
Desde la foto nos recibe un rostro noble, investido de luces. Los ojos vidriosos de alegrÃa, como quien llora ante la imposibilidad de filtrar el mundo a través de las ondas de radio. La planta luce sus mejores galas.
Es un hervidero de ideas, un chocar de musas, un rÃo de talento. Orlandito MartÃnez, custodiado por sus diplomas reconocimientos, protegido en su grandeza campechana sonrÃe porque el festival se dedica a su memoria. La historia hace justicia a los grandes.
En los estudios florecen el detalle y el preciosismo. Alguien lima una frase, acomoda un tono. La obra se convierte en sacrosanto templo de lo perfecto y los artistas entregados al ocio y la monotonÃa, se redescubren en inspiraciones renovadas.
Los programas variados hablan de sueños por realizar, los informativos descubren el mundo mejor posible, la propaganda invita a vivir y desde la plataforma digital navegadores multiformes nos muestran una Artemisa ligada a su radio, una ciudad en verdadero desarrollo.
Estar en festival es volver a ese primer amor por el micrófono, encendernos en el pestañeo de la luz que indica silencio en el estudio. Volver a descifrar las teclas de una consola que ya creÃamos aprendida de memoria.
Estar en festival es constatar la unión de los amigos, evocar premios de otras épocas. Mirarnos otra vez como profesionales de este medio que amamos, capaces de tornar en oro la letra de un guión. Inflexiones, matices, cambios de plano que ensanchan el espacio de una emisora.
La radio vuelve al festival. Esta vez sin el grande que insiste en su presencia acompañante. Esta vez sin la huella de los pizari, sin que las palmas dicten su aplauso para pito. En sus amigos, los alumnos eternos de su savia, Orlandito MartÃnez camina una vez más por los pasillo de su casa. Â