Por las infancias por venir

Celebrar el día de la infancia no es solo agasajarnos por el pequeño o la pequeña que nos arropa el alma en nuestros hogares. No es solo acunar el futuro y aparecernos con un regalo, como lo hacemos en el día del cumpleaños, o cuando nos volvemos reyes magos para cuidar la fantasía y la inocencia.
Celebrar el día de la infancia es más que todo agradecer que esa infancia tiene derecho a un futuro y trabajar porque ese futuro sea posible.
Nos abrazan con su manecita temblorosa y sentimos el olor de la juventud, el sonido gracioso del balbuceo, ya un poquito mayores la pregunta que nos sorprende y el análisis que provoca esa frase de que nacen sabiendo. Llegan al mundo y revolucionan todo. Se convierten en el comentario de la cuadra, en la conciliación de diferencias entre abuelos y suegras, en el rey o la reina de la vivienda que dispone las horas a su antojo y convoca a todos a subordinarse a sus caprichos.
Pueblan el corazón de padres, familiares, amigos. Algunos solo sueñan con ser visitados por estos seres. Otros los añoran cuando a los suyos ya les colocan la corbata o les ayudan en los quehaceres. Los hijos siempre son niños. Hay una infancia eterna que se instala en el alma de los padres y que nunca caduca.
Celebrar el día de la infancia es un poco de zozobra por el mañana y el impulso para salir a construirlo. Es evaluarnos un poco. Pensar en lo que hacemos y decidirnos a ser mejores personas por nuestros pequeños. Nadie puede negar que el tiempo pasa y todo cambia. La sociedad se transforma y los niños, vuelve Martí a la carga, continúan siendo la única esperanza del mundo. No basta el abrazo, el plato sobre la mesa, el roce amigo y el oído dispuesto.
No basta ese deseo de que tengan lo que no tuvimos. Esa vocación de defenderlos de todo. El día de la infancia es ante todo saber que crecerán y serán la sociedad del mañana. Serán el alba en nuestro ocaso y nuestras herramientas ampollarán sus manos si no los enseñamos a usarlas debidamente.
El día de la infancia es cualquier día en el que nos levantemos con la conciencia de que somos los responsables de nuestros hijos. De que ellos darán al mundo lo que seamos capaces de inculcar en sus entrañas. Ese día en el que al levantarnos demos un paso, al menos uno, hacia le meta sublime de que sean mejores seres humanos.
Eso, más que una celebración es un legado. No podemos trascender a nuestros hijos. Que mayor gloria entonces que multiplicarnos en sus acciones y trascender en ellos. Que sean los embajadores de lo que hicimos por el mañana. Los paradigmas de las infancias por venir.
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