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El dolor persiste

El dolor persiste cada octubre en el alma de los cubanos. Cuando se multiplica, escribo esta crónica, aún sin haber vivido aquel acontecimiento. Apenas tenía tres años y después de repasar las páginas del libro que describe los hechos, el corazón se rompe en mil heridas. Las lágrimas afloran y la ira envuelve cualquier hermosura hecha palabra.

El mundo no olvida aquella tragedia. Tampoco Cuba y su movimiento deportivo. El tiempo parece no transitar y los hechos conmueven. Alegría, inocencia, fidelidad a la Patria, juventud y deseos de crecer, se vieron truncados.

La muerte, aliada del terror, iba enmascarada en dos bombas. Tomó protagonismo aquel 6 de octubre de 1976. Junto a los pasajeros del vuelo CU-455 de Cubana de Aviación, que partió desde Guyana, hacia La Habana, vía las islas de Trinidad, Barbados y Jamaica, viajaba también la impudicia y el odio. Tomaron asiento en la nave y el avión no logró llegar ni siquiera a Kingston, Jamaica.

Eran las 17:24 minutos de la tarde. Después de haber despegado desde el Aeropuerto de Seawell y a unos dieciocho mil pies de altura, explotó una bomba que estaba escondida en el baño trasero del avión. Los pilotos trataron infructuosamente de hacer regresar la nave.

Luego otra explosión y volaron en pedazos sobre el azuloso mar. Las 73 personas a bordo murieron, 48 pasajeros y 25 miembros de la tripulación, 57 de ellos cubanos, 11 guyaneses y 5 norcoreanos.

Entre los fallecidos se encontraban los 24 miembros del Equipo Nacional Juvenil de Esgrima Cubano, quienes regresaban a la Patria, luego de ganar todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe.

Varios de ellos no llegaron ni siquiera a cumplir los veinte años. Freddy Lugo, Hernán Ricardo, Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, pasan a la historia con el indignante “mérito” de ser los autores confesos del horrendo crimen.

Llega octubre y con él la angustia y el recuerdo. Cuando el dolor se multiplica, brotan lágrimas y crecen los reclamos. El abominable Crimen de Barbados, sigue impune después de cuatro décadas.                                          

Mientras, voces amigas en el mundo piden justicia. Madres sin hijos, mujeres sin esposos, niños que no conocieron a sus padres, merecían otra historia. La que les fue negada por la sombra cruel del terrorismo.

Hoy, en cada plaza, en cada sonrisa de un pionero, en cada militante de la UJC y el PCC, están los espadachines de aquel Campeonato Centroamericano y del Caribe. Está también, el trabajador pesquero Jorge de la Nuez. Ellos no llegaron a la Patria, porque manos asesinas pusieron las bombas y truncaron sus vidas con una muerte insospechada.

Algún día habrá justicia. Ya lo dijo Fidel en la despedida de duelo en la Plaza de la Revolución… “El dolor no se comparte, el dolor se multiplica y cuando un pueblo enérgico y viril llora… ¡la injusticia tiembla”!

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