Historia de verano

El verano siempre llega a sofocarnos e invadir nuestros cuerpos de calor, pero a pesar de ello, la familia muchas veces reestructura sus planes y es ahí cuando viajamos casi siempre a un lugar donde la rutina del día a día de la casa cambie, y con ella, los aires de esparcimiento, de consumo y de alegrías.
Gracias a la estrella más resplandeciente del universo y a la estación verano, que ironía la palabra porque en Cuba parece que realmente está estacionado sin transición, el camino me llevó hacia una persona singular, de la tercera edad, pero de esas que tienen una historia de tiempo y de júbilo aunque los tropiezos del destino le doblaran las piernas de a poco.
Ella, una madre de tres hijos y los setenta y pico que aflora, digo pico porque no me dijo nunca cuántos en realidad, no le han arrebatado las ganas de bailar, de reír y de relacionarse con el sexo opuesto. Sembrando y contagiando con su dinamismo hiperquinético, pulcritud y sentido de la organización, siente que el mástil de su barco es izado solo cuando sus hijos son felices.
Se llama Adela y no se ha jubilado. Se retiró del trabajo administrativo, pero dice que solo se jubila de la vida el día que deje de vivirla sin esperanzas ni sueños.




