Recuerdos con aroma de café

Toda mi vida ha transcurrido en Artemisa. Aquí nací, crecí y viviré hasta el fin de mis días… y ojalá sea por otros cincuenta años. Siento por mi Villa Roja un amor hondo, nacido de su historia, sus tradiciones. Alimentado con las vivencias y pequeños descubrimientos entrevistos a lo largo de ese período que llamamos vida.

Es cierto que he visitado muchas provincias y municipios de esta Isla nuestra. Pero jamás encontré el verde de la Sierra del Rosario, el batir del viento en los cañaverales, la limpieza de nuestro cielo.

Ya sé que puede parecer romántica o alabanciosa; nada de eso. Es sentido de pertenencia. Este es mi lugar, aquí están mis raíces, mis muertos. Claro que esos argumentos son exclusivamente personales y yo quiero ser justa e imparcial. Te contaré las razones por las que adoro mi tierra.

Sus montañas no son imponentes, no asustan ni invitan a proezas de escalamiento; sin embargo tienen especies autóctonas de la flora y la fauna. Por estas lomas subían y bajaban a diario el Che y sus guerrilleros y tuvo en el Taburete, su campamento.

Si husmeamos un poco en el tiempo, descubriremos que Artemisa fue una de las mayores productoras de café, tabaco y azúcar. Solo te daré un dato para que incentive tu interés: contaba mi tierra con cuarenta y siete cafetales. El más conocido, el Angerona. Lugar donde convergen historia, cultura y tradición, sin olvidar enjundiosas leyendas de amores prohibidos entre Don Cornelio Sauchay, su propietario y Úrsula Lambert, una hermosa esclava.

No puedo olvidar nuestra tradición azucarera. Recuerdo mis correrías por el Batey del central Andorra. Allí trabajaron los hombres de mi familia hasta que cerró. El olor inconfundible del guarapo, el dulzor de la caña pelada con los dientes está aquí… remembranzas rescatadas, retazos de mi memoria que jamás se borran.

El Pilar era otro viejo ingenio artemiseño. Se conservaban allí las edificaciones de los barracones de esclavos y fue testigo de mi espíritu aventurero; ir de exploración, en busca de cualquier objeto era una obsesión. Sonrío al constatar ahora, lo sospechosamente contemporáneo de mis hallazgos. Para mí, eran restos de utensilios de nuestros esclavos.

No sé porque hilvano tantos recuerdos. Quiero rescatarlos, compartirlos. Deseo que todos conozcan mi pueblo. Me encantaría recibirlos y contarles de nuestra historia, de nuestras tradiciones, del quehacer cotidiano del campesino, el maestro, el constructor.

Así es que embúllate. No tienes pérdida posible. Solo pregunta dónde está Artemisa y tendrás miles de referencias. Yo me quedo con mis recuerdos, con el mejor batido de plátano del mundo, con mi pedacito de Trocha, con mi Mausoleo.