
Si en el adiós se fueran los recuerdos dolieran menos las manos agitadas. Cae el telón y lloran los aplausos. Un silencio se apodera del aire. Asfixia los sentidos.
Luego la frágil melodÃa del clarinete, los violines y vuelve Alicia en el Pas de Deux impecable, la contorsión de un cuerpo anclado a los arpegios y ese andar con pasos de piano irreverente. Es una con la música y bailando traspasa la muerte su vocación de eternidad. Se fue nuestra Gisselle y el luto vibra en todos los idiomas con negras alas de cisne que agoniza.
La bella durmiente se internó en el bosque de su propia leyenda. Se perpetuó la dulcinea en cientos de quijotes que hoy rompen lanzas en el honor de aquella, a la que la palabra grande hace ya tiempo le quedaba ceñida. Alicia ya no está para agitar desde el palco con la mano en gesto aprobatorio.
Pero también se queda en su impronta. En Carmen, en Julieta, en Lydia. Se queda entre su público que reniega su ausencia. Brilla cuando Fernando la levanta sobre todas las cumbres del arte y hace la reverencia de la patria, de su Cuba a la que ya le hace una falta sin fondo.
Alicia material puede andar lejos, en el incierto más allá. La otra, la de verdad, pondrá las zapatillas sobre las tablas de su tierra que es todas las tierras. Recostará su sien en la armonÃa de la orquesta.
Tejerá el viento con sus manos de pentagrama. Iremos a verla en las pequeñas que intentan el Arabesque, en los jóvenes que ejercitan la fuerza para la alzada, en las maestras que repiten al espejo el Gran Jetté.
Silencio. Las luces caen y allà está. Viene a proscenio.
Alicia se levanta despacio, cuidando cada gesto con que la luz se hace. Simples mortales, nosotros aguzamos la vista para el deleite de la única, la Assoluta que parece no vernos, vive en la danza, mimetizada a ese minuto que precede a la ovación. La vemos tal cual es, cubana y nuestra, regenteando lo eterno, siempre.