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La furia de un torrente

La claridad del día viene retardada. Es otra mañana sin aurora: el cielo sigue oculto detrás de la tempestad; el viento y  la lluvia continúan, sin tregua, su obra de destrucción, en tanto  el nivel del agua ha aumentado  una pulgada. El desaliento cunde en el ánimo de todos. Se siente un mal olor que empeora el ambiente: es la carne que  quedó sin salar ayer; pero no se puede votar, hay que aprovecharla, y sin pérdida de tiempo, las mujeres, que se han puesto de acuerdo en los quehaceres de la casa, la ponen a hervir. Luego la machacan y la sofríen con manteca y ajo. Así queda preparada la única comida del día.

Desde el portal, Raúl, mi guardián,  y yo observamos el vasto  panorama de destrucción: aisladas manchas negras parecen flotar sobre la superficie: son las palizadas prendidas a los troncos de árboles que han sido arrancados, o de las madres de cercas que han resistido a la avalancha. Más allá, el horizonte, siempre amenazante, no cambia…

--- ¡! Mulato ha desaparecío, se lo llevó la corriente!!
   La alarma de Cabrera nos hace volver la cabeza. Todos nos precipitamos hacia el ranchón. Aquí están todas las demás bestias, menos él. Ahora,  imaginamos y comentamos la forma en que la corriente pudo haberlo arrastrado:
--- Seguro que se puso a recular y la corriente lo atrapó.
--- Esa  corriente e como una tenaza, lo que agarra no lo suelta por na.
--- Anoche,  yo lo vi un poco separado de la pared de la cocina, pero no tan allá.
--- A lo mejor el hambre lo obligó a sa…
--- ¡Eh, si por hambre fuera, no hubiera quedao uno!

Mulato era el caballo más noble de los animales de la finca, el caballo más querido entre los trabajadores.

Todos lo conocían. Algunos, los más viejos, lo habían visto nacer; otros, han crecido junto con él. Cada uno tiene algo que contar de Mulato:
--- Cuando era ya un potranco --- cuenta Pedroso --- era e potro má veló de toa la comarca. Too querían montarlo. Lo domingo eran día de dicusione entre lo jóvene de E Rodeo, too querían lucirse delante de la enamorá. Igual pasaba cuando había corría de cinta: e que montaba a Mulato siempre era e ganador. Uté era uno de ello, Cabrera,  ¿se acuerda?

Como un soplo fugaz, brillan los ojillos del exencargado de la finca; parece pasarle por su mente recuerdos de su mocedad, y una leve sonrisa se dibuja en su rostro, alargándole aun más la nariz, pero permanece en silencio, como todos. Silencio de póstumo  homenaje  a Mulato. La pesadumbre nos afecta a todos. Yo, particularmente, me siento conmovido a pesar de lo poco que lo conocí, pero me toca muy de cerca su pérdida: ha sido mi monta desde que llegué aquí.

Ahora, los demás caballos pueden tener este mismo destino y esto nos preocupa. Están transidos de no comer:
--- Yo creo que hay que hacer algo para que estos animales coman, ¿ustedes no creen? ---propone  alguien.
--- Allí,  en el  fondo de los naranjo, pegao a la cerca, se puede conseguir un poco de yerba.
--- Si, pero allí hay que zambullirse y a uno le puede pasar como a Mulato.

La noble intención queda pesando sobre nuestro silencio. Una ráfaga nos embiste y tenemos que buscar protección en la cocina. Los caballos se azoran, levantan la cabeza, llevan las orejas hacia adelante y luego hacia atrás y cierran los ojos que golpea la andanada de lluvia.

El tiempo no varía.  El nivel del agua baja dos o tres pulgadas, y cuando más animados estamos, comienza a subir de nuevo. Así, en esta incertidumbre, transcurren las horas,  interminables.

La tarde avanza. La furia del huracán ha disminuido, y la mayoría de los hombres,  nos hemos concentrado  en el fondo del ranchón,  algunos, sobre unos  “burros” donde se colocan monturas, lomillos, bastos, serones;  otros se acomodan como pueden.  Desde aquí observamos la parte occidental. Ahora no llueve.
Por primera vez en muchos días vemos el poniente rojizo, levantado sobre la línea negruzca del horizonte envuelto en la tormenta, que parece retirarse. Esta lontananza enciende la llama del júbilo en la casa. Todos miramos hacia ese trozo de cielo que nos deja ver una pincelada de sol, de esperanza. El nivel ha disminuido cuatro pulgadas. Desde las balsas,  donde nos encontramos ahora, aprovechando el recalmón, oímos el ruido de un motor.

El sobresalto nos pone en tensión. Me subo al rancho, sobre el caballete. ¡Creo que es una lancha! Miro a todas direcciones, buscando el posible salvamento. Nada diviso sobre el vasto panorama de agua que se pierde en la tempestad. Creo que ni el Amazona tiene tanta extensión entre orilla y orilla. Estamos en medio de un mar que  se pierde  en el horizonte. Atento el oído, mi cabeza va girando hasta que mis ojos tropiezan con la puerta de la cocina a través del ranchón, y allí veo a la mujer de Cabrera, dando manigueta, pegada  al molino del café. Señalo a los demás el motivo del ruido. Nadie dice nada. Unos vuelven la vista al horizonte; otros, al correr de las aguas.

