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Manuela y la Lagartija

Llevarla a lo que más le gustara y verla saltar o correteando de un lado a otro era su mayor placer. Durante sus paseos al bosque, Manuela no cesaba de preguntar por la altura o la variedad de colores de árboles y arbustos. Aunque el abuelo Don Matías y ella dedicaban los domingos a aquellas excursiones, siempre aparecían motivaciones que les animaban la estancia en el lugar.

Ya se habían adentrado en la parte más boscosa. Estaban próximos al propósito del paseo de este domingo: Llegar a los árboles frutales, en particular, a la mata de cereza. Mientras continuaban el camino, a Manuela se le ocurrió preguntar a su abuelo:

- Abuelo, ¿y si de pronto aparece un león o una de esas serpientes gigantes y nos caen detrás, qué hacemos?

- En Cuba no existen esos peligros. Las fieras están en los zoológicos, en jaulas seguras.

- ¿Y si se escapan?

- Sería un accidente. Y un accidente puede ocurrir  en cualquier parte.

Don Matías y la niña continuaban por el sendero con su conversación y de improviso, Manuela oyó un ruido detrás de unos árboles, se detuvo y el abuelo le preguntó:

- Manuela, ¿Qué te pasa?

- Mira abuelo, ahí, detrás de esos árboles oí un ruido. ¡Ay, abuelo!¿será un león escapado del zoológico? ¿Escuchas?

- Sí, ya oí. Mira son unos muchachos que también vienen a pasar su domingo.

- ¡No, míralos, con tirapiedras, le tiran a un sinsonte y al carpintero!  ¡Oigan, eso no se hace! ¡Guardias, Guardias!...

Sorprendidos, los muchachos echaron a correr hacia la salida del bosque.

- Tú ves, abuelo, cómo hay gente mala.

- Ellos no son malos, es que no saben lo que hacen.

- ¿Entonces?

Habían llegado al mismo corazón del bosque. Allí estaba la mata de su predilección, rodeada  de variedades de mango, guayaba y otras frutas. ella corrió hacia las cerezas.

- Mira, abuelo, ven, pruébalas.

- Ya voy, pero antes, déjame cogerle el gusto a estos mangos.

Un rato más tarde, cuando aún no habían saciado el apetito, en medio de aquella quietud, la niña oyó un ruido casi imperceptible, como algo que había caído al agua. Estaban a la orilla de un estanque, donde otras veces se había entretenido mirando los pececillos de distintos tamaños y colores. Ahora veía  a una lagartija hundiéndose, dejando tras de sí diminutas burbujas en la superficie. Curiosa, Manuela corrió en busca de una rama para sacarla. Por mucho que trató, no pudo. El animalito se movía en los últimos latidos de vida, con sus paticas estiradas y pezuñas  como manos abiertas…

- ¡Abuelo, corre, mira!

- ¿Qué ocurre?

- ¡Se ahoga, apúrate!

- ¡A ver! ¿Quién se ahoga?- preguntó Don Matías, mientras se acercaba.

- ¡Mira, una lagartija, sácala de ahí!

El anciano siguió el índice de la niña y observó en el fondo del estanque a la lagartija.  Yacía. Su color verde se había transformado en marrón oscuro. Miró a su nieta, quien permanecía expectante, y le dijo que ya nada se podía hacer, mientras le pasaba una mano por la cabeza.

- Vamos – le dijo.

- ¡No, abuelo, sácala de ahí, pobrecita!

- No insistas, Manuela – recalcó y se apartó del borde del estanque, con el propósito de continuar el paseo.

- ¡No, no te vayas, vamos a sacar la lagartija!

- ¡No te das cuenta que ese animalito ya…!

- ¡No lo digas, vamos a sacarla!

Con un ¡caramba!, el viejo Matías se puso a rezongar que cuando a aquella niña se le metía algo en la cabeza, y se empecinaba, había que hacer lo que a ella se le antojara.  lo expresaba sin dejar de retroceder y acercarse a ella, ya con una rama en la mano para acuclillarse e intentar sacar la lagartija que él daba por muerta.

Manuela no perdía un detalle dela operación. El anciano había preparado una especie de horquilla de una rama. Cuan do la lagartija estaba casi a flote, resbaló y volvía a hundirse. La niña dio un grito que hizo conmover al abuelo. Ahora, apurado, colocaba la rana debajo del inmóvil animal, y despacio la iba subiendo, al tenerla al alcance de la mano, la agarró por la punta de la cola, hasta sacarla y acomodarla cobre una piedra.

Los ojos de Manuela brillaban de una manera extraña, en la espera, quizás de un milagro. No decía nada, solo observaba a su protegida. Recorría con la vista desde las puntiagudas mandíbulas hasta el último extremo de la cola de cuando en cuando le pasaba la yema del índice por la cabeza para ver si abría los ojos. El anciano también contemplaba al animalito, que permanecía sin ninguna señal de vida. Un rato después, cuando la niña y Don Matías se les iba apagando la esperanza, vieron con asombro como la lagartija comenzaba a mover las patas.

Ahora, cuando veía lo animaba que estaba Manuela, el abuelo dedicaba el mayos interés por la evolución de la paciente.
La tomó en sus manos la acomodó en el tronco de una palma, aledaña el estanque…

- ¡Mira, abuelo, echó agua por la boca!

- Esa es buena señal – respondió él

- ¡Abrió los ojos, abuelo!

- Parece que vuelve a vivir- comentó el anciano.

En aquel momento, apareció una brisa que hizo mover los árboles en los alrededores del estanque, el sol arreció sus rayos y sus reflejos rebotaban del agua del estanque. La niña reía mientras el viento alborotaba su cabello y mecía en vaivén las pencas de la palma…

- ¡Abuelo, la lagartija se mueve, va a vivir!

- ¡Creo que sí, porque mira lo contento que se ha puesto el bosque! Oye cómo cantan los sinsontes y los choncholíes.

Entretenidos el anciano y la niña al ver cómo la arboleda y sus aves habían acogido el rescate de la lagartija, no se habían percatado de que ella había desaparecido.

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