Infancia: casa de ensueños

Todas las edades tienen su magia. En cada una el desarrollo nos toma de la mano y nos deja ascender por niveles de luces diferentes. Pero una es más hermosa entre todas. Aquella en la que el barro aún se resiste a la mano. En la que el alma de las cosas puede tener en sí de mansa y de salvaje. Aquella en la que los instintos nos hacen más auténticos y va quedando atrás la inocencia verdadera porque seres especiales comienzan a traducir para nosotros el mundo.
Los primeros años de vida son un poco también la vida misma. La carrera que inicia por un mundo que nos parece grande y a la vez nos cabe en la casita de muñecas. Esa bendita convicción de poderlo todo y de tener respuestas para el enigma más complejo. Los primeros años, los años del círculo infantil son esos en los que la palabra madre se extiende más allá del horizonte limitado y adquiere otros sonidos. Es ahora seño. La autoridad de la caricia que nos adopta. El goce de la vocación que nos limpia los ojos para el descubrimiento a la vez que nos pasa un pañuelo para quitar los restos del dulce en los labios.
¿Qué es entonces la infancia? Ese país de Nunca jamás y de Siempre aún en el que somos reyes de nosotros mismos y siervos del amiguito cercano que humedeció sus shorts y no tiene vergüenza de besar a la novia. Ese constante permutar de roles donde puede haber sido ayer un bombero valiente y hoy es el médico que va a operar a la muñeca que sin querer se tragó una moneda y si no se interviene no se pondrá muy grande como papá y mamá. La infancia es ese grupo donde Carlitos me haló el pelo y le entregué a Leyanis mi único color rojo sin pensar que se descompletaba la caja.
Si fuera eterna esa etapa, seríamos más felices. Podríamos decir te quiero en un lenguaje que nos negó el umbral de aquella puerta que cruzamos un día, cuando crecer fue la alternativa única. Si fuéramos eternos habitantes del círculo infantil, la vida sería una seño todopoderosa siempre sonriendo y preocupada por las cosas importantes. Que no caiga comida sobre la mesa. Que no ensuciáramos la camisa limpia jugando con la tierra o que no nos merendáramos la plastilina. Pero no es para siempre. Sería demasiado bueno y demasiado perfecto. Y las cosas perfectas son aburridas.
Tienen mejor sabor con esa seño mitad hada que saca mariposas de los pomos de plástico y orugas gigantes de un neumático viejo. Gustan más cuando el juguete necesita un remiendo y entonces es ella la doctora que se dedica a fondo a su tarea para que el paciente recupere la capacidad de romperse de nuevo. La vida es aún mejor cuando jugamos a la gallinita ciega y la sonrisa de la mayor de nuestras niñas se escucha más fuerte, y debe hacer un alto para limpiar los espejuelos, y es feliz.
De la infancia salimos a desandar una existencia que se va cargando de problemas y de dificultades. El camino azaroso es un poco más ligero porque en aquellos años primeros llenamos la mochila del alma con herramientas de conquistar soles y fundir estrellas.
Cuando crecen los senos y florece el bigote el tiempo de jugar se va esfumando. Pero en el subconsciente, junto a la máquina de las habilidades y las fórmulas, siempre llevamos el recuerdo de aquella casa de los sueños que fue nuestro jardín. Se queda en la memoria como un fantasma juguetón que nos provoca de vez en cuando y que aún ancianos no podremos olvidar.
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