad.

El primero de octubre del 1933, fueron desalojados y la familia pasó a residir a una humilde casa del reparto “La Matilde”, en Artemisa. Es así, como apenas nacido Rigoberto Corcho, es victima de la injusta sociedad, que años más tarde lucha y sacrifica su vida para hacerla desaparecer.

Desde los nueve años tiene necesidad de comenzar a trabajar para ayudar a su familia. Lo hace vendiendo viandas y frutas en una placita situada en la calle República.  A pesar de ello, era tanto su interés por los estudios que no dejaba de asistir a clases en la escuela número uno, hoy “Juan Bautista Quintana”, donde terminó el quinto grado. Comienza a trabajar en el establecimiento mixto “La Casa Roja”, matriculándose a la vez en la antigua “Academia Pitman”, donde termina el sexto grado y estudia materias comerciales como teneduría, taquigrafía y mecanografía, continuando su superación cultural. Esto hace que posteriormente pase a prestar servicios en la agencia “Westinghouse”, en un puesto de responsabilidad.   

Rigoberto era un infatigable lector, sobre todo de las obras de Martí. Su carácter afable, su actitud ante la vida, su conducta ejemplar como ciudadano, como hijo, como hermano, como amigo y compañero, le granjearon la estimación de todos sus vecinos. Unido a esto su condición de trabajador esforzado y su espíritu de superación constante, su preocupación por la situación que atravesaba el país bajo el régimen oprobioso de la tiranía batistiana, lo sitúan como uno de los Jóvenes de la Generación del Centenario que se aglutina al grupo de artemiseños que toma el camino de la lucha armada para la liberación de la patria.
Realiza las prácticas de tiro junto a sus compañeros. Conoce a Fidel, por el que sintió una extraordinaria admiración. Tenía una gran fe en el triunfo de las ideas que propugnaba el Jefe de la Revolución.   

Una Noche - expone su madre -, al regresar él a la casa, reunida con mis hijos, Rigoberto se dirigió a su hermano Humberto y dijo:
    “¿A que no saben quien me dio este tabaco?, y dirigiéndose a mi: ¿No te imagina viejita?, fue Fidel, el dirigente de la ortodoxia”. Y con la alegría retratada en su rostro, agrego: “Un día lo voy a traer a casa y te lo voy a presentar, para que veas que hombre tan bueno es”.

    “Nunca nos dio disgustos, - dijo su madre en una ocasión-, era muy cariñoso conmigo, interesado siempre en ayudarme y cuidarme, Mi hijo era noble, trabajador y querido por todos”.  
       
El día 24 julio de 1953, Rigoberto no quiso almorzar, se afeitó, se vistió de guayabera y le dijo a su madre, que iba de recorrido con un viajante para conocer una nueva línea en Santa Clara y estaría tres días ausente. Por la índole de su trabajo, nadie sospechó de qué se trataba de otra cosa.

Antes de partir, le entregó a su hermana Edelma, que se encontraba enferma, su reloj de pulsera, diciéndole que era para que supiera la hora en que tenía que tomar las medicinas.

La familia empezó a preocuparse cuando pasaron los días y no se tenía noticias de él. Al fin se supo que Rigoberto, en unión de varios jóvenes de Artemisa, habían tomado un ómnibus hacia La Habana.

Su muerte fue comprobada por sus hermanos Alfredo y Pedro, que partieron al día siguiente hacia Santiago de Cuba, en cuya necrópolis identificaron el cadáver de Rigo. Tenía 20 años al morir.

Junto al grupo de jóvenes artemiseños, oyó en la Granjita “Siboney”, Las últimas instrucciones de Fidel. Todos lo recuerdan firme en el momento decisivo que tanto había esperado. Horas después caía heroicamente combatiendo en el ataque al Cuartel Moncada, para fijar con su sangre y la de los demás compañeros, una fecha en la historia de nuestra patria: “26 de Julio de 1953”.  
       

Dirección Municipal ACRC
Artemisa
Fuente: Biografías de los Mártires de Artemisa, 1971.
José Antonio Fernández Riesgo

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