Nelson Mandela: Un hombre de paz
Muchas veces asumimos el legado del presidente nonagenario como una postura esencialmente en defensa de la raza negra. Hacerlo parece lógico si se tienen en cuenta las privaciones que sufrió Mandela a consecuencia del racismo.
Sin embargo fue un hombre de paz. En su obra y en su pensamiento destacan la reconciliación y el entendimiento.
La frase martiana que más se ajusta a sus posturas es la que reza: Hombre es más que negro, más que blanco, más que mulato. Con esa premisa vivió el amigo de la humanidad y en su quehacer filantrópico nos legó varias sentencias que bien pueden ser paradigmas para la construcción del ansiado mundo mejor.
Su trabajo por la paz comienza desde una convicción muy clara de que alcanzarla era posible. Nos dice en una de sus frases que un ganador es un soñador que nunca se rinde. Por esa razón su lucha fue hasta el cansancio. En esa batalla tuvo la claridad de proponerse el cambio hacia el interior, hacia su propia naturaleza. Mandela se sabía imperfecto pero decía: Una de las cosas que aprendí cuando estaba negociando era que hasta que no me cambiara a mí mismo, no podía cambiar a otros. Tenía claridad de que la misión de transformar actitudes y crear conciencias no era una tarea fácil. Declara que una de las cosas más difíciles no es cambiar la sociedad, sino cambiarnos a nosotros mismos.
Su humildad era genuina. No se trataba de una pose para satisfacer la opinión mediática, e incluso muchas veces el luchador fue incomprendido por sus propios compañeros de lucha. Pero tenía clara su misión. Su propósito se convirtió en anhelo, en sentido de su vida: Sueño con un África que este en paz consigo misma.
Esa paz incluía a blancos y a negros. Era una paz auténtica porque Mandela no creía en las diferencias. En vez del enfrentamiento, Mandela planteaba que la mejor arma es sentarse y hablar. Ese dialogo no era una estrategia de lucha per sé. No implicaba una negociación conveniente para que el enemigo pactara y alcanzar el objetivo personal favoreciendo a un segmento o grupo. Mandela veía el enemigo en la guerra misma. La violencia era contraria a su concepción de la sociedad civilizada. Por eso sentencia que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. La gente debe aprender a odiar, y si puede aprender a odiar, se les puede enseñar a amar, porque el amor viene más naturalmente al corazón humano que su contrario.
Entonces la búsqueda de la paz era una misión de amor a la raza superior, a la raza humana. Los seres de todas las etnias eran sus iguales y, en consecuencia, nuestra tarea no es liberar a los oprimidos, sino liberar a los opresores. El legado que Nelson Mandela quería para su nación era de bienestar común. Decía el dignatario: Parte de la construcción de una nueva nación incluye construir un espíritu de tolerancia, amor y respeto entre la gente de este país. Sudáfrica, y también todo el continente negro, se presentaban en su visión como una mezcla armónica de personas, más allá de sus diferencias. Mi sueño sería una sociedad multicultural, diversa y donde cada hombre, mujer y niño sean tratados igualmente. Sueño con un mundo donde todas las personas de todas las razas trabajen juntas en armonía.
La grandeza de los hombres radica en su humildad. Mandela fue un hombre humilde de ideas extraordinarias. Su visión sobrepasaba el ejercicio de representar a los oprimidos, porque él consideraba que la opresión real estaba en la actitud beligerante. En su concepción los grandes pacificadores son personas íntegras, honestas, pero sobretodo humildes.
Su genialidad radicaba en ese apego a la coexistencia pacífica. La convicción de que no era suficiente la libertad física o formal cuando no se conseguía la libertad de pensamiento. Mandela consideraba que el odio maniataba la existencia a la servidumbre. Ser libre no es meramente desprenderse de sus cadenas, sino vivir de forma que respete y realce la libertad de los demás.
Así concebía el futuro y a esa empresa se entregó en cuerpo y alma. Para lograrlo apostó por la mesa de negociaciones, por el consenso y el respeto inclusivo. Por la igualdad como premisa; porque estaba convencido de que nada es negro o blanco. Esta idea, al menos cuando se refería a la diferenciación racial y a las posiciones políticas.
