El Palmero y su Café

La noticia nos estremeció a todos. No nos cabía en la cabeza que el Palmero se nos fuera. Si no hubiera sido por Manuel, su paisano, no lo hubiéramos creído. Habían viajado juntos y ahora regresaba ensombrecido por su ausencia.

El Palmero, como a él le gustaba que lo llamaran por ser oriundo de La Palma, allá en Canarias, era corpulento y de andar ligero. Tenía un carácter que a todos contagiaba, dicharachero, siempre de buen humor. Era una de esas personas, que cuando uno las conoce, no puede dejar de quererlas.

En la mente de los que lo conocimos, quedaron imborrables aquellas noches de luna, cuando le hacíamos coro frente al campamento para oír las anécdotas de la gente de su tierra, y mientras hablaba, atizaba el fogón. Era su ritual para hacer su café, el café carretero. Le decían el Rey y Señor de aquella especialidad.

Así se podía afirmar, porque nunca hubo quien lo superara. Ponía su lata sobre las tres piedras que formaban el fogón, con el agua y el azúcar. Cuando ya hervía a borbotones, echaba el polvo de café, retiraba la lata del fuego, entonces sacaba una brasa encendida y se la echaba. De inmediato, aquella borra se iba al fondo. Ya nosotros estábamos preparados con  nuestras vasijas, y él iba sirviendo con un pequeño jarro que tenía para eso. Era algo exquisito, un café fuerte, acaramelado. Mucho rato después, aún se sentía el gusto de aquel néctar en la boca. Nunca pudimos saber dónde lo había aprendido.Algunos decían que el secreto estaba en la cantidad de cada ingrediente y lo ensayaban de diferentes maneras, y sí, les quedaba bueno, pero no como el que hacía el Palmero.

En uno de sus relatos, contaba que había contaba que había conocido a una familia de procedencia árabe, conocedora del origen del café en su tierra, pero negaba explicar cómo la procesaban. Decía que la única persona que le habló del café carretero, fue un haitiano, descendiente de un esclavo traído a Cuba por un colono francés que huyó de la rebelión en Haití y fundó un cafetal en la región de Baracoa. Todo esto contaba, pero no cómo había aprendido a hacer su café.

En una ocasión, el Palmero desapareció. Nadie sabía que rumbo había tomado. En el campamento no se hablaba de otra cosa. Había pasado más de un mes. Y una tarde, apareció, sudoroso y sucio. No quiso dar explicaciones. Se veía afligido y malhumorado. Las interrogantes surgían y volvían a surgir: “¿Qué le habrá ocurrido al Palmero?” Pasaron los días y poco a poco su semblante fue cambiando. Y una noche, de esas estrelladas, que a él le gustaban, encendió el fogón y nos llamó para que tomáramos su café.

Un rato después, mientras terminábamos de saborear aquellos buchitos, nos dijo que lo escucháramos. Con el interés que teníamos, callamos. Explicó que había oído decir que en el puerto de Nuevitas se encontraba un barco español, que en pocos días iba a salir para Las Canarias. Y allá se fue. Le ofreció dinero a un marino para que lo ocultara. El hombre estuvo de acuerdo y cuando el barco estaba a punto de zarpar, supo por otro marino que el buque iba para Alemania.

Ya habían elevado el ancla y la escalerilla y aquella mole flotante se movía, entre silbatos, alejándose del muelle. Dijo que nunca había pasado tanto susto, ni había oído unos silbatos tan tristes. Salió corriendo a lo largo de la borda y saltó. Para suerte suya, unos trabajadores del puerto lo vieron y lo sacaron del agua. Había gastado en vano todo su dinero, destinado al regreso a La Palma.

Cuando hablaba de ese soñado viaje, la voz se le quebraba. Comentaba que acá quedarían sus compañeros y amigos, con quienes había pasado los mejores años de su vida. Y era cierto, porque entre nosotros, el Palmero se sentía feliz. Sólo se le notaba el gorrión cuando recordaba a sus viejos. “¿Cómo estarán?”, se preguntaba.

Sin embargo, tenía su Talón de Aquiles. Era extremadamente sensible a la cosquilla. Además de él, el único que lo sabía era Manuel, quien le guardaba el secreto. Nadie imaginaba, ni se supo cómo a Manuel se le ocurrió, mientras regresábamos de la bodega, acercarse al Palmero y tocarlo con la punta de sus dedos debajo de las costillas. Nos sorprendimos cuando vimos el salto que dio aquel hombre. Miró a Manuel y le dijo sobresaltado:

-- ¡Por qué lo haces, coño!

Al verlo fuera de sí, con los puños apretados, corrimos para interceder por Manuel, quien se deshacía pidiéndole disculpas:

-- ¡Por favor, Palmero, lo hice jugando! ¡Te juro por Dios, que no lo volveré a hacer!
Tratamos de clamar al Palmero, hasta que logramos que aquellos paisanos que se querían como hermanos, se dieran un abrazo. Tal era el respeto y el cariño que sentíamos por el Palmero, que allí quedó enterrado el secreto de la cosquilla.

El día que Manuel regresó no hallaba cómo decirnos que el Palmero había fallecido. Al llegar la noche, casi nadie logró pegar los ojos, pese al cansancio por el duro bregar en el campo.
Manuel nos contó que al salir de Cuba, el Palmero cogió un fuerte resfriado. Se sentía tan ansioso por el encuentro con la familia, que no le hizo caso al malestar. No se cuidó, pensando que sería algo pasajero. Comenzó a complicarse con una tos que no cesaba y fiebres altas. Por mucho que los médicos de abordo lucharon para salvarlo, se les fue, tal vez en un instante que soñaba estar llegando al calor de su familia, o dando un adiós para nosotros, o deleitándonos con si café carretero.