El placer de educar

Desde que tuvo conciencia supo que quería ser maestra, pero no cualquier maestra, ella se dedicaría al noble arte de enseñar a los más pequeños a dibujar el mundo a través de las palabras, a plantar sueños en otras vidas, por eso desde niña jugaba con sus muñecas a la escuelita y decía a todos que sería una gran educadora.

Así fue, el primer día que llegó a su aula convertida en maestra se sintió realizada como profesional y de su sabia se alimentaron muchos de los niños que luego llegaron a ser médicos, arquitectos, ingenieros e incluso maestros.  

Con el paso de los años aprendió que su profesión no solo iba de enseñar a los estudiantes a leer o a escribir, era convivir a diario con las situaciones particulares de cada uno de ellos, que cada niño o niña era diferente y merecía una atención especial. Que la labor que había escogido para ejercer requería sobre todo sacrificio y entrega y ella estaba dispuesta a no rendirse, por difíciles que fueran las circunstancias.

Al llegar al ocaso de su vida comprendió que había vivido dedicada en cuerpo y alma a sus alumnos y se sentía orgullosa y complacida. No todo fue en vano, el cariño que dedicó a todos los niños a los que educó la convirtieron en un referente para otras generaciones de maestros, que aún hoy siguen su ejemplo.