Dicen que amaba a los niños entrañablemente y que allá en Hanábana siendo apenas un adolescente sintió que ardÃan sobre su propia piel los golpes propinados a un negro esclavo. Entonces entendió que los hombres no podÃan ser discriminados por el color de la piel.
Cuentan que vistió toda su vida de negro en señal de luto por su patria atada a España en un colonialismo absurdo. De él se habla que fue un hombre para todos los tiempos, capaz de desentrañar los peligros que representaba Estados Unidos para los pueblos latinoamericanos. Ningún tema vinculado al bienestar del hombre le fue ajeno y en sus poemas vibraron los sentimientos más sublimes y profundos y las pasiones más arraigadas del hombre.
Asà fue aquel niño que nació el 28 de enero de 1853 en la humilde casita de la calle Paula Asà fue el adolescente de inteligencia preclara y de convicciones profundas que lo llevaron a denunciar a edad temprana la masacre del teatro Villanueva y el crimen de los Ocho Estudiantes de Medicina, que sufrió los horrores del Presidio PolÃtico en Cuba, honda llaga que no solo laceró el cuerpo sino también el alma del eterno poeta.
Ese es nuestro MartÃ, el amigo fiel de la pequeña MarÃa Mantilla a quien le mostró el camino para cultivar las más nobles cualidades del alma por encima de lo material. Ese es nuestro MartÃ, el de la Edad de Oro, el de Los Pinos Nuevos, el Hijo de América.
El Martà que se levanta codo con codo como antorcha encendida, como La Plata en las raÃces de Los Andes para impedir que pase el Gigante de Siete Leguas. Ese es el eterno Martà nuestro, el que encendió la llama de los jóvenes que no dejaron morir al Apóstol en el año de su centenario y acudieron a los muros del Moncada para rendirle tributo.
El Martà que reencarnó en Fidel y hoy paso a paso nos enseña que el mundo es de los valientes y los buenos y que somos los encargados de transformarlo para mantener el brillo de la estrella solitaria que ilumina el futuro de la patria.