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Una profesión que desconoce el tiempo

Él olvidó que existe algo llamado tiempo regulado por horas, minutos y segundos. Él olvidó todo eso cuando eligió esa profesión. Él es médico y sabe de horas de insomnio frente a un libro para aprender aún más acerca de una patología o proceder médico o de la tenaz persistencia por ganarle una vida a la propia muerte.

Conoce del agradecimiento de un paciente o un familiar, de la sonrisa del niño que venció la fiebre o de la mirada agradecida de una madre.

Sabe del dolor de perder una batalla cuando llega la parca, de amaneceres abrumados de cansancio tras la trabajosa noche de guardia o de subir cerros escarpados, penetrar selvas intrincadas o aliviar el hambre y el frío de seres necesitados en misiones internacionalistas.

Él es médico y más que bata blanca y estetoscopio encarna la propia vida, esa que juró preservar cuando decidió que su deuda con la humanidad sería saldada con el ejercicio de la medicina.

Por eso no hay loas suficientes para agradecer a quienes curan el cuerpo y alivian el alma, para quienes cada día están ahí como padres confesores para descubrir los más íntimos secretos del cuerpo y el espíritu. Para quienes encarnan sacrificio y entrega a la profesión que desconoce el tiempo.

Hacedores de sueños                                                                                              
Carlos Enrique Rodríguez González      
 
Hoy quiero hablar de ustedes, hacedores de sueños, hombres de batas blancas que no dan jonrones, ni encestan balones. Tampoco rematan sobre la net, logran brazadas de oro en las piscinas o propinan ipones a sus rivales en el colchón de judo.

Eso es cierto. No están directamente en los escenarios deportivos como protagonistas, pero sí en la retaguardia y muy ligados a cada medalla de nuestro movimiento deportivo. Ustedes, nuestros galenos, resultan reparadores de huesos y eternos medallistas dorados de todos los títulos en Juegos Olímpicos, Campeonatos Mundiales, Juegos Centroamericanos, Panamericanos, Ligas Mundiales de Voleibol o nuestras Series Nacionales de Béisbol. También los Torneros boxísticos Playa Girón y Giraldo Córdova Cardín.

Los ejemplos sobran para esta sencilla crónica. Solo diré que al volver la vista atrás, puedo divisar en mi memoria, la carrera de Alberto Juantorena en las Olimpiadas Montreal 1976 con su doble título, luego de haber sufrido lesiones en su pierna derecha. También la carrera de Ana Fidelia Quirot, en los Juegos Centroamericanos de México, cuando logró una histórica medalla de plata, luego de pelear con la muerte. Fue un desafío que solo puedo ser victoria por la mano de nuestros médicos, ante las quemaduras de tercer grado que mostraba la gacela oriental en su orografía.

Hoy es el Día de la Medicina Latinoamericana, por eso le regalo esta sencilla crónica. Tal vez algunos de ustedes, médicos cubanos, nunca han pateado un balón de fútbol, propinado un ponche decisivo o logrado un jaque mate en el ajedrez, pero su grandeza está en el quirófano, la sala de fisioterapia, la consulta de seguimiento o el diagnóstico oportuno sobre alguna dolencia que pueda acarrear males mayores en nuestros atletas.

¡Felicidades en su día! Vendrán otras conquistas en el deporte revolucionario cubano y ustedes, seguirán en el primer frente, el de los héroes anónimos que no suben al podio, pero representan la base de cada medalla.

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