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La exploración al arroyo Capítulo III

Después del regreso de la navegación al mar, Los Marrines necesitaron varias semanas para restablecerse de la paliza que le dieron sus padres, por los mismos motivos que las anteriores. Pero cuando se sintieron recuperados, el primer paso fue para ir a ver a  Ceiba Blanca. Los muchachos querían conservar aquella nave, que les había hecho realidad un largo sueño.

Cuando llegaron a Júcaro Negro, la embarcación estaba hundida.

Sus padres y el abuelo le habían perforado el fondo. Trataron de ponerla a flote, pero los huecos y las rajaduras se lo impidieron.
Apenas se podría realizar una restauración. Nunca se habían sentido tan afligidos, más que con las golpizas. Aquellas herían sus carnes, pero lo ocurrido a Ceiba Blanca golpeaba sus sentimientos. Luego de permanecer un largo rato cabizbajos, dedicado a ella, como reverencia Los Marrines abandonaron el embarcadero y se dirigieron al campamento de la poza La Lechuza. Mientras caminaban, Abel comentó:
-      ¡Ah, pero a lo mejor la canoa tiene arreglo sí nos disponemos.
David y Marcos lo miraban con curiosidad, por haber dado una posible solución. ¨Dejemos eso para más adelante. Ceiba Blanca nos podrá servir para movernos¨, argumentó David y agregó:
-- Por ahora podemos darle cabeza a otro proyecto.
--¿Cuál? -- preguntó Marcos.
-- Recuerden que desde hace mucho tiempo hemos querido saber de dónde nace el Arroyón que atraviesa la finca de Don Jacinto.
-- ¡Oye, verdad que sí!  -- Exclamó Abel.
-- Sí, pero ya una vez lo intentamos y no encontramos nada – aclaró Marcos.
-- Ahora será distinto --  repuso David.
-- ¿Distinto, cómo? --  preguntó Abel.
-- La próxima exploración la haremos hasta el final. No habrá regreso sin pisarle la cabeza al río.
En dos días, Los Marrines habían dispuesto la expedición. Reunidos en el campamento, cada uno llevaba en su jolongo lo que pudo requisar.
Teniendo a su favor la frescura de la mañana, se pusieron en marcha.
Abel, curioso, miró hacia la poceta y le preguntó a sus compañeros por qué aquella charca le llamaban La Lechuza.
David le explicó que Don Jacinto contó una noche en casa del abuelo Don Felipe, que ahí lo único que existía era un grueso tronco que atravesaba el arroyo. Eso fue antes de un temporal de más de una semana lloviendo sin parar. Y cuando pasó la crecida, el tronco había desaparecido y en su lugar apareció la poceta y una lechuza ahogada en el centro. Entonces, la empezaron a llamar la poza de La Lechuza.
Siguiendo el curso del Arroyón, el llegar al mediodía, el estómago les reclamó que debían acampar para silenciarlo. Se detuvieron en la orilla de una charca de aguas oscuras. Mientras comían, Abel observó como se movía la superficie de aquella charca y recordó las camadas de peces que bullían del agua allá en el pescadero del viejo Rondón. Miró a David, luego a Marcos y comentó:
-      Esta poza debe de estar atestada de guabinas, biajacas y anguilas.
Al oírlo, David y Marcos detuvieron la merienda, tentados a probar sus anzuelos con una pinza de chorizo como carnada.
Efectivamente, las primeras en picar fueron las anguilas. Nunca las habían visto tan grandes. Con las biajacas y las guabinas pasaba lo mismo. Tan entusiasmados estaban con la pesca que habían perdido la noción del tiempo.
David se dio cuenta del atraso y alertó a sus compañeros, que seguían tirando sus anzuelos. Con la  prontitud que pudieron, continuaron su marcha, ahora con los jolongos repletos de pescado.
