El Arte de Ramayo
EL ANTILLANO

La antigua Estación Ferroviaria de Dumois permanece casi intacta, desafiando al tiempo. Conoció las primeras locomotoras de líneas estrechas y luego, las de vía ancha, con sus incontables generaciones de maquinistas y conductores. A ella acuden numerosas personas que proceden de Banes, Deleite, Tacajó y de otros poblados.
Pasa la media mañana y varios pasajeros ocupan los bancos, otros camina por el andén o permanecen de pie con los ojos fijos a lo largo de los rieles, por donde debe aparecer El Antillano, como lo llaman por su procedencia de Antilla.
SU SONRISA

Vas esposado. Dos soldados te conducen, aprisionándote los brazos. Detrás, el pelotón. Te han llevado hasta donde acaban de abrir una fosa. Te sitúan en el veril del hueco.
Ahora, miras al frente y ves al pelotón. Un oficial comienza a ordenar la fila. Más allá, una ceja de monte. Desconoces el lugar. Los minutos se precipitan y tu mirada se va hasta ella. La ves sentada en el pupitre, inclinada sobre la hoja blanca. Su mano se desliza renglón a renglón. Por instantes, levanta la cabeza para apartarse los mechones de cabello que le cuelgan por las mejillas, se detiene, respira alzando los hombros, vuelve al papel y su lápiz corre ágil.
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