La noche se encima, y con su llegada, aparecen de nuevo las enfurecidas ráfagas del huracán; el nivel  comienza su ascenso. El desaliento señorea en nuestros ánimos. Ahora tengo la impresión que lo visto por la tarde fue una alucinación. Tal parece que  esta diabólica furia de la naturaleza, llamada Flora, ha venido con la misión de arrasarlo todo.

Esta es la noche más oscura que hemos vivido en El Rodeo. El ruido, ¡ese ruido!, me atormenta. Ruido sordo de la corriente,  arrasando  con todo a su paso. Por momento, siento una desesperación que no puedo dominar, y me estremezco de pies a cabeza.

Raúl y yo hemos encaramado nuestras colombinas sobre unos taburetes, tratando de descansar, turnándonos: vamos  a mantener una guardia, a la expectativa ante cualquier emergencia. Pero… tenemos que olvidarnos del descanso: la mujer de Luis, próxima a parir, con su enorme barriga y sus hijos, no ha encontrado acomodo por lo apretujado que están los albergues. Miro a Raúl y le digo:
--- Patriota, lo único que nos queda para instalarnos es la sala.
--- Si, no hay otro lugar. Ahí la corriente se encargará de mantenernos en guardia --- responde.
--- Bueno, así  la vigilancia queda asegurada ---- añado.

Raúl se mueve de un lado a otro con un candil en la mano hasta que  consigue dos taburetes y los pone como sostén de una tabla de planchar ropa que ha encontrado. Acomoda su cuerpo de tal forma, que, con cualquier movimiento,  puede perder el equilibrio. Yo no encuentro otra cosa que la mesita del radio. Pero es tan pequeña que apenas puedo sentarme y recoger los pies para sostenerlos fuera del agua, con los talones casi pegados a las nalgas: una molesta cuclilla. Constantemente tengo que estar cambiando de posición: pongo los pies sobre uno de los taburetes donde está Raúl, y apoyo el codo izquierdo en la pila del radio. Luego vuelvo a tomar la postura anterior, después, otra y otra. No puedo permanecer tranquilo.

En la sala estamos sin luz. A pesar de que la vista se ha aclimatado a la oscuridad, no puedo distinguir las cosas que nos rodean.   La  puerta del frente  se ha  dejado abierta  para que la corriente no se detenga. Miro hacia afuera. Los  naranjos resisten el hostigamiento del meteoro, sus siluetas van y vienen, queriendo volar. La noche viaja con un tronido enloquecedor.

Cada vez que bajo los pies para estirarlos, siento la fuerza fría de la corriente. Raúl se ha quedado rendido. De pronto siento  el chapoteo de algo que ha caído cerca de mí. Las salpicaduras me han rociado la cara y el pecho.  Pienso que es un niño que se ha caído del cielo raso: siempre se piensa lo peor.  Me lanzo en medio de la puerta: ¡lo que sea tiene que pasar por aquí, forzosamente! Extiendo los brazos a cada lado dentro del agua. Enseguida palpo algo en mis manos, algo pesado, lo levanto: es el gallo padre, el jefe del patio, el que se batió con los dos mocetones para demostrarles que en este batey no había más jefe que él. ¡Valiente superviviente, tiene  suerte!  Lo acomodo en el espaldar de un sillón. Desde ayer ha estado   como clavado ahí.

 Vuelvo a ocupar mi lugar. Ahora, cada vez que oigo un ruido en el agua,  pienso que es un niño que cae a las fauces del Cauto. Varias veces tengo que coger el gallo arrastrado por la corriente; parece  que se queda dormido.

La noche sigue con su estruendo. A cada ráfaga, las vigas de la casa responden con sus gritos quejumbrosos.  ¡En una de  estas, esto se!... No quiero pensarlo, pero esta idea no me abandona. Miro a Raúl: permanece en la misma postura, pegado a la tabla de planchar. Creo que todos duermen: son muchas las horas de tensión. El cansancio parece dominar esta última parte de la noche; el organismo siempre acaba por ceder en este sentido.

Ahora todo el peso de la responsabilidad lo siento sobre mí, como interventor de la finca y jefe de todos los trabajadores que se albergan aquí con su familia. Cualquier cosa que pase, yo sería el primero en no perdonármela;  por ello, trato de adoptar las posiciones más molestas para no dormirme: apoyado en la mesita, de pie, la frialdad me llega hasta los tuétanos. Así alterno todas las posturas  que se me ocurren.

El huracán  prosigue su violencia.  ¡Y ese bramido no cesa, me atenaza los sentidos, me atormenta, lo siento dentro, como si el Cauto todo lo tuviera metido en el cuerpo! Imagino que el tiempo se ha detenido aquí, no avanza: un infierno que no cambia, siempre es el mismo; el nivel del agua que sube y que baja; la oscuridad por la noche, por el día. Ya debe de estar amaneciendo.

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