
Artemisa, Cuba.- La radio se cuela por el resquicio de los aparatos en nuestra vida y nos sustrae la voluntad sin que podamos defendernos. Tiene esa capacidad para asombrarnos. Esa magia de conseguir que nos figuremos lo imposible a través del sonido. Tiene ese algo que esclaviza.
La radio cubana va más allá, porque todo lo cubano es universal y grande. Porque los criollos no sabemos de mediocridades y en el caso de la radio logramos ver con los oÃdos. Dibujarnos una realidad otra y establecer el diálogo sin rostros, la clase sin pizarra, el concierto sin platea, el romance sin un banco de parque, una flor, un beso en la mejilla.
No pensaba Casas Romero que su 2LC se harÃa un virus de pasión inoculado en quienes dedicamos nuestras horas al micrófono. Ignoraba que las consolas multiplicarÃan sus botones y teclas para agrupar todos los sonidos posibles y hasta crearse su propio lenguaje.
Nadie le dijo en aquel entones que un dÃa las ondas cruzarÃan océanos, denunciarÃan campañas, combatirÃan por causas nobles y multiplicarÃan la alfabetización en intrincados lugares del mundo.
Pero la radio se sabÃa afluente de un rÃo más grande. El progreso fue un barco flotando en su cauce y no pudo el celuloide, ni el teatro, ni ninguno otro dios de su tiempo apagar su señal. La radio cubana avisó que palacio caÃa, multiplicó el mensaje del Ché, insufló de pueblo la voz de Fidel.
Se hizo fuerza e imperio de lo bueno para contra el triunfo, dio cobija a lo mejor de la cultura y las ideas, mezcla perfecta de la revolución con sabor a gente humilde.
La radio es una ladrona que se cuela en nuestra vida y nos roba los minutos. Pero devuelve tanto que la dejamos desandar las gavetas más intimas de nuestra existencia. Porque es sonido para ver, porque es cubana, porque esta que escuchamos es también Artemisa, su vocación, su esencia, su identidad formándose silenciosa en el alma. Â