Melba y Haydeé en la memoria.

Se siente como si estuviesen allí. Hay personas que son tan imprescindibles que aún después de su partida física sentimos tangible su presencia.
El corazón se sobrecoge cuando pisamos esa celda y nos sentimos como intrusos profanando un santuario. Las dos camas que albergaron dueños callados. Allí los girasoles de Haydeé, la mesa donde tantas veces compartieron ella y Melba, donde quizás escribieron algunas notas de lo que después sería “La historia me absolverá”.
La cocina... la ventana donde se asomaban algunos guanajayenses revolucionarios para intercambiar con ellas.
Allí estuvieron recluidas Melba Hernández y Haydeé Santamaría durante siete meses después de los sucesos del Moncada.
En esa celda convertida hoy en museo fueron aisladas por temor a sus ideas, temor por la joven que no claudicó cuando le mostraron los ojos ensangrentados arrancados a su hermano Abel, temor por Melba la novia viuda que jamás delató a sus compañeros.
Siete meses permanecieron en ese sitio. Conozco bien la historia repetida en cada visita pero que siempre impresiona porque fueron mujeres.
Melba y Haydeé, las heroínas del Moncada, las vencedoras del dolor y de la muerte, que redujeron a polvo el estigma del sexo débil y demostraron la valía de la mujer cubana.
Sesenta y cinco años después de su salida de prisión volvemos a sentir su eterna presencia porque el tiempo y la muerte no pueden borrar la impronta de quienes luchan toda la vida por la libertad y la justicia.




