
Artemisa, Cuba.- No podrÃan ser sino hijos de un juez y una maestra para ser tan buenos. Luis tenÃa 18 y Sergio 17. TodavÃa el bigote a medio andar, pero ya la conciencia fuerte y enraizada sobre el alma. Â
Los pocos años no fueron impedimento para la acción a favor de la causa. Los hermanos encendieron la tea de San Juan y MartÃnez e hicieron suya la lucha por la emancipación definitiva. Jóvenes pero martianos. Jóvenes pero Marxistas.
No entendieron el aula como estanque de juegos sino como aquel espacio que les mostró la talla del dolor por el espectáculo de un pueblo que como quiere pan y circo y sólo pan y circo, no mira quien se lo da, como dijeran en sus versos.
Las balas los alcanzaron impulsadas por la ignominia y el odio. Se disponÃan a celebrar el cumpleaños de otro grande. Iban felices porque habÃan descubierto a un hombre que miraba con ojos de futuro. Y cayeron para levantarse sobre sus historias.
Cayeron para hacerse leyenda, como aquel otro joven que escribió el nombre eterno con su sangre en un muro, como la matancera que lo dijo en poemas. Cayeron para nunca caer y hacerse sÃmbolo de la grandeza de esta obra de jóvenes investidos de verde. Aquella tarde dijeron a su madre.
No temas, algún dÃa te sentirás orgullosa de nosotros. Y a la madre le tocó llorar. Y el orgullo le secó las lágrimas. Y el pueblo lloró también por ella y porque, bien lo dijo el Sabio de Birán, los pueblos lloran enérgicos y viriles. Solo que de ese llanto emanó también la estrella del maestro. Las poesÃas de Luis y Sergio se fueron de fiesta a la batalla y se hicieron fusiles y palomas.
Y se posaron en el hombro del barbudo y nos llenaron de esperanza. Dejaron de pertenecerle a Pinar del RÃo para hacerse de la isla rebelde que los acogió como a sus hijos más amados. Ahora la misma isla sale a las calles cada trece de agosto.
Celebra al elegido. Lo festeja por ellos sin bala que les tronche los cantos ni les destruya el pastel que hoy es más grande y se comparte con el mundo. Ahora están de formas diferentes, en esta evocación de lo que hicieron, de lo que les negaron a hacer porque los vieron grandes y peligrosos desde sus años aún estrechos. Poetas, narradores, artistas, hombres de culta filiación y de altos vuelos.
Un gremio de hombres tiernos como ustedes hoy asume su nombre como bandera, su identidad como sello. Hoy no soplan las velas porque no está el homenajeado. Nos lo quitó la vida. No pudo el enemigo.
Cuando apretó el gatillo surgió el espectro de dos jóvenes valientes, sensibles, pinareños y a coro repitieron, esta vez a la patria, no temas madre, estamos orgullosos de lo que hizo contigo. Â
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