Siempre, en su vocabulario, podía encontrase un camino para el bien común. Las armas que Mandela proponía para ese mundo de paz eran muy claras. El pueblo tenía que educarse. En una ocasión expresó: La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo. Esta filantropía no implica que el presidente valorara a todas las personas por igual. Claramente sentía admiración por algunas personas más que por otras; pero su discriminador personal no tenía una base racial, étnica o religiosa. Mandela afirmaba que mi respeto por los seres humanos no se basa en el color de la piel de un hombre ni en la autoridad que pueda ejercer, sino en su mérito.
El negro debía ser respetado no desde su diferencia. No porque hacerlo significara la aceptación de su color de piel. En la filosofía de Nelson Mandela la unidad y la aceptación eran un asunto filosófico conceptual. Un hombre no era digno cuando no tenía la capacidad de entender la cualidad humana en sus semejantes por encima de la suya propia. Alertaba que ningún poder en esta tierra puede destruir la sed de dignidad humana. Esa dignidad se imbrica en el deseo de realización individual de los seres humanos.
Me permito otra analogía con José Martí. Decía el pensador cubano: Yo quiero que la ley primera de la república sea el culto de todos los cubanos a la dignidad plena del hombre. Otro gran pensador latinoamericano, el Benemérito de las Américas, Benito Juárez, sentenciaba que el respeto al derecho humano es la paz. Ese culto la dignidad, ese respeto al derecho de los demás, concuerda con las ideas de Mandela. En la búsqueda de esa paz de ese hombre completo, dueño de tan altos valores, su discurso también se enfocó en la necesidad del perdón. El perdón como base de la paz verdadera.
En su genialidad, Mandela entendió que para una paz genuina era necesario hacer borrón y cuenta nueva. Alcanzar una sociedad sin rencores, sin fantasmas. Decía: Culpar a las cosas del pasado no las hace mejores ni peores. Por eso valora altamente le perdón como herramienta en la construcción del futuro armonioso y necesario que ubique al hombre como una criatura superior, con valores elevados. Mandela alerta que el perdón libera el alma. Elimina el miedo. Por eso es un arma tan poderosa.
Eso significa que el acto de perdonar sea sencillo, sobre todo cuando hay una lista de agresiones y vejámenes. Pero el presidente era consciente del objetivo superior. Perdonar era en su filosofía un acto de valentía. Lo deja claro cuando dice que los valientes no temen perdonar, por el bien de la paz.
La figura de Nelson Mandela es un importante referente para el estudio del componente axiológico de la condición humana. Sus presupuestos filosóficos hablan de virtudes necesarias ante la hegemonía, la enajenación, la pérdida dela identidad y las consecuencias de u mundo globalizado. Este hombre de talla universal le habla a cada uno de los que habitamos el planeta cuando plantea: Está en tus manos crear un mundo mejor para todos los que viven en él. Lo hace también desde el ejemplo personal.
Para Mandela la consumación de su obra no era el fin de la opresión o la derrota del enemigo. Consideraba su desafío más importante ayudar a establecer un orden social en el que la libertad del individuo signifique realmente la libertad del individuo. No persiguió el empoderamiento de la raza negra sobre la blanca. Tampoco aprovechó las oportunidades del poder para regresar el golpe y vengar los miles de muertos por el odio. Llevó adelante sus responsabilidades de mandatario en coherencia total con su advertencia en la que expresaba: No debes comprometer tus principios, pero tampoco debes humillar a la oposición.
He buscado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades.Así resumía Nelson Mandela su paso por la vida. Su vida fue larga. Su huella profunda. Pero más importante es su legado. Un pacifista activo, un hombre que creía en el hombre y en su capacidad de mejorar, de evolucionar hacia patrones de igualdad y comprensión. Una tarea, por demás, difícil. Ahí radica su heroicidad.
En sus propias palabras: Es tan fácil romper y destruir. Los héroes son los que hacen la paz y construyen. Cuando se retiró de la vida pública su petición fue clara. Dijo: No me llaméis, yo os llamaré. En este mundo que tenemos por herencia vale la pena aguzar el oído. El Padre de la Nación del Arcoíris hace vibrar a gritos las columnas en las cuales se asienta la humanidad.




