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Tu aroma

Fue casual, inesperado. Vi tu mano, saludándome, cuando entrabas. Me detuve, paralizado. Ni tiempo para responderte. Algo fugaz. Lo suficiente para los salticos en el pecho. Esos que no te dejen decir nada, queriendo hablar de rodo lo que no has podido.

Entonces, sin poderlo detener, vinieron  aquellos deseos infinitos, hasta entrar y verte. Dolo eso, verte. Pero no, ahí quedé. Con los ojos pegados a la puerta, por donde te habías esfumado. Intenté esperar. A lo mejor no tardarías. Pero, obsesionado, me animé y di el primer paso. Miré hasta donde la vista pudo llegar.  Y nada de ti, solo silencio. Algo ocurría allá dentro.

Por eso no me fui. Te repito, quería verte otra vez, una vez más. Pensaba que tu paciente se había agravado, porque todo era silencio. Y sentí pena. Después de todo, ya me podía ir. Sí, lo mío era verte y ya te había visto.

Cuando me retiraba la puerta continuaba abierta, y tú, allá adentro, como lo de aquella vez, en la playa, en la caseta. Te ví, más nadie a la vista, y entré. Fueron unos segundos, casi a punto de romperse las cadenas, y en aquel instante, aparecieron voces que se encimaban. Me escurrí entre los uveros.

Tampoco en tus consultas, a veces, me era fácil. ¿Qué le iba a decir a la doctora?

¿Una gripe? No, ni asomo. ¿Dolor muscular? ¿Ir a una consulta para eso? No valía el pretexto. ¡Ah, ya! Los ojos. Irritación. Sí, me estrujaba los párpados hasta enrojecerlos, como una conjuntivitis. Todas esas cosas y más, hacía para verte.  Por solo un minutico sentir el roce de tu bata blanca, quizás, el de tus manos. O tal vez, oir tu respiración, dándome  la dosis que había ido a buscar. Y tú lo sabías, doctora.  Nunca me lo negaste.  Me lo decían tus ojos, como allá, en la casa de la playa. Y ese decir me gustaba tanto, pero tanto. Todo en tu silencio, en el mío.

Y me iba, pero atento al tiempo para volver. Espera y esperaba, como tú, a la rotura y, libres como la brisa, dar rienda suelta a los sueños, baluartes de segura coraza, donde nadie nos perturbaría.

No, no me he olvidado que todo tuvo una primera vez. Fue aquella vez, en la piscina. Casi me rozaste con tu aroma de mujer, en un bikini que me fascinó. Enloquecí. Algo tenía que hacer. Zambullía y volvía a zambullir. Me ahogaba, los brazos extendidos. Fuiste la primera en acudir. Así te esperaba, doctora. Vino el boca a boca más largo de los que había conocido. No reaccionaba, hasta que, al fin, satisfecho.

De aquella manera ocurrieron las cosas. Y aquí estoy, doctora, como todos los aniversarios, con los gladiolos. Siempre te gustaron. Por eso no te faltaban en la consulta. ¿Te acuerdas? Nunca pude decirte nada con palabras. Solo en el lenguaje de los gestos y las miradas.

Ahora, mientras espero mi hora, vengo a compartir contigo mi añoranza.

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