
Amanece y ya está allà en esa carretera que conoce de memoria. Sabe del rocÃo que cubre las plantas, de los primeros rayos de sol que anuncian el nacimiento de un nuevo dÃa y por qué no, de los sueños truncados de los pasajeros en la madrugada y que retoman una vez más en su ómnibus hasta llegar a su destino.
SonrÃe cuando piensa " es mi ómnibus" y es que lo siente como suyo, como un hijo malcriado al que le cambia piezas o limpia el carburador para que posea una excelente salud. Conoce como un padre amoroso cada sonido que realiza y por ellos sabe si funciona bien o mal.
Es un oficio quizás como todos dirÃan algunos pero él sabe que no es asÃ. El ser chofer de ómnibus exige responsabilidad, sentido de pertenencia e incluso sensibilidad porque él es responsable de la vida de todos los que viajan cada dÃa.
SonrÃe una vez más. Ahora porque recuerda al anciano que cada dÃa lo espera en la próxima curva, a la doctora de aquella comunidad a la que recoge incluso fuera de parada y a los pequeños pioneros que cada dÃa aguardan por su gesto solidario para llegar temprano a la escuela.
Frunce el ceño y un gesto de rencor se dibuja en su rostro. Si no fuera por el bloqueo su ómnibus funcionarÃa bien e incluso existirÃan más para que las personas no tuviesen que viajar incómodas. Si no fuera por el bloqueo no se verÃa incluso obligado a disminuir el número de viajes por recortes de combustible. Todo eso piensa y solo una frase lo saca de sus ideas: "Chofe...un chance en la próxima parada!".Detiene el ómnibus y recibe la cálida sonrisa de una muchacha como recompensa.
Es su último viaje del dÃa. ¿Cuántos fueron? ¿Tres? ¿Cuatro? No importa cumplió con su deber transportar de manera segura a cientos de personas. Mañana la jornada será igual y allà estará detrás del timón como un soldado dispuesto a cumplir con su responsabilidad con amor y disciplina.