Campeones de la alegría

Dichosos los que saben reír; los que cantan y saltan sin temor al ridículo. ¡Qué suerte disfrutar cada mañana, cada pelota nueva, cada abrazo! La flor para Martí, recién cortada del jardín y llevada en la mano diminuta, o esa que te regalan con estas palabras… “toma, para tu mamá”.

Cada día compartido junto a los pequeños es una inyección de energía esperanzadora. Por esas y otras razones que no vienen al caso, les busco. Me hago su copiloto en naves espaciales de cartón; viajamos al planeta de los dibujos y soy fiel espectadora de sus actividades.

Nadie debe sorprenderse por esta manía de rodearme de niñas y niños. Adoro sus  palabras “inventadas”, lenguaje solo dado a los elegidos como yo. He sido testigo de los progresos mágicos de estos duendes. Aprender a caminar, los primeros cuentos, los dientes que se caen, la poderosa imaginación que comparten gustosos con aquellos que les escuchan.

En fin, que esta mañana, anduve muy atareada rodeada de esa aureola que solo tienen los bajitos. Mis ojos no se apartaron de sus caras radiantes. Hoy, era un día importante y todos los abuelos y abuelas, las mamás y papás, las tías verdaderas y postizas (yo en este grupo) aplaudimos emocionados las presentaciones.

Los pequeñines de la enseñanza preescolar presentaron sus tablas gimnásticas. Canciones y colores se mezclaron con los ejercicios para hacer el milagro de una mañana diferente.

No hubo competencia, ni ganadores. Lo importante era participar, demostrar lo aprendido, multiplicar la esperanza, compartir los deseos de hacer siempre más. Para ellos no hay imposibles. No entienden de ¡No se puede!

Después de meses de prácticas y ensayos, llegó el día y sin dudas, valió la pena.  La armonía, los movimientos acompasados, la complicidad de las miradas y diría más, la comunión de las almas premió a estos campeones de la alegría.

Yo, recibí el trofeo mayor: el abrazo  cómplice de los protagonistas de mi historia. Sólo ellos pueden descubrir mi disfraz de adulta.