A medida que avanzaban, el camino se les hacía más lento por la espesura del follaje en las márgenes del río. Cuando ya pasaba la media tarde, la brecha de la corriente del agua parecía no tener fin.
David, viendo que no aparecía  el nacimiento de aquel arroyo, empezó a sentirse molesto  y expresó a toda voz: ¨ ¡Por mucho que escondas tu cabeza, nosotros no nos vamos a detener hasta que la encontremos! ¨
-- ¿Por qué dices eso, David? – preguntó Marcos.
-- Por que este río, cada vez se hace más largo y hay que hacerle saber que nosotros somos los exploradores invencibles.
-- David, ¿y si este río desemboca en el mar?
-- No seas tonto, Abel. Todos los ríos corren hacia abajo y nosotros vamos contra la corriente. ¿No te acuerdas cuando Don Cándido lo explicó en una clase?
-- Cierto.
-- David, tengo hambre, yo creo que podemos acampar y zar un poco de pescado – reclamó Marcos.
-- Eso lo haremos cuando lleguemos al final de la exploración.
Los tres prosiguieron callados, con ánimo de vencer su meta.
Poco después aparecieron las primeras sombras con la huida del sol, en tanto, el río seguía interminable. No se daba por vencido ante la exigencia de aquellos intrusos que querían adueñarse de sus secretos. Pero los exploradores habían llegado a un punto donde el curso del arroyo se desparramaba en una boscosa. Perdido el hilo del cauce, Los Marrines trataban de continuar por el sendero, que se les había perdido y aparecían pocetas  por todas partes.
-- ¡Estamos en la cabeza del río, aquí nace el Arroyón! – gritó Marcos, al observar como el agua brotaba a borbotones de los manantiales.
David y Abel también chapaleaban en medio de una charquera, donde el agua parecía hervir. Al reunirse los tres, hundidos hasta las rodillas, gritaban su triunfo.
Tras el alborozo, algo sosegados, se dispusieron a regresar.
Pero ahora no hallaban el curso del arroyo, que los había guiado hasta allí. Caminaban hundidos con el agua a la cintura en aquellos pantanales. Ya oscurecía cuando David llegó a tierra firme. Miró hacia atrás y Marcos lo seguía, pero no vio a Abel.
-- ¡Marcos!  ¿Y Abel?
-- Detrás de mí, ahí…
-- ¿Dónde, no lo veo?
David y Marcos volvieron sus pasos y llamaban y llamaban y no había respuesta. Asustados, cuando ya la noche se les venía encima, no dejaban de llamar, siguiendo el rastro, hasta que oyeron un chapaleo. Hacia allí miraron y vieron el gajo de un árbol que se movía. Lo tenían casi delante y no lo veían, hundido con el agua al cuello. Con la rapidez del susto, David y Marcos lo tomaron por los brazos y poco a poco fueron saliendo. Alcanzada la orilla, Marcos y David trataban de reanimar a su compañero, pero Abel no respondía.
-- ¿Qué te pasó, Abel? ¡Habla, por Dios!
Viendo que Abel intentaba pararse, se sintieron más tranquilos y comenzaron a darle masajes en el pecho, en las espaldas y en las piernas…
--  ¡Ya, basta! – reaccionó Abel.
Recobrado, pudo explicar que, cuando se vio hundido en aquella ciénaga, se asustó tanto que creía ni iba a poder salir de allí.
Trató de llamar a Marcos, pero no le salía la voz.
-- ¡Vamos Marrín Abel, cómo te íbamos a dejar! Primero nos hundimos todos! ¡Juntos todos, siempre juntos!  -- le dijo David, mientras Marcos le pasaba una mano por la cabeza y lo ayudaba a acomodarse su jolongo, el cual no soltó ni cuando estaba hundido.
Luego del mal momento, ya nuevamente animados por haberle pisado la cabeza al Arroyón, Los Marrines tomaron el camino de regreso, acompañados de una noche de luna llena. Amanecía cuando iban entrando a Verona. No esperaban que las casas de sus padres y la del abuelo fueran las únicas que permanecían con las luces encendidas.

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